De alguna parte, de todas
Las lágrimas estallan al acordarse de la familia. No es la tierra, no es el lugar. Son los padres, los hermanos, los abuelos que se abandonaron para ir a otra parte
En la calle Castilla 68 del sevillano barrio de Triana, hogar de grandes artistas y cuna del flamenco, hay un trocito de Valencia.
La Casa Regional Valenciana en Sevilla, que tiene la denominación de Asociación cultural valenciana Virgen de los Desamparados, lleva 25 años siendo la casa de todos los valencianos en la capital hispalense, aunque realmente los valencianos llevamos mucho más tiempo allí. Así lo atestigua la centenaria Cofradía de la Virgen de los Desamparados de Sevilla, cuya talla resguardada en la Parroquia de San Vicente Mártir y no por casualidad: data del Siglo XIX y fue llevada allí por un valenciano.
He visto a sevillanos de raíces valencianas llorar de emoción ante la Mare de Déu dels Desamparats en Valencia como Patricia Giménez, junto a la valenciana y maña presidenta de la Casa de Valencia en Zaragoza, Clara Perales; las maravillosas Elvirín y Encarnín de París; o el presidente de la Casa de Valencia en San Juan Argentina, Joaquín; o el de Córdoba, Lucas, emocionado junto a su mujer y su hija un 18 de marzo en Valencia.
No había entendido jamás la importancia de lo que significaba ser de alguna parte hasta que vi las lágrimas en el rostro de Marieta o de Jaime, las mismas que cayeron en el rostro del presidente del Centro Gallego O Auturuxo en el Teatro del Raval de Castellón al escuchar un fado en las cuerdas vocales de María Do Zeo. O las mismas que he visto cientos y cientos de veces en el Rocío de Paterna, o en el Centro Aragonés de la valenciana calle Don Juan de Austria 20 al escuchar la voz del jotero en el día de la Virgen del Pilar.
Las lágrimas estallan al acordarse de la familia. No es la tierra, no es el lugar. Son los padres, los hermanos, los abuelos que se abandonaron para ir a otra parte y la búsqueda de esos recuerdos compartidos que hacen saltar la chispa que eriza la piel y que le hace sentirse a uno orgulloso porque tiene una patria que reclamar y un lugar del que sentirse parte. Una cultura y unas tradiciones propias que lo son para siempre, porque somos, somos de algo, somos de alguna parte.
Esas son las Casas Regionales, eso es el hecho regional, ¿Cómo podrían haber sobrevivido los españoles en el largo exilio americano sin sus casas?, ¿Cómo podrían haber aguantado los valencianos que huyeron de las estrecheces y la falta de oportunidades a Francia sin la Casa de Valencia en París fundada por Amadeo Granell hace ahora 75 años?
Las Casas han mantenido juntas a familias y generaciones durante años, les han servido para integrarse en la sociedad de acogida, bajo la premisa de que no eran cualquier tipo de inmigrantes, eran aquellos valencianos que tenían tanto orgullo de reivindicar sus fiestas, tradiciones y artesanía porque tenían algo que aportar a esa nueva sociedad, su cultura, su lengua y su forma de ser.
Las Casas han cumplido su labor. Son y serán el auxilio de todo español fuera de su casa, de la casa de sus padres, de su tierra. Desde luego lo han sido en Venezuela, donde la hermandad gallega ha dado cobijo, comida, protección y asistencia sanitaria a españoles y descendientes de españoles en tan difíciles circunstancias.
Por eso debemos de hacer lo posible porque persistan, porque la herramienta continue, porque la conozcan las futuras generaciones, y las que vendrán después de ellos. Es una obligación moral, la obligación de salvaguardar todo aquello bueno que tenemos, ante unos tiempos que se prevén siempre más duros que los que hemos vivido antes.
Por eso propongo que la protección de las Casas Regionales tenga un respaldo legal que ha de darle el Congreso de los Diputados, que los poderes públicos tengan obligación vía ley nacional de conservarlas, de ayudarles desde las embajadas y los consulados sí o sí. De protegerlas desde las comunidades autónomas, de darle el papel que merecen desde el poder local, sea quien sea quien gobierne, porque el hecho regional no es un trapo viejo que desechar: es la historia de un proyecto que salió bien y que puede replicarse para seguir integrando a miles de ciudadanos en nuestra sociedad, por ejemplo a través de las Casas Nacionales y de la reivindicación de las fiestas y tradiciones nacionales, o en un plano más hispano, a través de las Fiestas de la Hispanidad como ya hacemos Madrid y la Comunidad Valenciana.
Comía el otro día en los Salones Viher, los míticos salones de Albal donde tantas cosas han sucedido. Comía en la comida de despedida de la Reina de Andalucía, Carla Picazo, porque Andalucía tiene reina, una aldayense que igual viste un traje de flamenca que defiende un vestido de labradora valenciana en su Falla. Y vi vida, vi mucha vida. Como la veo cada vez que voy a una de sus demostraciones de folclore andaluz, con las niñas bailando con peinetas y los niños luciendo orgullosos sus sombreros de ala ancha. No vi un salón lleno de viejas ideas y necesidades superadas. Vi a los futuros portadores de la Virgen del Rocío y a las futuras reinas de Andalucía. Vi al pasado dándole un abrazo al presente para seguir construyendo el futuro.
· José Salvador Tárrega Cervera es abogado, vecino de Penyaroja y Caballero del Centenar de la Ploma de Valencia