La Plaza de San Felipe Neri, por la noche
Historias de Barcelona
Así nació la 'plaza-Frankenstein' de Barcelona, construida con restos de una ciudad derribada
Para quien sabe mirar, San Felipe Neri es una plaza cargada de simbolismo y ojos invisibles
En el laberinto de piedra que conforma el barrio gótico de Barcelona, existe un lugar donde el tiempo parece haberse detenido en un susurro de agua y tragedia. La Plaza de San Felipe Neri, con su fuente central y sus paredes desconchadas, es a menudo descrita en las guías turísticas como un remanso de paz, un oasis de silencio frente al bullicio de la Catedral.
Sin embargo, para quien sabe mirar, esta plaza es mucho más que un rincón romántico. Es el rincón más cargado de simbolismo y ojos invisibles de la ciudad. Su historia está ligada a la vigilancia, la tragedia y una reconstrucción que, en sí misma, constituye un fascinante engaño visual.
Para entender la naturaleza de esta plaza, debemos recurrir al concepto de panóptico desarrollado por el filósofo inglés Jeremy Bentham. En su diseño original, se trataba de una prisión que permitía a un solo vigilante observar a todos los internos sin que estos pudieran saber si estaban siendo mirados o no.
En San Felipe Neri este concepto se manifiesta de una forma invertida y urbana. Lo que casi nadie sospecha al sentarse en sus bancos de piedra es que la plaza es, en gran parte, un escenario montado. Tras la guerra civil, el arquitecto Adolf Florensa lideró un proyecto de reconstrucción para rescatar el área de los estragos de los bombardeos. Para ello, utilizó fachadas e instrumentos arquitectónicos de otros edificios de la ciudad que habían sido derribados para abrir la Vía Layetana o que habían quedado huérfanos de su emplazamiento original.
Esto creó un efecto psicológico inmediato. Las ventanas y balcones que la rodean no pertenecen originalmente a ese espacio. Fueron colocados allí estratégicamente para cerrar la plaza y crear una sensación de vulnerabilidad pública. Al ser un espacio con una sola entrada principal, cualquier individuo que cruce su umbral se convierte en el protagonista involuntario de un teatro. Te sientes observado por las decenas de ventanas que, como ojos pétreos, rodean la fuente. Es el triunfo de la vigilancia horizontal. El vecino se convierte en el guardián invisible del orden.
Metralla en la fachada
El elemento más impactante de la plaza es, sin duda, la fachada de la iglesia, marcada por las profundas huellas de la metralla. El 30 de enero de 1938, una bomba lanzada por la aviación legionaria italiana terminó con la vida de 42 personas, la mayoría niños que se refugiaban en el sótano del convento. Sin embargo, el uso posterior de estas heridas constituye un capítulo oscuro de vigilancia ideológica.
Durante décadas se manipuló la narrativa, difundiendo que esas marcas eran el resultado del fusilamientos de sacerdotes. Al mantener la pared sin reparar se ejercía una vigilancia moral. Las marcas eran una advertencia visual constante para que se recordaran las consecuencias del desorden. Era el ojo de la historia.
En la pared de la iglesia se aprecian aún hoy las marcas de la metralla
La estructura de San Felipe Neri no solo juega con la vista, sino también con el oído. Debido a su forma de recinto cerrado y la altura de sus edificios, la plaza posee una acústica peculiar. Es un lugar donde el silencio es tan denso que los sonidos se proyectan de forma antinatural.
Se cuenta que este fue el rincón predilecto para encuentros que requerían discreción, pero esa misma discreción era su mayor trampa. Desde los pisos superiores, de la casa de los antiguos gremios, se podía escuchar con una nitidez asombrosa lo que se susurraba junto a la fuente central. El espacio mismo actuaba como un micrófono ambiental.
En el centro de todo esta la fuente. No es solo un elemento decorativo. Los monjes de la congregación del Oratorio de San Felipe Neri conocían bien el poder de este punto de agua. Era el único lugar donde los niños jugaban y los vecinos se permitían un momento de descanso. Aquí operaba una vigilancia moral casi doméstica.
Se dice que los monjes utilizaban el murmullo constante del agua para camuflar su propia presencia tras las ventanas del convento. El sonido de la fuente, que hoy nos parece relajante, servía de ruido blanco que permitía observar la conducta de los jóvenes y la moralidad de las conversaciones sin ser detectados. Era un control paternalista que reforzaba la idea de que, incluso en el momento de ocio, el ojo de la fe nunca descansaba.
Dos edificios trasladados
La plaza alberga dos edificios que originalmente estaban en la Vía Laietana. Cuando se abrió esta gran avenida a principios del siglo XX, muchos edificios medievales y renacentistas iban a ser demolidos. La Casa del Gremio de Zapateros es una joya del Renacimiento catalán de 1565, que estaba situado en la calle de la Corríbia, ya desaparecida.
En la fachada destaca un zapato tallado en piedra; la imagen de San Marcos, que es el patrón del gremio de zapateros. En la casa no se fabricaban zapatos, era la sede administrativa y social. Allí se reunían los maestros para fijar precios, examinar a los aprendices y organizar las festividades.
Fachada de la Casa del Gremio de Zapateros
La Casa del Gremio de Caldereros también estaba en la misma calle. Edificio del siglo XV con influencias del Renacimiento catalán. En la fachada hay relieves que representan perolas y calderos. Edificio sobre que destaca por sus ventanales rectangulares con dinteles de piedra bien trabajados.
Antes de ser la plaza, ese espacio era el foso de la parroquia de la Catedral. Los fieles de la zona y los miembros de ciertos gremios eran enterrados en este foso junto a la iglesia de San Felipe Neri. Cuando se decidió urbanizar la plaza y construir la iglesia actual, entre 1721 a 1752, se levantó el pavimento y se clausuró el cementerio, pero los restos permanecieron bajo el subsuelo durante siglos.
Esta no es la única plaza que en su momento fue un cementerio. El Fossar de les Moreres era el de Santa María del Mar. La Plaza de Sant Josep Oriol era el de Santa Maria del Pi. La Plaza de la Gardunya era el del Convento de Jerusalén. La Plaza del Raspall, era del cementerio del barrio de Gràcia. O la Plaza Villa de Madrid era un cementerio romano.