LA RESEÑA DEL SÁBADOJorge Brugos

Número cero. ¿Para cuándo un concierto de Bob Dylan en el Roig Arena?

No me atrevo a encasillar en un género esta pequeña píldora de oro con la que el autor mallorquín pretende acercarnos a la obra del artista norteamericano más inusualmente norteamericano

Ya queda lejano aquel concierto de Bob Dylan en la Plaza de Toros de Valencia en 2019. Ese artista con alma de poeta que en 2016 recogió el Premio Nobel contra todo pronóstico, levantando ampollas en las manos de los aduladores de la polémica. Me pilló todavía muy joven: no entendía la discusión y mucho menos alcanzaba a comprender la categoría literaria del cantante. Siempre fue una figura ajena a mi vida; sus canciones jamás habían ejercido de banda sonora de mi existencia. Sabía que era alguien importante, influyente, famoso —casi tanto como para tener que cerrar un supermercado para poder comprar tranquilo—, pero su sombra no pasaba de ser un figurante en el susurro de esos dioses mundanos que habitan la tierra.

Todo cambió cuando leí Número cero (Libros del Asteroide), de Eduardo Jordá. Un ensayo, un retrato o quizá un poemario sobre los claroscuros de la vida y trayectoria de Dylan. No me atrevo a encasillar en un género esta pequeña píldora de oro con la que el autor mallorquín pretende acercarnos a la obra del artista norteamericano más inusualmente norteamericano. Porque si lo yanqui es sinónimo de estrafalario y de cumplir el sueño americano de la fama, el cantante hizo música a pesar de ella. Nunca le gustó. Quizá porque su fenómeno llegó al punto de despertar pasiones tan desmedidas en sus fans como para rastrear en su basura practicando dumpster diving; ese misterio que a algunos les llevó a la locura, como a uno de sus biógrafos, de tanto indagar en el cubo del reciclaje y de la gloria.

Portada de Número ceroEl Debate

Escribo ahora esta pieza con los tonos y versos musicalizados de Dylan amenizando el tecleo del portátil. Suenan como acordes de esa armónica irrepetible que Bob tocó en Valencia y que debería volver a sonar en un espacio tan único como el Roig Arena: una sala que no quedará inaugurada del todo hasta que no invoque a la música con sus ritmos líricos.