TRIBUNA ABIERTAJosé Manuel Pagán Agulló

Descansar o no ser, esa es la cuestión

Hay una paradoja que define con precisión nuestra sociedad: nunca antes habíamos contado con tantos medios para ahorrar tiempo y, sin embargo, nunca habíamos tenido la sensación de disponer de tan poco

«Ser o no ser, esa es la cuestión», escribía Shakespeare poniendo en boca de Hamlet la gran pregunta de la existencia humana. Quizá nuestra época deba formularla de otro modo: descansar o no ser, esa es la cuestión; no porque el descanso sea una mera necesidad fisiológica, sino porque una cultura incapaz de detenerse acaba olvidando quién es el ser humano.

Cuando el hacer ocupa todo el espacio, el ser termina por desaparecer y, entonces, ya no vivimos, simplemente producimos.

Hay una paradoja que define con precisión nuestra sociedad: nunca antes habíamos contado con tantos medios para ahorrar tiempo y, sin embargo, nunca habíamos tenido la sensación de disponer de tan poco. La tecnología prometía liberarnos del peso de innumerables tareas, pero con frecuencia ha terminado por mantenernos permanentemente disponibles. Hemos conseguido hacer más cosas en menos tiempo, pero hemos olvidado para qué queríamos disponer de ese tiempo.

Vivimos desbordados. Corremos de una tarea a otra con la impresión de que detenernos equivale a perder el tiempo, mientras que la productividad se ha convertido en el nuevo criterio para medir el valor de las personas. Admiramos a quien siempre está ocupado, a quien nunca desconecta, a quien responde inmediatamente, a quien parece capaz de multiplicar indefinidamente su rendimiento. La agenda llena se ha convertido en un símbolo de prestigio y la disponibilidad permanente en una virtud.

En la sociedad del rendimiento en la que vivimos, la mayor esclavitud no es la que nos imponen otros, sino la que aceptamos voluntariamente. Esta es, probablemente, la gran novedad antropológica de nuestro tiempo, ya no hace falta un capataz que nos vigile porque cada uno se ha convertido en el capataz de sí mismo. Hemos interiorizado su lógica y somos nosotros quienes sentimos culpa cuando descansamos; nosotros quienes justificamos cada minuto de nuestra agenda; nosotros quienes experimentamos ansiedad cuando no estamos haciendo nada; nosotros quienes respondemos el correo durante las vacaciones porque creemos que siempre debemos demostrar que somos útiles.

La esclavitud ha dejado de ser una imposición para convertirse en una convicción, donde el hacer desplaza silenciosa y peligrosamente al ser. Por eso, el descanso es mucho más que una necesidad biológica, es un acto de libertad y valentía.

Descansar no consiste simplemente en dejar de trabajar, descansar significa quedarse a solas con uno mismo. Y eso exige valentía, que no siempre poseemos, por eso a muchos les resulta tan difícil descansar.

Existe una hiperactividad que nace del compromiso y de la entrega generosa; pero existe otra, mucho más silenciosa, que es una forma de huida. Hay quienes llenan compulsivamente cada minuto de su agenda porque temen encontrarse con el silencio. Mientras todo se mueve, mientras siempre hay algo urgente que resolver, las grandes preguntas permanecen aplazadas. La hiperactividad puede convertirse así en una sofisticada estrategia para no escuchar la propia conciencia. Quizá sea ésta una de las enfermedades más profundas de nuestra época, no tanto el exceso de trabajo, como la incapacidad para habitar el silencio.

Vivimos rodeados de estímulos. Si esperamos unos minutos, sacamos el teléfono; si caminamos, llevamos auriculares; si terminamos una tarea, buscamos inmediatamente otra. Hemos perdido la capacidad de permanecer sencillamente presentes; no soportamos el vacío porque el vacío nos obliga a escucharnos. Y, sin embargo, ninguna vida verdaderamente humana puede construirse sin interioridad.

Nuestra cultura ha convertido la utilidad en una categoría moral, parece que solo merece existir aquello que genera resultados; incluso el descanso se justifica porque mejora posteriormente la productividad, esto es, descansamos para volver a trabajar mejor. El ocio ha dejado de ser un bien en sí mismo para convertirse en una inversión.

Pero el descanso posee una dignidad mucho más profunda. Descansar significa reconocer nuestros límites, aceptar que el mundo seguirá girando aunque nosotros nos detengamos; comprender que no somos imprescindibles; y que nuestra dignidad no depende de nuestra capacidad de producir.

Esta aceptación de los límites resulta profundamente liberadora y es que la autosuficiencia es una ficción agotadora. El descanso nos recuerda que somos criaturas, no máquinas; personas, no algoritmos; seres llamados a vivir, no únicamente a rendir. Por eso, el descanso constituye hoy una auténtica forma de resistencia cultural.

Resistir no siempre significa enfrentarse públicamente a una ideología; a veces consiste simplemente en negarse a aceptar las reglas de un juego que termina deshumanizando. Descansar es resistirse a la dictadura de la prisa; es negarse a creer que nuestro valor depende de nuestra eficiencia; es recuperar el derecho a dedicar tiempo a aquello que nunca aparecerá en un currículum, pero que sostiene toda una existencia: la familia, la amistad, la lectura, el arte, el silencio, la oración, la contemplación.

Necesitamos reivindicar el descanso no como una concesión al cansancio, sino como una defensa de la condición humana. Descansar no significa abandonar las responsabilidades, sino impedir que las responsabilidades terminen por devorarnos; no significa hacer menos, sino vivir mejor; no significa huir del mundo, sino recuperar la libertad necesaria para habitarlo de un modo más plenamente humano.

Porque existe una diferencia decisiva entre una vida llena y una vida plena. La primera puede estar saturada de actividad; la segunda está orientada por el sentido. Y ese sentido solo se revela cuando tenemos el coraje de detenernos.

Tal vez el verdadero drama de nuestro tiempo no sea el exceso de trabajo, sino la ausencia de preguntas. Corremos tanto que apenas nos preguntamos hacia dónde vamos; hacemos tanto que olvidamos quiénes somos; acumulamos experiencias, responsabilidades y logros, pero corremos el riesgo de perder aquello que da unidad a la existencia. El descanso nos devuelve precisamente esa pregunta originaria: ¿para qué vivo? Solo quien se atreve a formularla puede comenzar a vivir de verdad.

José Manuel Pagán Agulló es rector de la Universidad Católica de Valencia (UCV).