Vista del camino hacia la montaña rusa del Turó Park, en 1914

Vista del camino hacia la montaña rusa del Turó Park, en 1914Josep Salvany i Blanch / Wikimedia

Historias de Barcelona

La desaparecida montaña rusa en el parque preferido de las familias ricas de Barcelona

El Turó Park siempre ha estado vinculado a las familias bien de la ciudad

En una época en la cual la burguesía empezaba a tomar la parte alta de Barcelona, más allá del Eixample y por encima de la Diagonal, alguien tuvo la idea de crear un parque de atracciones exclusivo, solo para las personas con un cierto estatus social. Así nació el Turó Park. Lo que hoy en día es un parque, en su tiempo distrajo a una parte de la sociedad barcelonesa.

La idea la tuvieron el matrimonio Josep Bertrand Salsas y Manuela Girona Clavé. Él era industrial textil y fundador del Real Automóvil Club de Cataluña. Ella era hija del banquero y empresario Casimir Girona Agrafel y sobrina del banquero Manuel Girona. Eran propietarios de los terrenos de la zona del Camp d’en Galvany, cerca de la actual Plaza Francesc Macià. Eran terrenos agrícolas que estaban perdiendo su razón de ser por el crecimiento urbanístico de la ciudad.

Los Bertrand-Girona, también cerca del Turó Park, mandaron construir la Villa Mayfair. Josep Bertrand le pidió, en 1910, al arquitecto Enric Sagnier Villavecchia una residencia para su hija María Bertrand Girona, que se había casado con Bernard Cinnamond, de una acomodada familia inglesa, de aquí el nombre de la villa. De estilo modernista, es un testimonio de las casas unifamiliares de carácter señorial que se construyeron en la zona. Hoy se conoce como The Creation House.

En 1912 decidieron transformar aquellos terrenos agrícolas en un recinto de recreo que compitiera con los mejores de Europa. No buscaban la rentabilidad a través del volumen de gente, sino a través del prestigio. Se inauguró el 15 de junio de 1912, presentándose ante la sociedad barcelonesa como un oasis de elegancia, donde las atracciones no eran solo máquinas, sino escenarios para ver y ser vistos. Eso, en aquella época, era lo importante al destacar por encima de los demás.

Montaña rusa

A pesar de ser un lugar para demostrar el nivel social, también albergaba una de las primeras montañas rusas de la ciudad, la Scenic Railway, que terminaba su vertiginoso recorrido descendiendo hacia una piscina, provocando el asombro y los gritos ahogados de damas con sombreros de gran volumen y caballeros con bigotes engominados.

Cerca estaban un tiovivo, coches eléctricos, El Pato, góndolas venecianas y una pista de patinaje que se convirtió en un lugar de moda. Patinar sobre ruedas era la última tendencia llegada de París y Londres. No había ninguna niña de buena familia que no quisiera demostrar su destreza en la pista del Turó Park. Otro de los pasatiempos que se puso de moda fueron los globos aerostáticos y allí se podía practicar esta moda.

Patinando en el Turó Park, en 1912

Patinando en el Turó Park, en 1912Wikimedia

Además, era un centro de eventos sociales que marcaban el calendario de la burguesía barcelonesa. Se celebraban la «Fiesta de las Naciones», donde se reunían diplomáticos y cónsules, o la «Fiesta de los Bebés», un concurso donde padres y abuelos competían por ver quién engalanaba mejor a sus descendientes, convirtiendo a los niños en pequeños escaparates de poderío económico familiar.

También se celebraron concursos caninos. Allí acudía la mezzosoprano Conchita Supervía con sus mascotas para que participaran en esos trofeos. En 1922, se celebró en sus instalaciones una Jura de Bandera a la que pudo asistir innumerable público, acto que se pudo contemplar desde la explanada del Camp d’en Galvany.

El alma del parque estuvo vinculada a la cultura. El teatro de marionetas al aire libre fue una de las actividades más queridas. Por allí pasaron los mejores titiriteros, incluyendo a Juli Pi Olivella y su compañía vinculada a El 4 Gats, que ofrecían espectáculos de polichinelas que hacían las delicias de los niños, sobre todo con la polichinela llamada Perico, mientras sus padres almorzaban en el magnífico restaurante del recinto. Este era un local de aire señorial donde se servían cenas bajo las estrellas en las noches de verano.

Auge y caída

Con el paso de los años, el modelo de parque de atracciones privado entró en decadencia. La burguesía, cansada y a la búsqueda de novedades, comenzó a aburrirse con las mismas atracciones y sin demasiadas novedades. Paralelamente, el crecimiento de Barcelona hizo que el valor del suelo para la urbanización fuera superior a las entradas al parque.

En 1927 se cerró el parque. La familia Bertrand-Girona llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento de Barcelona. Cedieron la parte central de los terrenos para convertirlos en un parque público, a cambio de poder edificar alrededor del perímetro. Ese acuerdo dio como resultado el parque que conocemos hoy en día.

En 1934, el paisajista Nicolau María Rubió i Tudurí recibió el encargo de rediseñar el espacio. Con su habitual sensibilidad, no quiso borrar el pasado. Eliminó las estructuras metálicas de la montaña rusa y lo transformó en un jardín romántico, inspirado en los squares ingleses, cerrado sobre sí para mantener una atmósfera de recogimiento. Salvó el arbolado original, como algarrobos centenarios, laureles y magnolias. El estanque que albergó góndolas venecianas se cubrió de nenúfares.

El parque se dedicó al poeta Eduardo Marquina y, con el tiempo, se fueron instalando esculturas que rinden homenaje a la música y la literatura. Tenemos esculturas como la de Apel·les Fenosa, dedicada a Pau Casals; la de Josep Calarà, dedicada a Francesc Viñas; Un Oiseau, de Jean Michel Folan; y, en la pradera, La ben plantada, de Eloïsa Cerdan, una pieza de bronce que rinde homenaje al escritor Eugeni d’Ors.

Parte del Turó Park en Barcelona.

Parte del Turó Park en Barcelona.Oh-Barcelona.com (flickr)

Presidiendo el eje del parterre de las magnolias, está la Biga de la Font de l’Aurora, de Joan Borrell i Nicolau, una estructura de bronce que representa un carro clásico tirado por caballos con un parterre de rosales delante.

A pesar del cambio que sufrió, el Turó Park nunca perdió su carácter selecto. Durante décadas fue el lugar donde las niñeras con uniforme paseaban a los bebés y donde los abuelos buscaban la calma y el sol. También los fines de semana es un lugar privilegiado para pasear. Lo único que permaneció vivo, hasta la década de 1970, fue el teatro de títeres.

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