Sin ruidoJorge Brugos

El Labordeta que la falta al PSPV-PSOE

Me pregunto si sería posible alumbrar un verdadero Partido Socialista Valenciano. No este juego de triperos y despistes bajo las siglas del PSOE, sino una formación estrictamente socialdemócrata, ajena al nacionalismo y preocupada de verdad por los intereses de esta tierra

Los partidos políticos funcionan como esas antiguas coronas de reinos de taifas donde las distintas federaciones combaten entre sí por adueñarse de la mayor cuota posible de poder. Conviven en una suerte de binomio multicelular en el que simulan organismos independientes, aunque el ciudadano común intuye perfectamente que todos son la misma cosa.

Adornan la matriz partitocrática con apellidos regionales: Partit Socialista del País Valencià, Partido Popular de la Comunidad Valenciana, Compromís —aunque todo el mundo sepa que estos últimos son Sumar o Podemos según cómo se despierten por la mañana—. Ponen distancia con los padrinos, simulan emanciparse de la casa común, pero en realidad siguen durmiendo en ella y comiendo de su nevera.

Son como el hijo hippie que reniega de la patria potestad pero exige la paga semanal. A excepción del PSC —una ecuación matemática y electoral que ni el indomable Will Hunting sería capaz de resolver—, en la mayoría de los casos los alardes de independencia orgánica son puro trampantojo.

El Partit Socialista del País Valencià tiene de valenciano lo que yo de albino. A la vista está el previsible acomodo de Óscar Puente como cabeza de lista al Congreso por Alicante. O la pirueta de mandar en su día a Ana Barceló a la capital alicantina sin que supiera ubicar la Plaza de los Luceros. La casa de los políticos no es el lugar donde nacen, sino el feudo donde los empadrona su secretario de organización.

De ahí que los diputados valencianos en Madrid voten sistemáticamente en contra de los intereses de su propia tierra. Sus organigramas son una versión de Un mundo feliz donde las incubadoras industriales no alumbran estadistas, sino cuneros programados para mecer las prioridades del aparato. Así se entiende también que Pedro Sánchez no vea en Diana Morant a una candidata de garantías para la Generalitat, sino a un peón servil para su estrategia de repliegue ministerial.

Leía estos días Barcelona. La ciudad que fue, de Federico Jiménez Losantos. A propósito de su relato sobre su papel en 1980 en el Partido Socialista de Aragón de José Antonio Labordeta, me preguntaba si sería posible alumbrar un verdadero Partido Socialista Valenciano. No este juego de triperos y despistes bajo las siglas del PSOE, sino una formación estrictamente socialdemócrata, ajena al nacionalismo y preocupada de verdad por los intereses de esta tierra.

El momento no puede ser más propicio. La candidatura de Morant no despierta ni pasión ni desazón: sólo aburrimiento. Y Ferraz lo remata colocando en Alicante al exalcalde de Valladolid. Que sí, que dicen que se ha comprado una casa allí, pero, ¿de verdad no había nadie más a mano? Si Morant cotiza al alza en indiferencia, Puente cotiza en rechazo. Me consta que no es mal tipo, aunque le falta un poco de saber estar.

El panorama es desolador: o los nacionalistas de Hacendado de Compromís, o un PSPV-PSOE sumiso cuyos dirigentes ya han demostrado que son antes sanchistas que valencianos. Quizá la aparición de una izquierda no catalanista ni teledirigida desmantelaría el chiringuito de estas marcas blancas.

No es tan descabellado: al fin y al cabo, en el supermercado de la política, el cliente siempre acaba buscando el producto auténtico.