Duelo
Entrevista
El servicio gratuito de la Iglesia en Barcelona que acompaña el duelo y la enfermedad: «Muchos llegan muy rotos»
Un recurso gratuito del Arzobispado que ofrece acompañamiento espiritual y humano a quienes afrontan una pérdida o una enfermedad grave
En pleno centro de Barcelona, en las dependencias del Seminario Conciliar, funciona discretamente un servicio de la Iglesia Católica que apenas ocupa titulares, pero que acompaña algunas de las experiencias más duras de nuestra sociedad: duelos complicados, soledad extrema y enfermedades que rompen los planes de toda una vida.
Al frente está Carmen Benito, médico con larga trayectoria hospitalaria y directora del Secretariado de Pastoral de la Salud, que coordina un equipo de agentes pastorales y voluntarios formados en acompañamiento espiritual.
Su misión es clara: ofrecer un espacio de escucha y esperanza donde recomponer la vida cuando la pérdida o la enfermedad desbordan a la persona. En esta conversación, Benito explica el origen de SADiM, su manera de trabajar y las necesidades de un servicio que la Iglesia de Barcelona sostiene íntegramente y que aún es poco conocido entre quienes más podrían necesitarlo.
- Usted es médico y lleva muchos años acompañando enfermos y familias. ¿Qué vio en la pandemia que le hizo decir: «Hace falta un servicio como SADiM»?
- En la pandemia vimos un sufrimiento enorme: mucha muerte, mucha soledad, mucha angustia y una sensación de pérdida que no encontraba cauces para ser acompañada. Las familias no podían despedirse, no había rituales, no había espacio para la palabra ni para el silencio compartido. El entonces obispo auxiliar Antoni Vadell percibió que la Iglesia debía ofrecer un acompañamiento espiritual y religioso específico a esas personas tan heridas. A partir de ahí, nos pusimos en marcha y nació SADiM como respuesta a esa necesidad.
- ¿Cómo se concretó ese inicio y dónde está hoy el servicio?
- Empezamos de forma muy sencilla, en un piso cerca de la plaza Urquinaona, y al cabo de un año el servicio se trasladó al Seminario Conciliar de Barcelona, en la calle Diputación, en pleno centro. Estar en el seminario nos da un entorno con mucho significado eclesial y, al mismo tiempo, muy accesible por transporte público. Desde allí atendemos a las personas que nos llaman y piden acompañamiento, siempre a título individual, no porque otro las apunte, sino porque ellas mismas solicitan ayuda.
- ¿A quién va dirigido SADiM? ¿Es solo para católicos practicantes?
- No. SADiM es un servicio de la Iglesia Católica, pero abierto a cualquier persona: católicos, personas de otras confesiones, agnósticos o ateos. Toda persona tiene una dimensión espiritual, la que sea, y partimos de ahí. Lo único que pedimos es que la propia persona identifique que ese acompañamiento espiritual y humano le puede ayudar y nos llame. Respetamos absolutamente sus creencias, su forma de vivir la fe o su ausencia de fe; nadie tiene que «confesar» nada para ser atendido.
- Cuando alguien llama, ¿qué pasos sigue y cómo se organiza el acompañamiento?
- Primero se hace una pequeña entrevista telefónica con datos básicos y se ofrece una cita presencial en el seminario. Esa primera entrevista la realiza la coordinadora del servicio, que valora, cara a cara, si SADiM es el recurso adecuado para esa persona. Si vemos que nuestro acompañamiento le puede servir, se le asigna un agente pastoral concreto según su perfil personal, sus necesidades y su disponibilidad horaria.
A partir de ahí, siempre le acompaña la misma persona, desde el inicio hasta el alta. Esa continuidad es clave para generar confianza, cuidar la confidencialidad y sostener procesos muy delicados. La frecuencia de las visitas no es fija: puede ser semanal si la situación es muy crítica, quincenal o más espaciada cuando el proceso está más avanzado. Nos adaptamos al ritmo y a las necesidades de cada uno.
- Habla de agentes pastorales. ¿Quiénes forman parte del equipo de SADiM?
- El equipo lo formamos la dirección del secretariado, la coordinadora de SADiM, tres agentes pastorales que también trabajan en hospitales con muchos años de experiencia y varios voluntarios, entre ellos un religioso. Todos tienen una formación específica en acompañamiento espiritual y religioso: han cursado una diplomatura en el seminario, dentro de la Facultad de Filosofía, y además realizan formación continua en centros de espiritualidad y en jornadas de Pastoral de la Salud.
También cuidamos mucho al propio equipo. Periódicamente hacemos sesiones clínicas con un experto externo en final de vida y acompañamiento, para reflexionar sobre los casos, mirar cómo estamos y sostener a los agentes pastorales. Es fundamental, porque las historias que atendemos son muy duras y quien acompaña también necesita ser acompañado.
- ¿Qué significa en la práctica que SADiM acompaña «desde la espiritualidad»?
Significa que no nos quedamos solo en lo psicológico o lo social, aunque eso sea importante, sino que nos situamos en la profundidad de la persona, en sus preguntas de sentido, en su relación con la vida y, si lo desea, con Dios. El punto de partida es siempre humano: escuchar, sostener silencios, mirar a la persona con respeto, sin juicios.
Si la persona se abre a hablar de fe, de Jesús, de la Iglesia, entonces también ofrecemos el acompañamiento explícitamente cristiano: la referencia a la parroquia, a los sacramentos, a los grupos eclesiales. Pero nunca forzamos ese paso. No queremos ser invasivos ni proselitistas. Nuestro respeto a la libertad es absoluto: la pauta la marca siempre la persona.
- ¿En qué se diferencia SADiM de otros recursos de duelo que existen en el ámbito sanitario o social?
- Una diferencia clara es que nuestro acompañamiento es fundamentalmente individual. Muchos recursos de duelo, sobre todo en el ámbito social o sanitario, se articulan en grupos. Nosotros podemos hacer alguna experiencia grupal cuando se da el perfil adecuado, pero la base es el acompañamiento uno a uno.
Otra diferencia es que la dimensión espiritual está en el centro. Nosotros colaboramos con otros grupos de duelo y nos formamos con ellos, pero SADiM nace desde la Iglesia y ofrece, a quien lo quiera, un horizonte de trascendencia y de fe. Nuestro objetivo es que la persona cure sus heridas, integre la pérdida y pueda reintegrarse en su vida personal y comunitaria, sea o no sea practicante.
- ¿Qué tipo de historias llegan a SADiM? ¿Qué realidad os encontráis en las personas que atendéis?
- Muchas personas llegan muy rotas. Atendemos, por ejemplo, a padres que han perdido a su único hijo por suicidio, a personas que han quedado viudas después de toda una vida en pareja desde la adolescencia, o a novios que ven morir a su futuro cónyuge justo antes de la boda. Son situaciones que, si no las escuchas, casi parecen imposibles de imaginar.
También acompañamos casos de soledad extrema en una ciudad grande como Barcelona, viudas o viudos cuyos hijos viven en el extranjero y que no tienen red de amistades. O personas que, tras la muerte del marido o la esposa, descubren infidelidades o secretos que les obligan a rehacer su vida desde cero. Son historias muy duras, «para no dormir», como decimos a veces, y requieren una gran entereza y una humanidad muy profunda por parte del agente pastoral.
- El nombre del servicio incluye también la enfermedad. ¿Qué lugar ocupa este ámbito en vuestro trabajo?
- La enfermedad grave es también una forma de pérdida. Cuando a alguien le comunican un diagnóstico nefasto –un cáncer, una enfermedad degenerativa, una patología invalidante– hay una pérdida enorme de integridad personal, de capacidades, de proyectos de futuro. Esa persona tiene que aprender a vivir con una realidad que le limita y que, muchas veces, le asusta.
Por eso el servicio se llama «de atención al duelo y la enfermedad». No solo acompañamos cuando la muerte ya ha ocurrido, sino también en el proceso de asumir una enfermedad que cambia la vida. Ahí nuestro trabajo es ayudar a integrar esa nueva situación, a no vivirla en soledad y a encontrar recursos para seguir adelante.
- ¿Cuánto tiempo suele durar el acompañamiento y cómo sabéis cuándo dar el alta?
No hay un tiempo estándar, porque cada persona y cada duelo son distintos. En general, hablamos de procesos que, como mínimo, rondan el año. Hay casos más breves y otros que necesitan más tiempo, pero procuramos que el acompañamiento no se convierta en una dependencia.
Damos el alta cuando vemos que la persona ha encontrado recursos para seguir su camino: que puede tomar decisiones, que se ha reconciliado en buena medida con la pérdida, que es capaz de retomar una cierta rutina. Entonces le proponemos vincularse a una parroquia o a una comunidad religiosa cercana –un grupo parroquial, una congregación, un movimiento– que pueda sostenerle a largo plazo. Nosotros ofrecemos pistas y contactos, pero son ellos quienes han de dar los pasos.
- ¿Y si, una vez «licenciados», sienten que necesitan de nuevo algún tipo de apoyo?
- Detectamos que algunas personas, al terminar el proceso, tenían miedo a sentirse abandonadas, aunque ya estuvieran mejor. Por eso creamos lo que llamamos «ReforSADiM»: una vez al mes, el primer martes, la coordinadora o yo misma estamos en un monasterio de benedictinas en la calle Anglí, un lugar con capilla, jardín y huerto, abierto a quienes ya han sido dados de alta pero necesitan, puntualmente, volver a hablar o a ser escuchados.
No se trata de empezar de nuevo el acompañamiento, sino de ofrecer un espacio de refuerzo, de calidez humana, donde puedan volver si se sienten más frágiles. Es una forma de decirles que no están solos, pero también de ayudarles a mantenerse en pie por sí mismos.
- También organizan un encuentro de final de curso. ¿En qué consiste y qué aporta a las personas atendidas?
- Al final de curso organizamos un encuentro en el seminario con los usuarios, los agentes pastorales y el obispo. Suele ser a finales de junio o principios de julio. Es un momento muy bonito en el que, de manera libre, cada persona puede compartir la experiencia vivida en SADiM.
Después pasamos a la capilla, donde se hace una oración sencilla y muy íntima: cada uno recibe una vela, la enciende y la coloca en el altar, ofreciendo su intención por sí mismo, por su ser querido o por su familia. Es un momento profundamente emotivo, con cantos espirituales, en el que muchos lloran y se desahogan.
Al terminar, hay un pequeño refrigerio en el claustro del seminario, donde las personas pueden saludar al obispo, hablar con los agentes pastorales y encontrarse entre ellas. Para muchos es importante ver que la Iglesia está ahí, que el obispo respalda este servicio y que hay una comunidad que les acoge.
- SADiM es gratuito para los usuarios. ¿Cómo se sostiene económicamente y qué necesidades tiene ahora mismo?
- Para las personas atendidas el servicio es totalmente gratuito. Pero la estructura, la formación, las sesiones de cuidado del equipo y el propio espacio tienen un coste. Todo esto lo asume la Iglesia de Barcelona, que ha sido y es muy generosa con SADiM. Por eso, si tuviéramos que pedir algo, no sería dinero.
Nuestra principal necesidad es la difusión. Sabemos que hay mucha más gente sufriendo de la que llega hasta nosotros. Hemos hecho esfuerzos de comunicación, también en medios, pero sigue costando que quienes lo necesitan conozcan que este servicio existe. Ahí los medios tenéis un papel clave: ayudar a que el mensaje llegue a quien, tal vez en silencio, está buscando un lugar donde poder llorar y ser acompañado.
- Si tuviera que resumir en una frase el corazón de SADiM, ¿cuál sería?
- Que nadie viva su duelo o su enfermedad en soledad. Queremos ser un espacio donde las personas puedan expresar su dolor, encontrar escucha y respeto, y, si lo desean, reencontrarse con Dios y con la Iglesia. Se trata de ayudarles a curar heridas profundas, a asumir pérdidas que ya no se pueden revertir y a volver a ser capaces de vivir, de amar y de ser útiles para los demás.