Fernando de Rosa

¿Qué le pasa a la izquierda valenciana?

El sanchismo está impregnando el comportamiento de muchos socialistas, sobre todo en utilizar el insulto, la utilización inadecuada de dinero público, la negación de la realidad y el acoso como la manera de actuar y hacer política

Winston Churchill afirmó hace más de 90 años que «un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema». Nunca una frase ha definido tan acertadamente la situación de la izquierda valenciana. La izquierda en la Comunidad Valenciana no puede cambiar de opinión porque está anclada al sanchismo gobernante y no quiere cambiar de tema ya que piensa que su única tabla de salvación es hablar de la riada de octubre de 2024 y así pone de manifiesto su decadente fanatismo definido por el magistral político británico en su famosa frase.

Si repasamos las últimas noticias protagonizadas tanto por los políticos del PSPV-PSOE como por los de Compromís, nos damos cuenta de que están en una clara decadencia paralizante tanto de ideas como de conductas. Este declive se pone de manifiesto en el incendio que se está produciendo en cuatro municipios gobernados por los socialistas, y también en la manera de contestar a la llamada del presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, para reunirse y hablar sobre propuestas de impulso para la Comunidad Valenciana.

Los socialistas de Moncada, Almussafes, Silla y Mislata están poniendo de manifiesto el fanatismo descrito en la primera parte de la frase de Churchill, es decir el «fanatismo de no querer cambiar de opinión». La verdad es que el sanchismo está impregnando el comportamiento de muchos socialistas, sobre todo en utilizar el insulto, la utilización inadecuada de dinero público, la negación de la realidad y el acoso como la manera de actuar y hacer política, y cuando se denuncian estas conductas se niegan a cambiar de opinión. Es decir, entran de lleno en el fanatismo.

En Moncada se están multiplicando los escándalos. Así pues, tenemos a un concejal socialista, Martín Pérez, apodado «Karateka», que ha sido denunciado por agredir a vecinos del municipio. Otra concejal socialista, Feliciana Bondía, denunciada por acoso laboral por insultos homófobos a un concejal del Partido Popular y que, además, gastó 5.000 euros por el uso del teléfono móvil municipal durante un viaje personal en Andorra. Una concejal de Compromís que también gastó 500 euros de dinero público en el teléfono móvil en un viaje a Argentina. En todos estos casos, la alcaldesa socialista en vez de asumir responsabilidades siguió el ejemplo sanchista: «No hay que cambiar de opinión», la culpa es del «fascismo reaccionario».

En Almussafes, el escándalo sobre presunto acoso sexual y laboral del que se acusa al alcalde, Toni González, tiene un matiz distinto, ya que se ha convertido en un caso más de la guerra interna por el poder en el Partido Socialista valenciano. Diana Morant expulsa a Toni González en una acción pretendidamente ejemplarizadora, cuando ha estado callada en otros casos de acoso sexual como el de su amigo Paco Salazar.

Algunos se pueden preguntar si esta expulsión del alcalde de Almussafes se debe a un cambio de opinión de Diana Morant en la lucha contra el acoso sexual y laboral que se prodiga en su partido, pero escuchando al propio alcalde y conociendo las maniobras posteriores en el seno del Partido Socialista, podemos concluir que no hay cambio de opinión. Simplemente es un acto de «fanatismo» por controlar el poder y desestabilizar a la corriente interna de oposición a su débil liderazgo. Indudablemente, no hay cambio de opinión, sino fanática supervivencia.

En Silla, tenemos al portavoz socialista, Iván Cuenca, que se ha dedicado a proferir insultos y expresiones ofensivas de carácter homófobo a través de las redes sociales contra cargos públicos del Partido Popular y ciudadanos particulares y, al ser denunciado, no ha pedido perdón, sino que ha optado por seguir el manual de resistencia sanchista, es decir, contestar de forma fanática y no cambiar de opinión, limitándose a decir que es una «persona pasional» y «de sangre caliente». No rectifica ni le hacen rectificar. Este escándalo se une al que ha protagonizado el alcalde de esta localidad, Vicente Zaragozá, sobre presunta utilización de la Policía para amedrentar a una afiliada del Partido Popular.

En Mislata, el alcalde, Carlos Fernández Bielsa, también tiene problemas, puesto que ha sido acusado por los familiares de una de las niñas fallecidas el 4 de enero de 2022 cuando una ráfaga de viento se llevó un castillo hinchable produciendo la muerte de dos menores de 4 y 8 años. Una familia le acusa de «inhumano y mentiroso», ya que el alcalde y líder provincial socialista solo les ha enviado el pésame por carta y nunca ha contactado con ellos a pesar de que Bielsa afirmó que «hablé mucho con los padres hasta que dejaron de cogerme el teléfono». Una muestra más de «fanatismo político», no cambiar de opinión y despreciar a las víctimas.

Por último, también la izquierda valenciana cumple el modelo de fanatismo descrito por Churchill en la frase referida cuando ha puesto condiciones al presidente Pérez Llorca para acudir a una reunión. Los socialistas exigen que vaya Diana Morant y los de Compromís que se le quite el escaño a Mazón. Así, en vez de negociar el contenido de la conversación, ponen obstáculos a que se realice la misma porque «un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema». Así, tanto Morant como a Baldoví no les importa hablar de los problemas de los valencianos, sino en exprimir el relato de la riada de octubre de 2024.

¿Qué le pasa a la izquierda valenciana? Pues le pasa que tiene un exceso de fanatismo y un déficit de liderazgo y compromiso social.

· Fernando de Rosa es diputado del PP en el Congreso