«Un Estado fallido es un país cuyo gobierno ha perdido el control efectivo de su territorio y ya no puede cumplir con sus funciones básicas ni ofrecer servicios esenciales a su población». Así reza la primera acepción de lo que representa un sistema quebrado. Hoy, en varias ciudades españolas, miles de ciudadanos se concentran en apoyo a Ceuta. En lugar de ser una protesta territorial, debería evolucionar hacia un pronunciamiento sistémico.

Escuchando a Pedro Sánchez en la Cadena SER, la inquietud se vuelve alarma. El presidente del Gobierno ha echado la culpa a las mafias de la invasión del pasado julio. Me parece más preocupante todavía: que una organización criminal ponga en jaque —y casi mate— a una nación pone de manifiesto el colapso en los mecanismos de soberanía e imperio de la ley que el Estado debe ejercer sobre cualquier organismo. Menos halagüeñas fueron las palabras de Sánchez cuando, tras cargar la culpa sobre los mafiosos tratantes de carne humana, dijo que intentarían aplacar las amenazas «dentro de sus posibilidades». No ofreció certezas —cosa que le honra—, pero no deja de sorprender que un sistema gubernamental provisto de todos los medios a su alcance transmita la sensación de ser más frágil que un equipo de delincuentes.

Nahuel Gallota se adentra en las células criminales del narcotráfico en Biografía de un gramo (Libros del KO) y confirma lo que millones de personas ven a diario en los medios: la sofisticación de los carteles y de los villanos. Una innovación en el mal que contrasta con la procrastinación de los estados para hacer prevalecer la justicia. La debilidad mostrada por Sánchez ante el micrófono la aprovecharán, más pronto que tarde, los hombres de mala voluntad. De haber sido Marruecos —como apuntan diferentes versiones—, el ataque estaría más acotado por unas vías diplomáticas que siempre abren caminos, muy a pesar de quienes nos gobiernan. Sin embargo, si los culpables de la estratagema geopolítica en suelo ceutí son unos capos del crimen, no habrá forma de ponerle puertas al campo de minas fronterizo.

Sin saberlo, o quizás con premeditación, el presidente del Gobierno arrojó al Estado español a los pies de los caballos. A lo mejor por eso atacó con pólvora republicana a Felipe VI, recurriendo al sarcasmo matrimonial a propósito de la ausencia del Monarca en Ceuta. Sabe que el sistema falla y que la agenda del Rey la controla Moncloa; pero, en un ejercicio de desprendimiento altruista, no quiere ser el Estado —al contrario que Luis XIV— y prefiere borrarse de la ecuación que enquista el problema. Tras dotar a la Monarquía de atribuciones políticas, lo próximo será nombrar ministro del Interior a Felipe VI. Creían que el Estado era una empresa de colocación para sus amigos, no una maquinaria destinada a mantener el orden y la paz social. Les viene grande.

Están desfasados porque nos gobiernan unos ineptos. Los que controlaron la frontera ceutí son los mismos que vigilaban el Museo de Villena. El robo del Tesoro villenero denota que nuestro sistema ha dejado de funcionar bajo certezas y está hibernando hacia la pura incertidumbre. Hasta unas joyas monumentales están inseguras en un lugar al que antaño se le presuponía cierta seguridad. Dábamos por hecho que, por gestionarlo un ayuntamiento, estaba todo bajo control. Ni mucho menos. Servidor perdió la fe en lo institucional cuando estalló el caso mascarillas y descubrí que el chico para todo en el Ministerio del Interior era un matón de discoteca. Que el alcalde de Villena haya dicho que un guardia de seguridad tampoco solucionaría mucho el problema resulta revelador. Tenemos que dejar de creer que los más astutos están al frente de nuestros gobiernos; solo así dejaremos de llevarnos decepciones.

Julio Verne profetizó los viajes espaciales en De la Tierra a la Luna. Francisco Ibáñez vislumbró en Mortadelo y Filemón la caída a los infiernos de la comedia —pero no la de Dante, sino la de los métodos sofisticadamente precarios de nuestro costumbrismo—. La T.I.A. está investigando el robo en el municipio alicantino y la invasión ceutí. Estamos en buenas manos.