El escritor y músico Gaël Faye, retratado en Barcelona
Entrevista
Gaël Faye, cronista del genocidio de Ruanda: «El silencio es un veneno, hay que mirar a la historia de cara»
El escritor francoruandés presenta en Barcelona su nueva novela, 'El Jacarandá'
De madre ruandesa y padre francés, el músico y escritor Gaël Faye sorprendió a propios y extraños con Pequeño país, su primera novela, que se convirtió en un éxito en Francia. Ahora, ocho años y cinco discos después, el polifacético artista regresa a las librerías con El Jacarandá (Salamandra), un ambicioso relato sobre el impacto del genocidio de 1994 en Ruanda a lo largo de cuatro generaciones.
Faye, que tuvo que huir a los trece años a Francia debido a la guerra civil en Burundi y a la matanza de los tutsis en Ruanda, se zambulle aquí en una sociedad compleja y atravesada por los fantasmas y la sangre. El resultado es una novela cautivadora, a la vez cruda y luminosa, que lleva más de 350.000 ejemplares vendidos en el país galo y que el escritor ha presentado esta semana en Barcelona, donde atiende a El Debate.
— Después de Pequeño país iba a escribir una novela sobre Freddie Mercury pero ha acabado volviendo a Ruanda y al genocidio. ¿Por qué?
— Sí, estaba escribiendo esa segunda novela, pero me obsesionaban algunos personajes de Pequeño país, especialmente la tía Eusébie. Iba escribiendo escenas, y su universo se iba ampliando, y lo que escribía hacía eco con lo que vivía en Ruanda, donde se estaba preparando el 30º aniversario del genocidio. Con 42 años, en Ruanda soy un viejo: el 70% de los ruandeses tienen menos de 30 años. Yo tengo recuerdos de antes del genocidio, de durante y de después, y como escritor, esto me sitúa en una posición privilegiada. Me parecía una lástima no explotar esta experiencia.
Portada de 'El Jacarandá', de Gaël Faye
— En la novela, precisamente la tía Eusébie dice que «lo inenarrable no es la violencia del genocidio, sino la fuerza de los supervivientes para seguir viviendo a pesar de todo».
— La gran lección que me ofrece Ruanda es la posibilidad de continuar existiendo a pesar de todo. Siempre pienso que si los ruandeses lo consiguen, ningún pueblo del mundo tendrá excusa para no lograr convivir. Allí los supervivientes han de convivir con sus verdugos: no hay un «país B», viven en las mismas colinas.
A menudo pienso que si yo hubiera estado sometido a ese mismo lavado de cerebro desde la infancia, seguramente yo también habría podido ser un asesino, pero estoy prácticamente convencido de que no tengo la fuerza de mi tía: ella vio como sus siete hijos eran asesinados delante de sus ojos, y hoy vive al lado del hombre que lo hizo, que era su vecino. Es algo que no consigo ni explicar.
— En El Jacarandá habla sobre cómo el gobierno ruandés dedica cada año tres meses a recordar el genocidio, en los que todo se paraliza. ¿Sigue siendo necesario tres décadas después?
— Me interesaba mostrar que los personajes tienen diversos puntos de vista sobre esta cuestión. Para Claude, el Estado no hace lo suficiente por los supervivientes, mientras que Stella y Stacie —la nueva generación— se ven aplastadas por el peso del pasado. Aunque se nos ha esencializado por nuestra historia, no hay que considerar a Ruanda, ni a África, como un todo homogéneo.
Dicho esto, yo tengo mi punto de vista, claro. A mí me hace feliz que mis hijas crezcan en un país que mira de frente a su historia. Soy consciente de que esos tres meses cada año pesan a la juventud, pero no podrán decir: «No lo sabíamos».
— Hace unos años se debatía intensamente sobre la cancelación en la historia, con ejemplos como el derribo de estatuas. ¿Es peligroso silenciar el pasado?
— Totalmente: el silencio es un veneno. A veces va muy lento, y no mata de inmediato, pero sí pudre desde dentro una sociedad. Y al final todo acaba saliendo. Si no se pasa por un debate, por la palabra, todo puede acabar saliendo de forma violenta e incontrolada. Estoy a favor de mirar la historia de cara: vivimos el presente, pero el presente siempre está habitado por el pasado.
— La fe religiosa es uno de los aspectos que salpica la historia de El Jacarandá, ¿qué papel juega el ‘vector vertical’ en el perdón entre víctimas y verdugos?
— Durante mucho tiempo, Ruanda se llamaba «el país de Cristo Rey». Fue un país que se evangelizó muy rápidamente, y el 95% eran católicos. Y cuando la gente se refugiaba en los templos, los asesinos no se atrevían a entrar. Pero en 1994 estos se utilizaron como trampas, y muchos miembros de nuestras familias fueron asesinados en las iglesias, a veces incluso por parte de los sacerdotes o las religiosas.
Por eso hoy hay una desafección con la Iglesia Católica, sobre todo por parte de los supervivientes. Sin embargo, también creo que la gente supo diferenciar entre el clero y la fe. Y hay gente que se apoya en la dimensión religiosa, mística, para perdonar, como una muleta. El Estado, no obstante, no habla de perdón, sino de reconciliación, que es un término político. Son dos elementos que yo interrogo en El Jacarandá, pero que siguen siendo abstractos: la única realidad es la coexistencia, vivir junto a tus vecinos.
— En un momento, Claude le dice a Milan que los mestizos no existen. ¿Está hablando ahí el personaje o el escritor?
— Los dos… Bueno, creo que soy más yo que Claude (ríe). Siempre me divierte cuando los mestizos escogen un color. Da cierta tranquilidad decir «soy negro» desde Occidente, pero si eres mestizo y vas a África, eso se cae: allí nos ven como blancos. Y de la misma manera, mi cuerpo en el espacio público francés no es mestizo, es negro: si me para la policía, verán a un negro, a un extranjero, a alguien que no es de allí y que altera todo un imaginario. Por eso hay una cierta provocación en esas palabras de Claude, y al mismo tiempo una lucidez cruel.
— Mirando hacia adelante, ¿retomará la novela sobre Freddie Mercury o qué será lo próximo?
— Será un disco, estoy trabajando en un álbum. Necesito reposar, porque escribir una novela es un viaje muy solitario. Con El Jacarandá he pasado dos años con una gran sensación de asfixia: me daba miedo no encontrar las palabras para explicar esta sociedad tan compleja. Para ser lo más sincero posible tengo que metabolizar el dolor y la vida de los personajes.
Además, yo no podía salir de la burbuja cuando no estaba escribiendo, porque El Jacarandá lo escribí en Ruanda: salía de mi despacho y me encontraba con las historias que están en la novela. Tenía la sensación de apabullamiento constante. Por eso ahora necesito compartir, estar con otros músicos en el estudio, con el público… Necesito la sensación de no estar solo.