La noticia de un concejal de Vox que dejó la política
Quizá a Ortolá ni siquiera le apasionase la política y la haya concebido como un simple paréntesis en su vida profesional para practicar un cierto altruismo social
El otro día les hablé del chute etílico que supone la política. De esa droga que genera una dependencia atroz en quien la consume, devorando al adicto en un eterno síndrome de abstinencia de un poder que jamás le sacia. Pocos se atreven a dar un paso al lado; raros son los que deciden poner un punto y aparte en su carrera para dedicarse a la familia o a pasiones arrumbadas. Hay circos en los que, si el funambulista se lanza voluntariamente de la cuerda, se mata. Sorprendió en su día que Eder Sarabia dejase el Elche con toda la carrera por delante. No es habitual abandonar la tabla cuando se está en la cresta de la ola. Por lo común, los aventureros de estas empresas idealistas aguardan a que la resaca marina los engulla mientras aún saborean las mieles del éxito. Cuando alguien se marcha por decisión propia, la maquinaria especulativa se desborda buscando explicaciones paranormales.
Algunos, sin embargo, consiguen curarse de ese síndrome de Estocolmo. Esta semana en Alicante, un concejal de Vox, Mario Ortolá, ha decidido no repetir en las listas electorales. Detrás no parece haber ingeniería espuria con afán de proyectar una puerta giratoria. Quiere, simplemente, dedicarse a otra cosa; a esos otros menesteres de la vida donde no todo es política. Cuesta asimilarlo. A un servidor también le ocurre: con frecuencia me abordan con cuestiones partidistas en las situaciones más insospechadas, como si uno estuviera obligado a inyectarse el veneno del minuto a minuto para no desconectar jamás. Quizá a Ortolá ni siquiera le apasionase la política y la haya concebido como un simple paréntesis en su vida profesional para practicar un cierto altruismo social. Si hubiera querido continuar, habría podido: sobran listas, escalones y organismos vivos en un ecosistema donde siempre hay un rincón que colonizar. Ya fuera en el Ayuntamiento, en las Cortes Valencianas o en otras patrias políticas por descubrir. Véase si no a Alicia Sánchez Camacho, empadronada a marchas forzadas en Madrid para acabar de diputada en la Asamblea tras dejar el liderazgo del PP catalán.
Imagen de Mario Ortolá
En política, si no hay un puesto, se inventa. Por eso, toparse con ejemplos como el de Mario Ortolá dignifica la actividad y rompe una lanza en favor de quienes defienden que no todos son iguales. El concejal de Vox no era un dirigente brillante ni la reencarnación de los atributos sagrados del ágora, pero sí encarnaba el más importante: concebir la política como un servicio temporal. Por eso lo deja. Porque si entiendes este arte como un trabajo de alfarería para dejar el mundo un poco mejor de como lo encontraste, terminas con las manos agrietadas. En cambio, si lo percibes como el oficio del que depende tu sustento, tus manos permanecerán suaves e hidratadas por la lisonja del poder.
En los tiempos que corren necesitamos políticos como Ortolá: no solo capaces de echarse a un lado cuando la vida se lo pide, sino que, sobre todo, no den vergüenza ajena. Cuando las instituciones se plagan de escándalos, uno acaba mirando con gratitud y cierto respeto a aquellos dirigentes que eligen la heroicidad del silencio en medio de tanto ruido.