Doctora Carla Casadevall, finalista del Premio Princesa de Girona Investigación 2026Institut Català d'Investigació Química

Carla Casadevall, la científica catalana que se inspira en la fotosíntesis para crear tecnologías más eficientes

La finalista del premio Princesa de Girona de Investigación 2026 apuesta por la lucha hacia la independencia energética

Carla Casadevall, química formada en la Universitat de Girona y hoy investigadora Ramón y Cajal y líder de grupo en la Universitat Rovira i Virgili y el Institut Català d’Investigació Química (ICIQ), se ha consolidado como una de las voces emergentes más relevantes en química sostenible y conversión de energía. Finalista del Premio Princesa de Girona de Investigación, su trabajo se centra en imitar la fotosíntesis para transformar luz solar, agua y CO₂ en combustibles y productos químicos que puedan ayudar a descarbonizar la industria y cerrar el ciclo del carbono. Hoy cuenta a El Debate cuáles son sus próximos objetivos por lo que a la investigación respecta y qué retos presenta el campo de la ciencia en España.

-¿Qué supone para ti ser finalista del Premio Princesa de Girona de Investigación, en lo personal y en lo profesional?

- En lo personal es un reconocimiento y una recompensa a muchos años de esfuerzo y sacrificio, tanto míos como de mi grupo de investigación. La carrera científica es muy exigente: implica pasar largos periodos fuera de tu país y salir constantemente de la zona de confort para poder, algún día, optar a crear un grupo independiente.

En lo profesional es un altavoz que nos da visibilidad y nos permite llegar a los medios y a la sociedad. Presentar el proyecto ante un jurado de científicos de alto nivel también abre puertas, porque probablemente nos los encontraremos de nuevo en otros premios, proyectos o procesos de evaluación.

- Te fuiste a hacer el postdoctorado a Cambridge pensando que no volverías. ¿Por qué cambiaste de opinión y volviste a liderar aquí tu grupo?

- Cuando me marché, mi prioridad era tener un grupo propio y veía muy difícil lograrlo en España por la falta de financiación y la enorme competencia por los pocos recursos disponibles. La pandemia de la Covid me cogió sola en el Reino Unido, sin poder regresar durante más de un año mientras mi familia estaba enferma, y esa situación me hizo replantearme muchas cosas y pensar que quizá volver no era tan mala idea.

Cuando hacia el final del postdoctorado empecé a solicitar proyectos en Suiza y en España. Aunque llegué a la última entrevista en Suiza, aquel proyecto no me lo concedieron. En cambio, en España obtuve la beca de la Fundación «la Caixa» para iniciar mi grupo y el contrato Ramón y Cajal, el programa más prestigioso para volver como investigadora principal, y eso hizo posible el retorno. Hoy estoy muy contenta de haber vuelto, porque si queremos cambiar el sistema científico y lograr más financiación para la investigación, tenemos que hacerlo desde dentro.

- ¿En qué se centra tu investigación y qué problema intenta resolver?

- Nuestro objetivo principal es facilitar el acceso a una energía limpia y sostenible en un contexto en el que alrededor del 80% de la energía que consumimos sigue procediendo de combustibles fósiles. Estos combustibles son finitos y, al quemarlos, liberamos grandes cantidades de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero que alimentan el calentamiento global y la crisis climática.

Nos inspiramos en la fotosíntesis: las plantas convierten la luz solar en glucosa utilizando agua y CO₂, de modo que almacenan energía y, al mismo tiempo, reutilizan ese dióxido de carbono. En el laboratorio reproducimos este proceso de manera completamente artificial para transformar agua y CO₂ en combustibles y en materias primas químicas, aprovechando una fuente de energía abundante, limpia y renovable como es el sol.

- ¿Qué tipo de productos podéis obtener con estos procesos?

- Por ahora no producimos glucosa, aunque sería muy interesante, porque demostraría que podemos llegar a compuestos orgánicos complejos, incluso alimentos a partir de CO₂. Nos centramos sobre todo en combustibles como el metanol, que puede emplearse en aviación, y en moléculas como el metano o el monóxido de carbono, muy utilizadas para fabricar polímeros y otros materiales y productos químicos que hoy se obtienen a partir del petróleo o mediante procesos muy intensivos en energía fósil.

Esta tecnología es complementaria a la fotovoltaica: los paneles solares convierten la luz en electricidad, pero no en productos que puedan almacenarse y transportarse. Nosotros buscamos transformar directamente la energía solar en moléculas —combustibles, materiales, polímeros o incluso fármacos— que encajen en una economía circular y contribuyan a la descarbonización industrial.

- Has logrado una ERC Starting Grant, una Beca Leonardo y otros reconocimientos. ¿Cómo valoras el apoyo institucional a la investigación científica en España?

- Aunque mi grupo puede considerarse muy bien financiado en el contexto europeo, en general hay poco dinero para investigación. Sin financiación competitiva no podemos atraer talento ni disponer de la infraestructura y el equipamiento necesarios para desarrollar sistemas cada vez mejores.

En los últimos años sí se han creado más oportunidades para que jóvenes investigadores puedan iniciar su propio grupo, algo muy positivo porque a través de estos jóvenes se introducen ideas nuevas y disruptivas. Pero sigue haciendo falta una apuesta mucho más decidida por la ciencia, al nivel de la que se hace en educación o sanidad, si queremos afrontar retos como la transición energética, la descarbonización industrial o la resistencia a los antibióticos.

- Tu trabajo busca cerrar el ciclo del carbono y acelerar la economía circular. ¿Qué papel tiene el sector empresarial en ese camino?

- Para que las soluciones que desarrollamos en el laboratorio lleguen a la industria, es fundamental que la colaboración con las empresas exista desde el inicio de los proyectos. Ahora hay un interés creciente por la transferencia de tecnología y, de hecho, en muchas convocatorias ya se nos exige un plan de transferencia, pero para que esa colaboración sea real también se necesita más financiación específica.

En mi caso, formo parte del consejo asesor de Treellum Technologies, una empresa con la que desarrollamos reactores de fotocatálisis para aumentar la eficiencia de los sistemas y disponer de prototipos industriales. Algunas compañías ya utilizan estos reactores y han podido acelerar de forma notable el descubrimiento de nuevos principios activos farmacéuticos, lo que demuestra que la transferencia es posible cuando hay recursos y diálogo entre ciencia e industria.

- Has sido señalada como referente en plataformas de impulso a científicas e innovadoras. ¿Qué les dirías a las jóvenes que se plantean una carrera en ciencia?

- Les diría que no se detengan. La carrera científica no es un esprint de cien metros, es una maratón que exige paciencia, perseverancia y mucha resiliencia. Hay etapas muy buenas, pero también momentos en los que los proyectos no salen, las becas no llegan o las estancias en el extranjero se complican, y es entonces cuando una se pregunta si quiere seguir en este camino.

Si la respuesta es que sí, y existe vocación y pasión por investigar, merece la pena continuar. Hacer ciencia de alto nivel no es un trabajo de ocho horas, es un estilo de vida que implica también a la familia, como le ocurre a un atleta olímpico que entrena casi cada día. Pero compensa, porque necesitamos formar a los científicos del futuro que encontrarán soluciones a los retos que todavía no conocemos y la ciencia es la herramienta que tenemos para entender mejor el mundo y mejorarlo.