El pintor Leopoldo Romañach, en su estudio

Cultura

Aparece en Barcelona el cuadro más buscado del gran maestro cubano admirado por Sorolla

'El viejo de la pipa' de Leopoldo Romañach generó un conflicto post-mortem que ahora afronta una nueva etapa

La investigación llevada a cabo por el abogado Sergio Santamaría aporta nuevos datos sobre el pintor cubano de origen catalán Leopoldo Romañach (1862-1951). Es una figura crucial cuya extensa obra se expresa a través de corrientes artísticas diversas, desde el tenebrismo italiano finisecular al realismo, el simbolismo y hasta el iluminismo, con una fuerte influencia del impresionismo español. Ahora bien, ¿quién fue este pintor recuperado por Santamaría y qué conflicto hubo tras fallecer?

Leopoldo Romañach Guillén nació el 7 de octubre de 1862 en Sierra Morena, Cuba, hijo de Isabel Guillén y Baudilio Romañach Payret. La muerte de su madre cuando él tenía solo cinco años marcó el inicio de una vida de constantes cruces transatlánticos, pues fue enviado con sus hermanos a la Costa Brava, específicamente a la localidad de Roses (Gerona), para ser criado por su tía paterna.

Este arraigo en tierras catalanas fue fundamental. Allí cursó estudios en Gerona y Barcelona, donde se cree que el contacto con la obra de Mariano Fortuny despertó su vocación artística definitiva a través de la observación de su virtuosismo técnico y el manejo de la luz.

A pesar de su inclinación natural, su padre intentó orientarlo hacia el comercio, enviándolo a los catorce años a Nueva York para aprender inglés y gestión de negocios. Sin embargo, la pasión de Romañach por la pintura era inamovible. De regreso en Cuba, en lugar de vender los tercios de tabaco que su padre le había encomendado, buscó al maestro Miguel Melero en la Academia de San Alejandro para suplicarle que le permitiera asistir a clases de colorido.

Esta determinación atrajo la atención de mecenas como Francisco Ducassi y la benefactora Marta Abreu de Estévez, quienes facilitaron su formación en la Escuela de Bellas Artes de Roma. En Italia, bajo la tutela de figuras como Filippo Prosperi y Francisco Pradilla, Romañach perfeccionó una técnica que pronto le valdría el reconocimiento en las exposiciones internacionales más prestigiosas, desde París hasta San Luis.

'La promesa', de Leopoldo Romañach (1910)

Su regreso definitivo a Cuba lo consolidó como el maestro de maestros, ocupando la cátedra de colorido en San Alejandro y formando a generaciones de artistas con un estilo que muchos comparaban con el impresionismo francés, pero con una energía levantina propia. Fue en este periodo de madurez donde su relación con España cobró una nueva dimensión a través de su amistad con Joaquín Sorolla.

Ambos artistas compartían una admiración mutua que quedó plasmada en correspondencia personal, donde Sorolla, impedido de viajar a Cuba por sus compromisos con la Hispanic Society of America, enviaba a su yerno Francisco Pons Arnau como emisario para abrazar a su querido Romañach. Esta conexión no era solo profesional, sino de una sensibilidad compartida hacia la luz y el color, lo que llevó a críticos de la época a considerar a Romañach como el exponente máximo de la escuela sorollista en América.

Un conflicto post-mortem

El capítulo más fascinante de su historia se escribió tras su muerte el 10 de septiembre de 1951. El testamento del pintor contenía una cláusula que otorgaba a su discípulo, Augusto Oliva Blay, la libertad de seleccionar qué obras pasarían al Museo Nacional de Bellas Artes y cuáles podría conservar para sí mismo. Esta redacción ambigua desencadenó un conflicto legal y social sin precedentes.

En el inventario inicial entregado al museo, compuesto por 53 telas, no figuraba la obra predilecta del autor. Esta era El viejo de la pipa. Esta ausencia fue denunciada por profesores de San Alejandro, quienes aseguraban que la voluntad de Romañach era que sus mejores piezas formaran parte del patrimonio nacional. El escándalo escaló hasta tal punto que intervino el Servicio de Inteligencia Militar y se designó un Juez Especial para investigar el paradero de las obras desaparecidas.

Crónicas de la época describen escenas de tensión en las que se llegó a intervenir el cuadro en un taller de molduras. No obstante, tras un arbitraje en 1953, los herederos lograron retener la pieza y, a partir de ese momento, el rastro de El viejo de la pipa se desvaneció de los registros públicos cubanos. Durante décadas, la obra que el propio Romañach consideraba su culmen artístico permaneció en un exilio privado, lejos de la sala que llevaba su nombre en el museo de La Habana.

El giro final de esta historia ocurrió recientemente, cuando la pintura fue localizada en España, cerrando un ciclo que comenzó con el viaje del niño Leopoldo a Rosas un siglo antes. Tras ser sometida a un riguroso proceso de restauración en Barcelona por Helena Nadal Casas, la obra ha vuelto a la luz, revelando detalles técnicos que confirman su importancia histórica, como las marcas en el reverso que indican que su tamaño fue modificado en algún momento de su azarosa existencia. Actualmente, la pieza se encuentra en proceso de autenticación por el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba.

La recuperación de este lienzo no es solo un hecho artístico, sino un acto de justicia histórica hacia un pintor que siempre navegó entre dos orillas. Leopoldo Romañach representó la unión de la academia europea con la identidad cubana, y el regreso de su obra favorita a la esfera pública, coincidiendo con el próximo 75º aniversario de su fallecimiento en 2026, promete devolverle al maestro de maestros el lugar central que siempre deseó en el patrimonio cultural de la isla. Su legado, ahora más completo que nunca, sigue siendo un testimonio de cómo el arte puede trascender conflictos legales, fronteras geográficas y el paso del tiempo.