El desprecio del ministro Albares a los valencianos
Anclado en la obsesión de su jefe de dar salida a las exigencias del prófugo Puigdemont, defendió con vehemencia el reconocimiento de la oficialidad en la Unión Europea del catalán, vascuence y gallego sean idiomas oficiales de la Unión Europea
Escuché atentamente la entrevista de Alsina con el «aún» ministro Albares.
Me vino a la mente - siempre me ocurre cuando aparece en los medios ese señor - la caricatura del «repelente niño Vicente» creada por Azcona, allá por los años cincuenta, en la revista «La Codorniz» y que arraigó definitivamente en la sociedad española.
«El repelente» es la parodia del niño que lo sabe todo, el listillo que todo lo explica con voz aflautada e insoportable pedantería. Vicente, siempre pulcramente vestido y repeinado, engreído y sabelotodo, está dotado de una verborrea rebuscada y redicha para dar lecciones al primero que se le presente por delante, aunque no las haya pedido. Un personajillo que siempre era el primero en levantar la mano, pasando por encima de sus compañeros, para mostrar su sabiduría al profesor y congraciarse con él intentando sacar, de paso, todo el rendimiento posible para alcanzar un futuro que preveía excelso.
Bien, pues su reencarnación se llama José Manuel Albares y nos ha tocado en suerte a los españoles como ministro de Asuntos Exteriores.
Lo engolado y hasta cursi de sus formas y actitudes no le impiden que sea considerado, generalmente, como el peor diplomático y ministro de Exteriores de la democracia española. Su gestión ministerial ha propiciado el descrédito de España en el concierto de las naciones occidentales.
Albares responde servilmente, sin cuestionar nada, a los deseos y desvaríos de su jefe, es más los almibara y dota de insipidez en su discurso.
Dedicado prioritariamente, según reiteradas declaraciones propias, a la implantación de la lengua catalana, en la Unión Europea -como si no hubieran problemas de mucha mayor gravedad – llega a un acuerdo con el Reino Unido sobre Gibraltar, que es considerado por importantes diplomáticos como «una capitulación histórica para los intereses españoles renunciando a la soberanía de España sobre el Peñón (García Margallo)», o nos sitúa en la deriva diplomática de los acuerdos y desacuerdos tomados con Marruecos y Argelia.
No duda en cesar al embajador Alberto Antón por dormirse en un docto discurso suyo, actitud propia del «repelente» dotado de poder. Ningunea a la Junta de la Carrera Diplomática cuando le piden el cese de nombramientos a dedo de los puestos que son propios de la diplomacia y que han crecido exponencialmente desde que ejerce la dirección de Exteriores, habiendo llegado a crear «una situación en el Ministerio, de miedo que se manifiesta en la Ley del Silencio y el apartamiento de profesionales cualificados» (CSIF). La imagen de su mentor en la cumbre de la OTAN distanciándose de sus colegas europeos, constituye el ejemplo más claro y ridículo de la diplomacia española desde que Zapatero se quedó sentado ante el desfile de la bandera americana.
Pese a conocer su trayectoria, he de reconocer que lo que me sobresaltó y llenó de indignación de la entrevista con Alsina, fue el desprecio hacia los valencianos que evidenció en tres ocasiones a lo largo de la misma.
Anclado en la obsesión de su jefe de dar salida a las exigencias del prófugo catalán, defendió con vehemencia el reconocimiento de la oficialidad en la Unión Europea del catalán, vascuence y gallego sean idiomas oficiales de la Unión Europea, ni rastro del valenciano.
Estamos ante un error de bulto movido por intereses mezquinos. El Sr. Ministro sabe bien que, en el marco de la UE, los idiomas reconocidos son los oficiales de los países que conforman la Unión. Son ya veinticuatro las lenguas nacionales. También debe saber nuestro ínclito representante, que el idioma oficial de España, de acuerdo con la Constitución, es uno: el Español y por tanto es el que nos representa y nos iguala a todos sin excepción y que existen, además, en los diferentes países otros idiomas cooficiales que deben ser cuidados y respetados en su propio marco competencial. Entre ellos están los tres españoles que mencionó.
Y olvidó – voluntariamente – que el valenciano es idioma cooficial de España, pues así consta en el Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana. Es junto al español, nuestro idioma y por lo tanto forma parte de nosotros mismos. Al valenciano le respetamos y favorecemos porque constituye una de las mayores riquezas que poseemos y de la que hacemos partícipe a nuestra nación en reconocimiento de su unidad en la diversidad.
Estamos soportando a un ministro desleal con los valencianos, servil al catalanismo porque lo necesita para mantener a su jefe y a él mismo en el poder. A ese fin, no duda en olvidar voluntaria e interesadamente, en público, la Constitución y nuestro Estatuto de Autonomía.
Y todo ello tiene lugar en una Comunidad castigada de forma inmisericorde por el gobierno central, infrafinanciada y maltratada por la falta de infraestructuras y ayudas imprescindibles para que los afectados por la catástrofe de la Dana puedan sacar la cabeza. Un gobierno de España que elabora, vergonzosamente, un relato que culpabiliza al gobierno autonómico para eludir sus responsabilidades del Estado, evidentes a todas luces.
Su jefe, el presidente del Gobierno, no tuvo el valor de atender a los afectados que le increpaban en Paiporta, algo comprensible. El miedo le hizo huir de la escena. Algo que jamás nos perdonará y para eso usa a su relamido escudero que aprovecha su presencia ante las cámaras para no hacer aprecio de nuestra cultura, lengua y singularidad cultural, conciliándose con el fugado Carles Puigdemont y colaborando en la formación de los denominados «Països Catalans» que encuentran, y siempre encontrarán, en nosotros los valencianos un foco de resistencia que nunca podrán derribar.
Señor Albares, usted y Pedro Sánchez han hecho público su desprecio hacia nosotros, algo que juzgamos imperdonable, pero sepan que nos mantenemos firmes en nuestra posición, erguidos, esperando ese día que pronto llegará, no lo dude, en el que ambos ministro y presidente desaparezcan de la escena política. Lo celebraremos juntos y alegres por ser valencianos y por pertenecer a España, este gran país que ustedes están intentando romper.
Se acaba el colegio. El repelente niño Vicente ya no podrá levantar la mano, ni tendrá a quien dirigirse.
*Fernando Mut es presidente de Sociedad Civil Valenciana