Lo que le puede pasar a la derecha ya lo predijo George R.R. Martin en Juego de Tronos. El ejército de Stannis Baratheon estaba diezmado tras la hoguera a lo bonzo de la batalla de Aguasnegras. Sus barcos fueron pasto de los tiburones llameantes del fuego valyrio. Lo que iba a ser una conquista fácil se saldó con el principio del fin de sus aspiraciones al trono. Salió derrotado, pero su ejército seguía siendo numeroso; además, tenía aparentemente la gracia del Señor de la Luz y de la Mujer Roja. ¿Qué podía salir mal? Erró en lo que nos equivocamos todos: en dejarse llevar por su orgullo. Cuando estaba decidido a recuperar el Norte y atacar a los despiadados de la Casa Bolton, en lugar de esperar a que su aliado Jon Nieve aunara fuerzas con los rebeldes más allá del Muro, le envenenó la ansiedad y no aguardó a que se consumara la alianza. Su batalla contra los Bolton fue una escabechina, el llanto y el rechinar de dientes; unos dientes que ya no podían rechinar porque estaban todos muertos. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?

El problema de la derecha es que tiene muchas almas y el PP dejó que los curanderos se las robaran. Tras haber vendido su espíritu vaciando de contenido ideológico el partido, se abrió la caja de Pandora dejando escapar la vanidad que ha obcecado a todos los partidos conservadores. Desde entonces, como cuando en Juego de Tronos murió el rey Robert y todos se creían legitimados para heredar su corona, no ha habido una formación que no se haya rebelado como el monarca de la derecha. El primero fue el príncipe desnudo de Albert Rivera, que si en un principio asumió su papel de escudero, la unción de Aznar le convirtió en un quijote. A partir del alarde de Ciudadanos, le crecieron alas a los demás ángeles que provocaron la caída a los infiernos en el 2023. Si G.K. Chesterton dijo que a cada época la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales, a la derecha la mata un pequeño puñado de oportunistas con complejo de salvapatrias. No hay periodo electoral en el que no surja una nueva formación liberal o conservadora. Que si Abascal, que si Alvise, que si Miriam González… El próximo en hablar de su libro será Iván Espinosa de los Monteros, ya verán. Necesitan al Sancho que atemperó los humos de Alonso Quijano.

La ausencia de ideas en el PP ha provocado que todo el que tenga una ocurrencia se vea legitimado para montar un partido. El despido de los guionistas de cabecera en Génova 13 les hizo tocar las puertas de otros platós y, si no existían, levantaron los suyos propios. La derecha está en un momento en el que todo aquel que crea unas nuevas siglas no lo hace por un sentido de Estado, sino para dar sentido a su vida. No buscan una España mejor, sino mejorar su propia reputación. Tres son multitud. PP y Vox son necesarios —de hecho, están destinados a entenderse—; todos los demás, sobran. Liderar también es saber cuándo debes echarte a un lado o aliarte convenientemente con quien no es de tu familia. El caso es que son primos hermanos. Sigue siendo incomprensible tanto cisma, esa búsqueda de la felicidad partitocrática inalcanzable de hallar el partido perfecto que no existe. La herida empezó a sangrar cuando el debate de las ideas dejó de ser punta de lanza de esas formaciones. Si estás a favor del ecologismo conservador y no hay ningún partido que lo promulgue, haz propuestas y debate con tus colegas en los espacios que hay. Lo próximo será una formación verde de derechas.

Imagen de una bandera valencia datada en 1545EP

Al PP le crecen los enanos, esos pequeños partidos que, al igual que los duendes navideños, pueden destruir el terreno abonado. Iván Redondo escribe en su manual que pocos votos son muchos. Cada papeleta puede decantar la balanza y la división electoral resta fuerzas a las ideas genuinas. Al paso que vamos, lo próximo será que en la Comunidad Valenciana surja un partido conservador regionalista valenciano. La ley electoral aprobada por Francisco Camps, que pone el listón en el 5%, complica la fórmula; sin embargo, basta para que algún druida de las esencias valencianas dé con la pócima para que se cree una nueva solución con la que quemar las naves y llegar al poder. El problema es que el fuego valyrio encenderá la hoguera de las vanidades.