Hay cosas que admiten poca discusión. Dos y dos son cuatro. O deberían serlo. Al menos en matemáticas. Porque hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que desde la Generalitat se decidió que hasta las matemáticas necesitaban un «enfoque socioemocional con perspectiva de género». Una formulación tan sofisticada que casi consigue que uno se olvide que los números son poco susceptibles a la interpretación o la creatividad.

El informe PISA en el que los alumnos valencianos no han salido bien parados en tres de las competencias analizadas no solo hay que verlo en la frialdad de un ranking, hay que saberlo interpretar. Siempre queda la posibilidad de elaborar una explicación imaginativa. Culpar al empedrado, a la pandemia, al cambio climático o, llegado el caso, a la falta de entusiasmo de los alumnos. O se puede hacer algo mucho más incómodo: mirar qué políticas educativas se han aplicado durante los últimos años y preguntarse por sus resultados.

Los estudiantes evaluados comenzaron su escolarización con la llegada del Botànic a la Generalitat. No es, por tanto, una relación matemática exacta pero sí una evidencia política que merece ser examinada. Durante ocho años, PSPV y Compromís tuvieron una curiosa tendencia a confundir la escuela con el lugar donde resolver todos los debates ideológicos pendientes de la sociedad. Al aula fueron llegando conceptos, consignas y perspectivas de todo tipo. El problema no es hablar de valores. El problema aparece cuando el envoltorio ideológico adquiere más importancia que el contenido académico. Cuando parece más urgente explicar al alumno cómo debe interpretar el mundo que proporcionarle las herramientas para comprenderlo.

Imagen del portavoz del PP en las Cortes Valencianas, Nando PastorEl Debate

Porque un alumno va al colegio y al instituto a aprender. A leer, escribir, comprender, razonar, calcular, conocer la Historia, manejar las ciencias y adquirir las herramientas que después le permitirán desenvolverse con autonomía. También, por supuesto, a convivir y a crecer como persona. Y aquí aparece una diferencia importante. Mientras el anterior Gobierno convirtió demasiadas veces la educación en un campo de batalla ideológico, el actual Consell está planteando algo bastante menos vistoso, pero bastante más útil: más profesores, más inversión, más Matemáticas, más Lengua y mejores centros.

El curso 2026-2027 arranca con cerca de 84.000 docentes, casi 400 más que el curso anterior-a los que se les aumenta el suelo en 200 euros- pese al descenso del número de alumnos. Hay 14 nuevos colegios e institutos ya en funcionamiento y otros 14 que se incorporarán durante el curso. Y hay 422 actuaciones de mejora, ampliación y reforma de centros educativos, con una inversión de 820 millones de euros. No está mal para una política educativa que algunos parecen empeñados en presentar como una cuestión puramente ideológica.

Hay más. El Consell ha presentado un plan educativo al que se destinarán 3.338 millones de euros durante los próximos cuatro años. Incluye medidas como la gratuidad del primer año universitario para quienes aprueben todas las asignaturas, la gratuidad de la enseñanza de 0 a 3 años, el refuerzo de las horas lectivas de Matemáticas y Lengua y un plan de climatización dotado con 140 millones. Es una política que, lógicamente, necesitará tiempo para reflejarse en evaluaciones como PISA. Precisamente por eso hay que mantener el rumbo y no cambiar de modelo cada vez que aparece un titular. Porque gobernar también consiste en eso: hacer reformas cuyos resultados quizá no puedan presumirse mañana por la mañana.

Por eso resulta difícil no compartir la apelación de Juanfran Pérez Llorca a un gran pacto educativo. En educación queda mucho por mejorar. Naturalmente. Lo preocupante sería pensar lo contrario.

Pero precisamente porque queda mucho por hacer, convendría aparcar la tentación de convertir cada reforma en una trinchera política.

Porque los datos de PISA son malos. Muy malos. Y sería una frivolidad intentar esconderlo. Pero también sería una irresponsabilidad utilizar esos datos para seguir haciendo exactamente lo mismo. Hay que corregir, reforzar, invertir. Eso es lo que está haciendo el Consell. El Botànic dejó una herencia educativa que ahora toca corregir. Y corregir no significa negar que la educación sea compleja. Significa algo mucho más sencillo: mirar los resultados y tener la honestidad de cambiar aquello que no funciona.

Y quizá haya llegado el momento de recuperar algunas verdades sencillas que durante demasiado tiempo parecieron sospechosas: exigir a un alumno no es perjudicarlo; pedirle esfuerzo no es castigarlo; respetar al profesor no es autoritarismo; y enseñar conocimientos no es adoctrinar.

Nando Pastor es portavoz del Grupo Parlamentario Popular en las Cortes Valencianas