Ya saben ustedes que Diana Morant no es santa de mi devoción. No he visto que haya hecho ningún milagro. Seguro que Feijóo tendrá menos fe. Como cada día bendice a alguien, no sería de extrañar que un servidor fuera afortunado. Qué va, no soy tan relevante. En realidad, como escribió el historiador Garton Ash, no hay tanta gente importante, y los que son importantes son menos de lo que ellos creen. A la candidata del PSOE a la Generalitat Valenciana, por mucho que sea ministra, tampoco la conocen tanto. Ese es precisamente el problema, que se está dando a conocer por el escándalo y no por el espectáculo. Como una santidad sin esperanza, Morant se apareció desde el Gobierno sin un Espíritu Santo que hiciera entender sus mensajes.

El destino y el cambio climático le pueden brindar una oportunidad de calmar la tormenta electoral en la que se ha encapsulado. Suenan truenos de guerra partidista. Cada vez cobra más fuerza la idea de que Pedro Sánchez va a adelantar las elecciones generales. Ese impulso testosterónico de marcar territorio puede estar obligando a Juanfran Pérez Llorca a que su subconsciente maquine otra defensa a ultranza de su fortaleza en forma de repliegue electoral. Sin embargo, desde Génova no lo tienen muy claro; más allá de algunas diferencias latentes, no garantizan el éxito de la misión. Las tendencias demoscópicas benefician a la derecha, hasta el electorado más progresista se está empezando a cansar del Gobierno y su etapa ya caduca. Sobre el papel, sería beneficioso que el presidente de la Generalitat diera un paso estratégico convocando elecciones; enfrente tiene una candidata a rebufo del oportunismo de su torpe ingenio.

Como siempre, el problema es que, como dijo Arturo Pérez-Reverte, Pedro Sánchez es un maestro de la artesanía política. El alfarero profesional es capaz de crear una genialidad con una pieza que parecía rota. Al presidente del Gobierno se le está poniendo sombra de jarrón chino. Sin embargo, con lo ocurrido en Ceuta con la invasión migratoria, puede ganar la partida, conquistar la narrativa. A Sánchez le encantan los relatos, tanto que en plena crisis estaba recomendando libros y canciones. Sabía que el peligro que auspiciaron desde la derecha no era tal, sino una oportunidad para el PSOE. El Ejecutivo estaba al tanto de lo que iba a ocurrir. No es casualidad que justo en la semana en la que han indultado a condenados por corrupción, una desbandada marroquí aterrorice a los ceutíes. Es todo puro cálculo electoral. Las calles se han manifestado por lo de Ceuta y no por los indultos. Los socialistas saben que el electorado moderado y progresista no le iba a perdonar una violación de la igualdad entre todos los españoles con las indulgencias. En cambio, con el estallido de la bomba africanista, el votante progresista que quizá haría ascos a votar al PSOE por sus maquiavélicos ajustes de nuestro sistema, votará a Sánchez como garante de la solidaridad y la humanización de la inmigración en contraste con la aparente instrumentalización de la derecha.

Si bien es cierto que en otro tiempo un adelanto electoral podría beneficiar a Juanfran Pérez Llorca, ahora ese solapamiento de las autonómicas con las generales le perjudicará. No es lo mismo enfrentarse contra Diana Morant que hacerlo también contra Pedro Sánchez cuando acaba de activar la maquinaria del relato cosmopolita. Desde Génova saben que el actual presidente de la Generalitat no tendrá problemas en doblegar en solitario a la ministra de Ciencia. Al contrario, juntar las papeletas nacional y regional supondrá dejar el cartucho de la escopeta en una sola bala que quizá no les alcance para dar en la diana de la Generalitat y del Gobierno de España. En este momento, un adelanto electoral en la Comunidad Valenciana solo beneficiaría a la ministra, que pasaría de practicar santería barata haciendo vudú a sus contrincantes a tener el auxilio del esoterismo de amarre de la Moncloa.