Colón en la corte de Fernando el Católico. Xilografía según un óleo de Wenzel Von Brozik. Siglo XIX
Historia
El atentado que sufrió Fernando el Católico en Barcelona antes de recibir a Cristóbal Colón
El monasterio de San Jerónimo de Murtra tuvo una gran importancia en la época de los Reyes Católicos
El Monasterio de San Jerónimo de Murtra o del Valle de Belén está situado en el término de Badalona (Barcelona), en la confluencia de los valles de Poià y Belén, en la parte alta del actual barrio de Montigalá. Fue construido en el año 1416 por el mercader barcelonés Bertrán Nicolau. Allí se trasladó una comunidad de monjes jerónimos establecidos en Sant Pere de Ribes. El nombre de Murtra proviene de una antigua masía que se derribó para construir el monasterio.
A mediados del siglo XV la vida comunitaria ya estaba consolidada y había culto público. El monasterio es de estilo gótico tardío y se estructura alrededor del claustro. Este es de tres galerías en dos pisos. La iglesia tiene una sola nave dividida en tres tramos. No se conserva el ábside ni algunas de las capillas. También se conservan varias estancias utilizadas por los reyes y el refectorio.
Durante los siglos XV y XVI se edificaron las partes más importantes y la biblioteca. En 1835, con la desamortización de Mendizábal, fue exclausurado, asaltado e incendiado. En 1974 fue declarado monumento histórico-artístico de interés nacional.
El monasterio tuvo una gran importancia en la época de los Reyes Católicos. Estos, cuando pasaban temporadas en Barcelona, residían en él o en el Palacio Real Mayor, situado en la plaza del Rey. Los Reyes pagaron una parte de las obras del claustro y del refectorio. Allí negociaron con Cristóbal Colón las condiciones del viaje al Nuevo Mundo que quedaron plasmadas en las capitulaciones de Santa Fe.
Atentado en Barcelona
El 7 de diciembre de 1492, seis años después de haberse firmado la Sentencia Arbitral de Guadalupe, con la que se ponía fin a las guerras remensas y se abolían los malos usos contra los payeses, los Reyes Católicos fueron a oír misa a la capilla de Santa Ágata, en Barcelona. Se disponían a bajar las escaleras del Palacio Real Mayor.
La multitud se agolpaba en la plaza del Rey para saludarlos. Entre la muchedumbre estaba Juan de Canyamás. Natural de La Roca del Valles y propietario de la masía Can Sant Joan. Este se acercó a Fernando el Católico. Sacó un puñal y le aserto una herida entre la cabeza y el cuello. Canyamás fue detenido inmediatamente por el séquito real. El rey, mal herido, fue asistido por el médico real.
Recreación de cómo pudo ser Fernando el Católico
Canyamás fue juzgado pocas horas después y sentenciado a muerte. Aquel mismo día lo ataron a un palo situado encima de un carro y lo pasearon desnudo por Barcelona. En la plaza del Rey le seccionaron una mano y un trozo del brazo. El carro continuó su viaje. Minutos después le seccionaron el otro brazo. A medida que el carro avanzaba por las calles de Barcelona el cuerpo de Canyamás iba siendo desmembrado. Cuando todos las extremidades fueron seccionadas le sacaron el cerebro y el corazón por la espalda. El carro se detuvo en el Portal dels Orbs, actual Plaza de Cataluña. Allí lo lapidaron y quemaron.
La llegada de Colón
Después de ser curado, los reyes se trasladaron a Murtra para recuperare. Allí supieron de la hazaña de Colón El 30 de marzo de 1493 escribieron «Don Cristóbal Colón, Gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias». Dicen las crónicas que la reina Isabel, cuando recibió la noticia, «apenas había recuperado los ánimos habiendo visto a don Fernando luchar con la muerte a consecuencia del atentado del que había sido víctima». En San Jerónimo de Murtra es donde lo recibieron el 21 de abril de 1493.
Se engalanó Barcelona y cuando llegó lo recibieron altos cortesanos. Al penetrar en el salón del trono se levantaron los Reyes Católicos: cuando quiso arrodillarse le pidieron que se levantara y se sentara en una silla cerca de ellos. Fue al único que se le permitió permanecer sentado. Ante los reyes dijo que «Señores, mi fe no era un sueño, he pisado el suelo indiano y en él tremola el pabellón hispano al lado del Santo emblema del Cristianismo». Entonces les hizo el relato del viaje y de las islas con su fresca vegetación y sus habitantes desnudos, entre otros temas.
Les presentó a los indios casi desnudos, quienes rezaron el Ave María y se santiguaron. Sus hombres traían jaulas con cacatúas, grandes ratas indias y pequeños perros que no podían ladrar. Abrieron barriles con extraños pescados en salazón y arcas con algodón, áloe, especias y pieles de grandes iguanas. Les mostraron arcos, flechas y porras, y les habló de los devoradores de carne humana o caníbales, y de las sirenas frente a Monte Christi, pero aseguró que no había visto ninguno de los monstruos que los cosmógrafos creían existentes en las islas al fin de la tierra.
Luego les mostró coronas de oro, grandes máscaras decoradas con oro, ornamentos de oro batido, pepitas de oro, polvo de oro. Los soberanos se arrodillaron, y con ellos todos los presentes, dando gracias a Dios que había puesto estas cosas en sus manos. El coro cantó un Te Deum.
Terminada la recepción el rey Fernando y el príncipe Juan acompañaron a Colón a la posada donde pernoctó aquellos días en Barcelona. El rey lo hizo cabalgar a su lado, privilegio hasta entonces reservado a la sangre real. Durante aquellos días varios indios fueron bautizados en la Catedral. Colón, como gesto de agradecimiento a la ciudad, fundió parte del oro y mandó hacer un cáliz. Este fue entregado a la Catedral, conservándose hasta principios del siglo XIX.
Colón fue invitado a comer por el Gran Cardenal de España Pedro González de Mendoza. Este era un gran privilegio, pues se decía que era el tercer rey de España. El cardenal, según las crónicas, «le llevó un día saliendo del Palacio a comer consigo, y sentole a la mesa en el lugar más prominente y más propincuo a sí, e mandó que le sirviesen el manjar cubierto e le hicieren salva; y aquella fue la primera vez que al dicho Almirante se le hizo salva, y le sirvieron cubierto como a señor, y desde allí adelante se sirvió con la solemnidad y fausto que requería su signo título de almirante». Siguiendo los consejos reales Colón abandonó Barcelona el 28 de mayo de 1493. De allí viajó a Tortosa Villareal, Valencia, Játiva, Andújar y Córdoba. Llego a Sevilla el 20 de junio de 1493 y empezó a preparar el segundo viaje a las Indias Occidentales.