Gazpacho ideológico en Buñol
Antes de que cantara el gallo del tiempo estival recreativo, los profesores valencianos desconvocaron la huelga en un armisticio del derecho a la pereza. No pensaban en los alumnos sino en ellos: es lo que han hecho siempre
Cuando estaban casi terminando el curso, sus alumnos vagaban desorientados en los gigantescos claustros de las facultades. Se perdían entre tanto aulario. De repente, sus profesores cogieron una pataleta y les abandonaron a su suerte en las pruebas de acceso a la Universidad, sin dar algunos puntos clave de la materia. Algunos dirán que eso no fue así. Disculpen, pero no me salen las cuentas.
Si un profesor de segundo de Bachillerato ya va apurado para dar las nociones preparatorias para el examen de sus vidas a unos adolescentes, si han faltado a muchas de las clases, habrán quedado en el tintero algunas de las pinceladas de los cuadros semánticos. Llegó el verano, sus merecidas vacaciones que doblan en días al resto de los mortales obreros; ellos son clase burguesa, aunque no lo quieran ver. Antes de que cantara el gallo del tiempo estival recreativo, desconvocaron la huelga en un armisticio del derecho a la pereza. No pensaban en los alumnos sino en ellos: es lo que han hecho siempre. Quizá cuando empiecen a tomarse en serio su trabajo, les empezaremos a tomar en serio como se valora a los docentes en Finlandia.
Ahora que empiezan a ver asomar las orejas del lobo lectivo, vuelven a ponerse la camiseta verde, esa que no se habrán llevado en la maleta para sus vacaciones. Desde un colectivo docente han pedido que todos se pongan el famoso maillot de la vuelta ciclista a la vagueza para la Tomatina de Buñol de hoy, miércoles 28 de agosto. Se defenderán de los tomatazos con sus pancartas: toda una ingeniería de MacGyver. O una intentona más de politizar una fiesta con consignas ideológicas. Quieren mancharse no de gazpacho casero y deconstruido, sino de altruismo precocinado. Solidaridad filantrópica con alardes de responsabilidad social corporativista.
De sentir de verdad los colores, no habrían esperado a los últimos coletazos del verano, sino que se habrían sacrificado por la causa en sus propias vacaciones, renunciando a ese tiempo de recreo subvencionado. Ahora que les toca ponerse a trabajar, otra vez a las barricadas; ya me los imagino como en aquel 24 de diciembre de 1914, cuando en la Primera Guerra Mundial firmaron una tregua por Navidad.
Llega hasta tal punto su buenismo oscurantista de un egoísmo endogámico que escogen la Tomatina para hacer gala de ese voluntarismo sindical. En la fiesta de Buñol se utilizan más de cien mil kilos de tomate para esa bacanal verdulera. Cuando podría plantearse una especie de conciencia colectiva sobre el desperdicio de comida, se quieren inmolar como escudos humanos en el despropósito de tirar alimentos como arma arrojadiza. En España un millón de niños se quedan sin comer ante la ausencia de la beca comedor durante los meses vacacionales, pero les debe dar igual. Casi cinco millones de españoles sufren inseguridad alimentaria, y también les es indiferente.
Sería interesante hacer el ejercicio pedagógico e incluso económico de cuántos tomates se podrían aprovechar en lugar de tirárselos al vecino. Si no tuviéramos esos datos de escasez tan preocupantes, me daría igual, pero creo que no estamos para desechar comida. Aunque a los profesores les dé igual y utilicen ese banquete perecedero de usar y tirar para lanzar sus consignas teñidas de tomate.