Ferran Ballard, creador de The Brain School
Ferran Ballard: el creador del método analógico que enseña a aprender mejor en plena era de la inteligencia artificial
El experto en aprendizaje estratégico defiende un sistema de ocho pasos basado en la ciencia que ya ha ayudado a más de 10.000 alumnos y alerta de la «deuda cognitiva» que generan las malas prácticas con la IA
En un momento en que el 71,7 % de la población catalana cuenta con competencias digitales, pero casi tres de cada diez alumnos presentan un bajo rendimiento en lectura y matemáticas, el empresario barcelonés Ferran Ballard propone volver a lo esencial: aprender bien antes que aprender más. Autor, junto a Alejandra Scherk, del libro «Aprendre amb estratègia», defiende un método de ocho pasos, analógico en su filosofía, pero plenamente compatible con la inteligencia artificial, que ha transformado ya la manera de estudiar de más de 10.000 alumnos en España. Su tesis es clara: el problema no es la falta de acceso al conocimiento, sino la ausencia de un sistema riguroso para procesarlo, consolidarlo y usarlo con criterio.
De estudiante frustrado a referente del estudio eficaz
Ballard estudió Derecho y Administración y Dirección de Empresas en la Universitat Pompeu Fabra, donde se dio cuenta de que el «método» que le había servido en el colegio —leer y releer la víspera del examen— ya no funcionaba. En lugar de atribuirlo a una supuesta falta de capacidad, decidió observar y preguntar a los mejores expedientes de cursos superiores, al tiempo que se sumergía en la literatura de psicología cognitiva sobre cómo aprende el cerebro.
Fruto de ese trabajo, creó primero una academia universitaria que sigue activa quince años después, con un alto porcentaje de alumnos recurrentes, y más tarde dio el salto a un proyecto más amplio de formación en técnicas de aprendizaje para adolescentes, universitarios, opositores y profesionales de empresa. Con el tiempo, ese trabajo cristalizó en The Brain School, la institución que hoy dirige junto con Alejandra Scherk, y en la metodología que recogen en «Aprendre amb estratègia».
Cataluña digitalizada, pero con problemas de lectura
La propuesta de Ballard y Scherk parte de una paradoja educativa cada vez más visible en Cataluña. Según datos del Idescat, el 71,7 % de la población catalana dispone de competencias digitales, muy por encima de la media española, pero alrededor del 29 % del alumnado presenta bajo rendimiento en lectura y cerca de un 29,4 % en matemáticas, situándose por debajo de la media de la Unión Europea.
Para Ballard, el origen no está solo en la escuela, sino en una «responsabilidad compartida» entre centros educativos y familias, que han dejado de fomentar el hábito de la lectura y la capacidad de concentración sostenida. El resultado, explica, es una comprensión lectora deficiente que se hace evidente tanto en la educación secundaria como en la universidad, donde la mayoría de dudas de los alumnos se resolverían simplemente entendiendo mejor los enunciados.
Un método analógico de ocho pasos
Lejos de prometer soluciones milagrosas, Ballard insiste en que el aprendizaje de calidad exige esfuerzo, «incomodidad productiva» y un sistema claro. Su método de ocho pasos reordena las herramientas clásicas de estudio —subrayados, resúmenes, esquemas, repasos— a la luz de la ciencia del aprendizaje, poniendo el foco en cómo se aplican y no solo en qué hacer.
Entre los pilares que destaca, cita tres prácticas decisivas: elaborar esquemas con pocas palabras clave bien conectadas, explicar en voz alta el temario «como si uno fuera profesor» para ganar claridad mental y trabajar la evocación activa, es decir, repasar sin tener los apuntes delante, simulando condiciones de examen. Esta última, subraya, puede marcar diferencias de hasta un 30 % en los resultados, pero casi nadie la aplica porque genera frustración y obliga a confrontar lo que uno no sabe.
Ballard se muestra especialmente crítico con los enfoques que venden técnicas de memorización rápida como solución total al estudio, o que presentan la IA como atajo para hacer trabajos y exámenes. Recuerda que las mnemotecnias clásicas, utilizadas ya en la Grecia antigua y por predicadores en la Edad Media, sirven para recordar ideas sueltas, pero no sustituyen un aprendizaje profundo ni permiten construir conocimiento complejo.
En su opinión, muchos alumnos están contrayendo una «deuda cognitiva» al delegar en la IA tareas que deberían implicar reflexión propia: redactar trabajos, estructurar ideas o resolver ejercicios sin comprenderlos. Ese «crédito» se paga más adelante, cuando llega el momento de afrontar estudios superiores o responsabilidades profesionales sin una base sólida sobre la que pensar, decidir y crear.
Lejos de un discurso tecnófobo, Ballard defiende que «ser negacionista de la IA es un error», pero precisa que la tecnología debe integrarse sin sustituir los procesos cognitivos esenciales. En su modelo, la IA puede ahorrar tiempo en tareas mecánicas —por ejemplo, reordenar un texto ya trabajado por el alumno— o actuar como «espejo cognitivo» que pone a prueba el conocimiento.
Así, plantea utilizar la IA para que formule preguntas al estudiante, le señale errores en sus explicaciones y genere tarjetas de memoria espaciadas a partir de sus fallos, reforzando progresivamente los puntos débiles. En este esquema, la herramienta no piensa por el alumno, sino que le ayuda a pensar mejor, obligándole a contrastar lo que cree saber con lo que realmente domina.
El alcance del método de Ballard va más allá del éxito académico inmediato. En sus cursos ha visto estudiantes de medicina a punto de abandonar la carrera que, tras cambiar la forma de estudiar, han pasado a situarse entre los mejores expedientes, así como profesionales que han recuperado la confianza para asumir nuevos retos y liderar equipos.
Para él, aprender a aprender es tanto una cuestión de rendimiento como de salud cognitiva y de proyecto vital. Recuerda que seguir formándose a lo largo de la vida fortalece la llamada «reserva cognitiva», asociada a una mayor protección frente al deterioro neurológico, y que la memoria es, en última instancia, lo que sostiene la identidad personal. «Seguir aprendiendo es no darse nunca por finalizado», resume, convencido de que, también en la era de la inteligencia artificial, el verdadero diferencial seguirá estando en quien sabe pensar, recordar y decidir por sí mismo.