Imagen de la llegada al castillo de Guadalest, Alicante
Este es el pueblo con más museos por habitante de España: está situado en un acantilado y tiene dos castillos
Esta particularidad lo convierte en un destino cultural de primer orden y que sorprende incluso a muchos alicantinos, que desconocen este dato pese a la cercanía
La Comunidad Valenciana se ha consolidado como uno de los destinos turísticos más atractivos de España. Su riqueza no se limita únicamente al litoral mediterráneo, con playas de renombre internacional y calas escondidas que cada verano reciben a miles de visitantes. El interior de la región, marcado por sierras, valles y pueblos de origen medieval, ofrece un contraste que sorprende a quienes buscan algo más que sol y mar. Aquí abundan los rincones con encanto, muchos de ellos declarados Bien de Interés Cultural, y no faltan los municipios incluidos en la lista de los más bonitos del país. Cada uno guarda un secreto, una curiosidad que lo convierte en único y que da forma a esa identidad tan particular de la tierra valenciana.
Uno de esos lugares especiales es Guadalest, en el corazón de la Marina Baja alicantina. Su nombre suele asociarse de inmediato al castillo que corona la montaña y a sus calles empedradas, que conservan el aire de las aldeas medievales. Sin embargo, el municipio esconde otro motivo de fama: ostenta el récord de ser el pueblo de España con más museos por habitante. Una particularidad que lo convierte en un destino cultural de primer orden y que sorprende incluso a muchos alicantinos, que desconocen este dato pese a la cercanía.
Visitar Guadalest es emprender un viaje en el tiempo. La entrada al casco antiguo se realiza a través de un túnel excavado en la roca, que ya de por sí prepara al viajero para la singularidad de lo que viene después. Una vez dentro, las calles estrechas y empinadas, jalonadas de casas encaladas y balcones adornados con flores, conducen a plazas que parecen sacadas de una postal. La del Ayuntamiento es una de las más llamativas, con un mirador que se abre hacia el valle y el embalse, un lago artificial de aguas turquesas rodeado de montañas cubiertas de vegetación. Pocas plazas mayores en España pueden presumir de unas vistas semejantes.
Imagen del Castillo de Guadalest junto al embalse
Pero además de este marco incomparable, el visitante descubre en cada esquina la presencia de un museo. Y no hablamos de espacios convencionales. En Guadalest hay propuestas para todos los gustos y, sobre todo, para todas las curiosidades. El Museo Etnológico, por ejemplo, está situado en una vivienda del siglo XVIII y recrea la vida rural de la zona: dormitorios sencillos, despensas llenas de útiles agrícolas y un corral que muestra cómo se organizaba la economía doméstica en torno al olivo y al cereal.
Muy distinto es el Museo Histórico Medieval, que exhibe más de setenta instrumentos de tortura utilizados en la Europa de los siglos pasados. El recorrido, repartido en tres plantas, despierta asombro y escalofríos a partes iguales, y resulta uno de los más visitados por quienes quieren asomarse al lado más oscuro de la historia.
La singularidad de Guadalest se aprecia también en museos únicos en el mundo. El de Saleros y Pimenteros es uno de ellos. Solo hay dos instituciones dedicadas a este objeto cotidiano, una en Tennessee (Estados Unidos) y otra aquí, en Alicante. La colección supera las 20.000 piezas, algunas del siglo XVIII, procedentes de los rincones más insospechados del planeta. Un despliegue que transforma lo cotidiano en un espectáculo digno de admirar.
Otro de los grandes atractivos culturales es la microescultura. El municipio cuenta con dos museos dedicados al arte en miniatura: el Museo Microminiaturas y el Museo Microgigante, ambos obra de Manuel Ussá, uno de los mayores especialistas mundiales en esta disciplina. Aquí es posible ver la Estatua de la Libertad dentro del ojo de una aguja, un cuadro de Goya pintado en un grano de arroz, una plaza de toros en la cabeza de un alfiler, una pulga vestida montada en bicicleta o incluso la Biblia escrita en un cabello humano. Piezas que desafían la lógica y que hacen que el visitante se acerque a los expositores con lupa para comprobar que lo imposible es real.
Más lúdico y entrañable resulta el Museo Belén y Casitas de Muñecas, una obra del artista Antonio Marco en la que se combinan un belén ecológico, juguetes antiguos y miniaturas. Y para los amantes de la automoción, el Museo Colección de Vehículos Históricos reúne 140 motocicletas y microcoches fabricados entre los años veinte y setenta, todos ellos restaurados con mimo.
Imagen del Museo Belén y Casitas de Muñecas en Guadalest, Alicante
Guadalest también ofrece museos de corte más tradicional, pero igualmente sorprendentes. La Casa Orduña, por ejemplo, permite asomarse a la vida de la nobleza local. El edificio, construido en el siglo XVII y perteneciente a la familia Orduña, fue incendiado durante la Guerra de Sucesión y posteriormente reconstruido. Hoy conserva mobiliario, objetos personales y documentos que ilustran la vida de quienes ejercieron de administradores de los marqueses de Guadalest.
La variedad y número de museos no eclipsan el gran símbolo de Guadalest: su castillo. Situado sobre una enorme roca en la parte más alta del pueblo, el Castell de San José remonta sus orígenes al siglo XI, en plena época hispanomusulmana. A lo largo de la historia, fue ocupación militar, pasó a formar parte de la Corona española y acabó en manos de distintas familias nobiliarias, como los Cardona y los Orduña. Ha resistido terremotos, bombardeos y el desgaste del tiempo, pero todavía se alza imponente sobre el valle. Desde 1974 está declarado Conjunto Histórico Artístico y Bien de Interés Cultural.
La subida al castillo es, en sí misma, una experiencia. El camino serpentea entre miradores y callejuelas, se cruza con la iglesia barroca de Nuestra Señora de la Asunción y termina ofreciendo una de las panorámicas más impresionantes de Alicante: el pantano azul turquesa, las montañas que lo rodean y, en días claros, la línea del mar en el horizonte.
Guadalest es, en definitiva, mucho más que un destino de excursión. Su belleza paisajística y patrimonial lo sitúan entre los pueblos más visitados de la Comunidad Valenciana, pero su gran particularidad reside en esa red de museos que ningún otro municipio de España puede igualar. Una visita al pueblo se convierte en un recorrido por la historia, la tradición, el arte y la curiosidad, todo concentrado en apenas unas calles. Y, cuando el día termina, nada supera la experiencia de contemplar el atardecer desde el castillo, con el valle teñido de tonos dorados y el silencio roto solo por el viento. Ese instante resume a la perfección lo que significa Guadalest: un lugar único donde lo extraordinario se ha convertido en rutina.