Una vez enterada la jueza de la dana, Nuria Ruiz Tobarra, de que su petición de imputar a Carlos Mazón había sido rechazada por unanimidad de los cinco magistrados del TSJCV, acordó citarlo para que declare como testigo. Una decisión arriesgada que ella habrá valorado. O no. Pero a mí me ha recordado el acto más conocido de la Semana Santa de Tobarra, su tamborada, que fue considerada en 2018 por la Unesco «Patrimonio Inmaterial de la Humanidad».

Desde las cuatro de la tarde del Miércoles Santo, que este año cae el 1 de abril, hasta las doce de la noche del Domingo de Resurrección serán 104 horas en las que sus vecinos harán sonar tambores y bombos de modo ininterrumpido. Empeño de unos hasta despellejarse las manos. Empeño de la magistrada que a falta de haber encontrado respaldo a su petición imputación, decide que el expresidente tenga que comparecer ante ella después de hacer el paseíllo abriéndose paso entre cámaras y micrófonos que lo asediarán, en lo que será otro tipo de tamborada.

Y sí, se escuchará mucho ruido, tanto como mucha será la frustración para las víctimas por haber errado el objetivo puesto en el punto de mira.

¿No hay nadie más a los que preguntar, señoría?

Pues parece ser que no. Al menos, de momento. Ya se verá, frustrado el objetivo de cazar a Mazón, por donde quiere Nuria Ruiz seguir dirigiendo su instrucción. Llama la atención –o no tanto a la vista de las concomitancias cada vez más evidentes– que ni Teresa Ribera, ni Fernando Grande Marlasca, por citar dos responsables ministeriales que tanto deberían responder, no hayan sido llamados a declarar, al menos como testigos. Ambos y otros más más tendrían mucho que decir acerca de las obras que ya tenían que estar hechas cuando se desbordaron las aguas el 29 de octubre de 2024. Obras que habrían evitado la mayoría de las muertes.

El envío tarde y mal del Es-alert fue la última torpeza de una cadena de sinrazones por parte de quienes han tenido responsabilidades ejecutivas en Madrid y Valencia pero que, de momento, no parece que sea el objetivo de la jueza ni de las acusaciones particulares.

Las cofrades de Sagunt y las festeras de Ontinyent

La decisión de una mayoría de los miembros de la Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo de Sagunto, votando en contra de la aceptación de las mujeres como cofrades, suena a lo que es, una trasnochada discriminación como la copa de un capirote.

Olvídense las mujeres que han vuelto a ver cerradas las puertas de ir a la prensa de quienes dicen que van a apoyarlas. Mejor recurran a la Justicia. Hagan como las mujeres de Ontinyent que en 1989 estaban en contra de la explícita prohibición de ser festeras (moras o cristianas) anunciaron, a modo de advertencia, de su propósito de recurrir a los tribunales. Y, por cierto, para ello contaron con el asesoramiento de la abogacía de la Generalitat. El entonces presidente de la Sociedad de Fiestas de Moros y Cristianos, Emilio Reig, promovió una modificación de los estatutos y doblegó la tozuda oposición carpetovetónica de quienes sólo querían ver a la mujer formando parte del boato de los principales cargos de las Fiestas.

«Antes pasarán por encima de mi cadáver…»

La reacción machirula de unos pocos festeros que decían que «antes pasarán por encima de mi cadáver que las mujeres salgan a las fiestas» se quedó en poco tiempo en exabrupto modalidad flatus vocis. Nadie pasó por encima de ningún cadáver porque los que se oponían se echaron a un lado para que nadie los pisase, ni a sus cadáver ni siquiera a sus chilabas. Recuerden las disgustadas cofrades saguntinas a sus antepasados, que en el año 219 a. C. decidieron resistir el asedio de las tropas cartagineses mandadas por Aníbal Barca.

El heroísmo de aquellos, ahora cabezonería de sus paisanos, no fue suficiente y terminaron capitulando. Lo mismo que les ocurrirá a los que siguen empecinados en no permitir el acceso a las mujeres. Y sean éstas las primeras en rechazar las amenazantes advertencias gubernamentales de castigar a su Semana Santa con retirarle el título de Fiesta de Interés Turístico Nacional”.

¿Una muerte es una buena noticia?

La respuesta es «sí» para cuantos con responsabilidades públicas en Cataluña prefirieron ese final antes que darle a Noelia Castillo las ayudas, terapias y apoyos que le hubiesen permitido superar -o al menos intentarlo- las violaciones sufridas, dolencias, traumas y depresiones.

Como una «buena noticia» fue calificado por alguien que así lo declaró en el informativo de las seis de la tarde de À Punt Radio. Sentí un estremecimiento al escuchar algo así. Siguieron dándose muchas más muestras de complacencia en editoriales y declaraciones en otros medios, por haberse logrado la eutanasia por primera vez en un caso por depresión, que no está contemplado. No importa, hecha la ley, la trampa.

Y me acordé de Excalibur

Sí, aquel perro de una enfermera, Teresa Romero, que se contagió del ébola en 2014 cuando atendía a un religioso español que había contraído la enfermedad en Liberia. La decisión de las autoridades sanitarias de que se sacrificase a Excalibur levantó una oleada de solidaridad canina como nunca se había conocido en España, pero que ya anticipada la pulsión animalista que ha ido creciendo de modo exponencial en España, siendo cada vez más las parejas que prefieren tener mascotas que hijos.

¿Cuántos y cuántas de los que entonces se manifestaron para que el gobierno -¡ah, que estaba presidido por Mariano Rajoy!- no asesinase, tal como se llegó a decir, a Excalibur, sintieron que debían manifestarse a favor de la salvar la vida de Natalia y proporcionarle las ayudas para que se volviese atrás de su decisión de recurrir a la eutanasia?

¿No será Diana la nueva «delicà» de Gandia?

Una leyenda de lo más urbana y bien conocida en La Safor, da cuenta de que una joven que pasaba junto a la Colegiata murió a consecuencia de caerle en su cabeza el pétalo de una flor de jazmín. Para que lo de la «delicà» no quedase en burda exageración, se daba por más cierto que su muerte fue consecuencia del impacto de un adorno floral en piedra desprendido de la fechada. Si alguien en Gandia hablase de la «delicada» dándosela de culto conocedor de «la nostra llengua», el calificativo de «coent» sería el más suave que le dedicarían.

De Gandía procede la ministra secretaria general del PSPV-PSOE, Diana Morant, que de tanto en tanto pretende alumbrarnos con sus conocimientos filológicos, siendo más cierto que lo que consigue es deslumbrarnos. Su última aportación al terreno lingüístico ha sido hablar de la «cremada», mucho más fino que lo de cremà, que es apocope popular, que por eso mismo goza de gran aceptación excepto para alguna delicà. Perdón, delicada.