Estatua de Ramón Berenguer IIIAssociació de comerç i turisme de Ciutat Vella

¿De quién es la estatua del hombre a caballo que hay junto a la Catedral de Barcelona?

La estatua ecuestre de Ramón Berenguer III fusiona arte, política y arqueología en el corazón de la ciudad

En el bullicioso entramado urbano que rodea la Via Laietana, una figura ecuestre de bronce parece detenida en el tiempo, contemplando desde su pedestal de piedra montjuicense los vestigios de una Barcelona que se remonta a los primeros siglos de nuestra era. La estatua de Ramón Berenguer III, conocido como «el Grande», no solo honra la memoria del conde que gobernó Barcelona entre 1096 y 1131, sino que se erige como un singular punto de encuentro entre diferentes épocas históricas.

La obra, que una lectora de La Vanguardia ha compartido a través de Las Fotos de Los Lectores, representa uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad condal, tanto por su valor artístico como por su extraordinaria ubicación. Detrás de la figura se alzan los restos de la muralla romana del siglo IV d.C., que a su vez reforzó las primeras defensas construidas tres siglos antes, creando un diálogo visual entre la Barcelona romana, medieval y contemporánea.

Una obra con historia propia

La creación de esta escultura encierra una fascinante historia que se extiende durante más de medio siglo. Todo comenzó en 1880, cuando el Ayuntamiento barcelonés otorgó una beca al joven Josep Llimona para perfeccionar sus estudios artísticos en Roma. Durante su estancia italiana, que se prolongó hasta 1885, el escultor concibió el boceto de esta estatua ecuestre que posteriormente se convertiría en una obra premiada con medalla de oro en la Exposición Universal de 1888.

Sin embargo, el destino de la pieza no estaría exento de avatares. Tras su éxito en la exposición, el yeso original permaneció almacenado durante décadas, primero en el Palacio de la Industria y después en la galería de estatuas del Palacio de Bellas Artes. No fue hasta 1907, con la apertura de la Via Laietana, que el Ayuntamiento decidió darle un emplazamiento definitivo junto a la capilla gótica de Santa Ágata.

Décadas de espera y reconstrucción

La materialización final del proyecto requirió una paciencia digna de los tiempos medievales que representa. Aunque en 1919 se decidió oficialmente fundir la estatua en bronce, las obras de urbanización de la plaza se dilataron hasta mediados del siglo XX. La restauración de la muralla romana, iniciada en 1927 durante la primera dictadura, no concluyó hasta los años cincuenta, aprovechando paradójicamente los daños causados por los bombardeos de la Legión Cóndor durante la Guerra Civil.

Un detalle curioso marca la historia de la pieza: cuando llegó el momento de la fundición definitiva en 1950, la cola del caballo de yeso se había deteriorado durante su largo almacenamiento. Como Llimona había fallecido en 1934, fue necesario que Frederic Marès, restaurador de referencia en la posguerra, reconstruyera esta parte. La intervención no estuvo exenta de críticas; Josep Viladomat llegó a comparar el resultado con «el tubo de la chimenea de una estufa».

El conde que forjó el capitalismo mediterráneo

La elección de Ramón Berenguer III como protagonista de esta obra no fue casual. Este noble medieval, que vivió entre 1082 y 1131, transformó Barcelona en un centro neurálgico del comercio mediterráneo. Su legado trasciende lo meramente político: estableció una administración sólida, controló la nobleza feudal mediante acuerdos privados y sentó las bases de lo que podría considerarse un primer capitalismo comercial a través de su innovadora política fiscal.

Sus alianzas estratégicas con Génova, los tratados con Sicilia y las relaciones diplomáticas con Castilla convirtieron a Barcelona en un puerto de referencia para el comercio mediterráneo. Como dato anecdótico, su primera esposa fue María Rodríguez, hija del legendario Cid Campeador, vinculando así las principales casas nobiliarias de la península.

Un patrimonio que perdura

La estatua, inaugurada el 11 de marzo de 1950 bajo la dirección del arquitecto municipal Luis Riudor, experimentó una restauración integral en 2014 que devolvió todo su esplendor al bronce. La obra sigue la tradición clásica de la estatuaria ecuestre, con raíces en el arte romano y especial desarrollo durante el Renacimiento.

Hoy, esta plaza que lleva el nombre del conde —inicialmente se había propuesto denominarlo «Once de Noviembre» en conmemoración del armisticio de la Primera Guerra Mundial— constituye un espacio único donde convergen dos milenios de historia barcelonesa. Mientras los restos de la antigua Barcino testimonian el pasado romano, la figura de Ramón Berenguer III evoca el esplendor medieval, todo ello enmarcado en el dinamismo de una ciudad que no deja de reinventarse.