Sin ruidoJorge Brugos

La soberbia de Génova 13 perjudicará a sus alcaldes

Los candidatos de la izquierda ya están en el barro. En Ferraz saben perfectamente que para librar la batalla final de las generales hay que reclutar primero las huestes en las trincheras municipales

Suena de fondo la radio. En la tertulia dan vueltas a la hipótesis de un Gobierno de Alberto Núñez Feijóo y a su catálogo de providencias para el día después. Digo hipótesis por guardar la cortesía del lenguaje, porque los tertulianos lo daban ya por descontado; proyectaban en las ondas al líder del Partido Popular despachando en La Moncloa con la naturalidad de quien se sabe inquilino electo. Tuve un déjà vu, pero de los de verdad, sin la indulgencia de la neurología. Esto ya lo hemos vivido. Ocurrió en 2023, cuando los altares mediáticos daban por caída la diosidad de Pedro Sánchez. Aquellos analistas que compusieron odas anticipadas a su entierro político tuvieron que improvisar salvas de resurrección, y no pocos columnistas se vieron en la penosa obligación de pedir perdón por haber matado en la imprenta a quien aún respiraba con soltura. Fue un espectáculo triste; hasta el oráculo demoscópico del Reino tuvo que recoger su esoterismo adivinatorio tras la pifia de sus vaticinios.

Hoy, como entonces, vuelven a vender la piel del perro antes de cazarlo. Y en Génova 13 se dejan querer, encantados de haberse conocido. Núñez Feijóo pregunta a los suyos cómo creen que pasará a la historia, embobado como Ulises cuando la ninfa Calipso lo retuvo en la isla de Ogigia, creyéndose señor de un tiempo suspendido entre cantos de sirena y promesas de inmortalidad. Cuando el héroe homérico logró romper aquel cautiverio de fascinación gracias al decreto del Olimpo, habían transcurrido siete años. El líder del PP parece hoy prisionero de idénticas ninfas, que le susurran al oído la música que quiere escuchar y le prometen la herencia del poder. Feijóo solo espera la fecha de los comicios para ir al notario a visar la sucesión testada.

Recuerdo bien cuando en 2023 le dije a un buen amigo —alcalde de una plaza fuerte en la Comunidad Valenciana— que Sánchez volvería a gobernar. Me contestó sonriente que en la calle se respiraba el mismo viento de cambio que en 2011. Olvidó que la política es circular y que este día de la marmota se parece demasiado a aquel marzo de 2008, cuando la oposición daba por marchita la flor de Zapatero entre los primeros brotes verdes y el leonés acabó revalidando el cargo.

Decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco que la prudencia es la virtud suprema del hombre político, pero hoy es la más devaluada. Harían bien los alcaldes del Partido Popular en no dejarse arrastrar por el clima festivo de sus jefes en Madrid. Percibo una relajación peligrosa en el territorio, como si las municipales de 2023 se hubieran firmado con una prima de ocho años de tranquilidad y las próximas fueran un mero trámite administrativo. En nuestra región conviene no perder de vista la plaza de Valencia con el tándem Mónica Oltra-Pilar Bernabé, ni la jugada del PSOE en Benidorm con el desembarco de Pere Rostoll —exdirector de Comunicación de Óscar Puente— para disputarle el terreno a un Toni Pérez instalado en tierra de nadie. Atentos también a Torrevieja, donde emerge Bárbara Soler como uno de los perfiles con mayor proyección del socialismo valenciano.

Los candidatos de la izquierda ya están en el barro. En Ferraz saben perfectamente que para librar la batalla final de las generales hay que reclutar primero las huestes en las trincheras municipales. En el PP creen ir directos a la victoria política; sin embargo, esto no es exactamente una guerra, porque las guerras terminan.