La tasa turística es para tener trenes modernos
¿Para qué quiere Compromís más impuestos si no justifican las imposiciones que ya tenemos?
Tenga usted cuidado si le dice a una chica que está «como un tren». Además de incurrir en un recurso heterobásico, hoy equivale a atribuirle desfase o taras. Dudo que alguna mujer quiera compararse con las máquinas que nos regala Óscar Puente en la Comunidad Valenciana. Si van a piropear, especifiquen: habrá que añadirle el apellido «bala» y el sello japonés. Estar como un tren nipón, sí; jamás como los que nos coloca ahora el Gobierno de España.
Ojalá fuera broma, pero voy a coger varios trenes en septiembre y estoy buscando seguro de vida. Viajar en ferrocarril es hoy menos seguro que hace una década; es innegable. Tampoco nos pongamos apocalípticos, pero resulta imposible negar que una red antes certera ha pasado a ser una montaña rusa de incertidumbre.
Lo mismo ocurre con nuestras carreteras, convertidas en una remasterización cotidiana de La Odisea. Con el asfalto patrio no habría llegado a su casa ni el Ulises de Nolan ni el de Homero. Los baches se sienten como los torbellinos que turbaron al héroe helénico, y entre el canto de sirena de las balizas se vislumbran caídos que no vencieron las deidades burocráticas. Vas por la calzada y, por un presagio nostálgico, el camino vuelve a ser de tierra. A este paso, el ministro sustituirá el firme por el ensamblaje rocoso de las vías romanas; al menos duraban más. Si siguen amortizando así el material, reciclarán los vagones inservibles para tirarlos con caballos. Tampoco cambiaría tanto la experiencia del viajero.
Vivimos en la España con mayor carga fiscal de la historia y todo parece ir a peor. Quizá estas políticas de austeridad ferroviaria obedezcan a una estrategia para dotar al país de infraestructuras vintage orientadas al excursionista snob. En ese caso, enhorabuena al ministerio. O a lo mejor, inmerso en su cruzada republicana, el ministro busca ahorrarse el mal trago de inaugurar líneas junto a Felipe VI.
Hasta la izquierda valenciana se ha bajado de ese vagón de cola. Hablaba Joan Baldoví el otro día de la tasa turística poniendo como ejemplo a Europa. No sabemos si Ulises pagó alguna gabela en su periplo, pero aquí abrasamos a impuestos al personal sin que sepamos jamás a dónde va el dinero. Me parece lógico que el visitante colabore en el sostenimiento de los servicios que disfruta, pero estoy en contra de cobrarle si esa recaudación no sostiene el estado de bienestar. ¿Para qué quiere Compromís más impuestos si no justifican las imposiciones que ya tenemos? Deberían exigir transparencia antes de buscar nuevos sujetos tributarios. ¿De qué le sirve al turista británico pagar un extra si el tren que debe llevarle a su destino tendría que estar directo en el desguace? Aunque, bien pensado, a lo mejor se pone de moda el turismo de chatarra. Quién sabe.