Uno de los últimos gigantes construidos por Mujal, bautizado como «Lourdes»Toni Mujal / Instagram

Cultura tradicional

El artesano que mantiene viva la tradición de los gigantes en Cataluña: «Tengo la agenda llena»

El escultor catalán Toni Mujal, referente en la construcción de gigantes y bestiario festivo desde los años ochenta, reivindica la dimensión comunitaria y espiritual de este oficio, lejos de la lógica de la moda efímera

El entrevistado, Toni Mujal, escultor especializado en imaginería festiva, repasa sus más de 40 años de trabajo al frente de un taller en Cardona dedicado a diseñar y construir gigantes, cabezudos y otras figuras para fiestas populares de Cataluña y otros territorios. En esta conversación explica cómo ha evolucionado el sentido de estas figuras, del vínculo religioso inicial a su papel actual como símbolos de identidad local, al tiempo que describe el buen momento que vive la profesión y el relevo generacional que ya está en marcha.

- Para quien no le conozca, ¿quién es Toni Mujal y cómo le gusta definirse?

Me defino como escultor de imaginería festiva, artesano de esta disciplina. En los años ochenta monté mi taller después de que cerrara la empresa en la que trabajaba, y entonces decidí dedicarme a la escultura, que había estudiado en la Escuela Massana. Al principio realizaba imágenes religiosas para el mercado de Estados Unidos, en resina de poliéster, pero poco a poco los encargos de gigantes fueron creciendo hasta ocupar prácticamente todo mi trabajo.

- ¿Cómo se produjo ese paso de la imaginería religiosa al mundo de los gigantes?

Empecé haciendo escultura religiosa: santos muy icónicos que se enviaban a Estados Unidos en materiales más ligeros y resistentes que los tradicionales. Nunca pensé que acabaría en la imaginería festiva, porque el gigante exige otras cosas: debe ser ligero, vestirse, bailarse, combinar muchas técnicas distintas.

El giro llegó cuando me encargaron modelar cabezas, brazos y manos para unos gigantes; ellos se ocupaban de la vestimenta y de la estructura de madera, y a partir de ese trabajo empezaron a llegar más pedidos similares. Sin darme cuenta, dejé la imaginería religiosa y me centré en los gigantes y el bestiario festivo.

- Viendo lo que ha ocurrido con otros oficios manuales, ¿la construcción de gigantes es una profesión en peligro o vive un buen momento?

Cuando empecé creía que sería algo puntual, un boom ligado a la recuperación de las fiestas tras la dictadura. Durante años compaginé los gigantes con la imaginería religiosa porque pensaba que, pasado un tiempo, todos los pueblos tendrían sus figuras y el trabajo bajaría.

Ha pasado justo lo contrario: los encargos han ido a más y hoy doy plazos de uno o dos años, con la agenda llena y la necesidad de rechazar trabajos porque no llego. Además, muchas piezas vuelven al taller cada cierto tiempo para restauraciones y cambios de vestuario, lo que consolida el oficio.

- ¿Existe relevo generacional o el sector se sostiene aún en pocos talleres veteranos?

En Cataluña hay varios talleres que arrancamos en los años ochenta y los maestros estamos ya entre los sesenta y setenta años. En los últimos años se han creado cursos específicos de Bellas Artes orientados a la imaginería popular y de ahí han salido varios talleres nuevos, impulsados por jóvenes de entre 25 y 30 años. Hoy podemos decir que sí hay relevo: gente formada que quiere dedicarse a la cultura popular y que encuentra demanda suficiente para vivir de ello.

- Para alguien que no conozca esta tradición, ¿cómo explicaría qué representan los gigantes?

Los definiría como embajadores de cada pueblo. Representan su cultura, sus tradiciones, sus oficios y su historia, y llevan todo ello a otros lugares cuando se desplazan. Desde Cataluña se impulsó la costumbre de los intercambios: una colla visita otro municipio y luego recibe la visita de vuelta, y las fiestas mayores se llenan de parejas de gigantes y músicos. Este modelo se ha extendido a otros puntos de España y a países como Francia, Bélgica o Italia.

- Históricamente muchos gigantes han nacido ligados a procesiones y fiestas religiosas. ¿Se mantiene hoy ese sentido simbólico y espiritual?

Ha habido cambios importantes. Bajo la dictadura se recomendaba que los gigantes representaran reyes católicos, y por eso muchos pueblos tienen figuras de este tipo sin un vínculo claro con su realidad local. Con la democracia, las temáticas se abrieron: los pueblos empezaron a pedir gigantes que reflejaran oficios o tradiciones propias, como el textil o la viña.

En los últimos años se vive, sin embargo, un cierto retorno a las raíces: se restauran figuras emblemáticas, se construyen nuevas águilas y muchas vuelven a bailar en la iglesia en fiestas como el Corpus, recuperando un componente más espiritual y religioso.

- ¿Qué ha cambiado en la forma de encargar los gigantes y en la relación de los pueblos con estas figuras?

Al principio eran los propios vecinos quienes asumían el coste: se organizaban con loterías y fiestas, a veces con una ayuda limitada del ayuntamiento. Hoy los encargos suelen financiarse con subvenciones de ayuntamientos, diputaciones o la Generalitat. También ha variado el tipo de propuestas: antes se pedían personajes genéricos y ahora es frecuente que quieran rostros de personas concretas para rendirles homenaje, tanto en gigantes como en cabezudos. Lo que antes se veía casi como algo ridículo —verse convertido en muñeco— hoy se vive como un honor que queda para siempre en la memoria del pueblo.

- ¿Hay algún estreno que recuerde especialmente por la reacción del público?

Uno de los actos que más me ha marcado fue la presentación del águila de Cardona, mi pueblo, una figura documentada ya en el siglo XVIII que se recuperó en 2014. La inauguración tuvo que hacerse en la iglesia por culpa de la lluvia y, con la música y el acompañamiento del Águila de Barcelona, se convirtió en un acto muy emotivo, con mucha gente llorando. También recuerdo el capgròs de una señora mayor de Vallgorguina, muy querida en las fiestas del pueblo: falleció pocos días antes de la presentación, pero la comunidad decidió seguir adelante con el homenaje. El día del estreno, cuando entró la figura con sus rasgos y gestos, muchos vecinos vivieron el momento como si ella volviera simbólicamente, y se produjo una auténtica catarsis emocional.

- ¿Cómo imagina su oficio dentro de veinte o treinta años?

Creo que la profesión seguirá viva. Solo desde este taller han salido en cuarenta años unas 500 piezas entre gigantes, dragones, bestiario y cabezudos, y todas ellas requieren mantenimiento periódico. Lo mismo ocurre con las obras de otros talleres: hay un legado de gigantes en Cataluña muy potente que, por sí solo, genera trabajo estable en restauración y cuidado. Si la sociedad sigue funcionando con normalidad y los pueblos continúan celebrando sus fiestas, las nuevas generaciones que se incorporan al oficio tendrán trabajo y una responsabilidad clara: custodiar y renovar este patrimonio de cultura popular.