Hace unos días, la comunidad educativa y gran parte de la sociedad, por no decir toda, era sacudida por un terremoto cultural de elevada magnitud en cualquiera de las escalas que queramos medirlo. Salió a la luz un informe internacional sobre educación –informe PISA- en el que nuestro país no salió muy bien parado en algunos de los parámetros evaluados. Este informe mide el rendimiento de los estudiantes de 15 años en las áreas de matemáticas, ciencias y lectura. En el de este año hemos tenido un nivel bajísimo en el área de lectura y, concretamente, en comprensión lectora.

A nadie se le ha escapado que tras este demoledor informe y esos desastrosos resultados en el área del lenguaje podríamos formular algunas preguntas: ¿no leen los jóvenes? ¿No comprenden lo que leen? Probablemente las respuestas estarán disponibles en otros informes con sesudas estadísticas y darán, o no, la razón a esos que responden afirmativamente a estas preguntas. En España, creo haberlo dicho por aquí en alguna otra ocasión, se publican anualmente unos noventa mil libros, luego no será por escasez de material, ni tampoco por diversidad, pues de todos esos títulos pueden ustedes elegir el género, el tamaño y el formato que deseen. Los jóvenes de la España de 2026 tienen al alcance de su mano probablemente la mayor oferta literaria de toda la historia del libro. No pueden decir que el problema sea la escasez ni el acceso.

Hace unos días coincidí con un colega escritor en una modesta feria del libro, y me comentó que al día siguiente iba a otro pueblo a firmar sus obras en otra feria, esta última específica para autores autopublicados. En ambas localidades se podía encontrar una oferta literaria importante de la especie «autores locales» y «autopublicados», esos que no salen en programas de televisión ni son llevados de la mano de las grandes editoriales a presentaciones y firmas multitudinarias. Observé cómo la gente paseaba por las casetas, curiosas, pero pocos se paraban a charlar con esos autores locales. Pocos -salvo amigos y conocidos- les preguntaban por su obra, por su trabajo al escribirla. Desaprovechaban la oportunidad de saber lo que se siente y se sufre escribiendo y promocionando un libro cuando nadie te conoce y pocos creen en ti. También vi que poca gente compraba a estos autores locales. Y también vi a pocos jóvenes de esa edad del informe PISA interesados en lo que los escritores ofrecían.

No sé si se lee poco o mucho, no he buscado esa estadística, pero por lo que observo, creo que es poco, y poco arriesgado. He leído obras de algunas compañeras y compañeros que nada tienen que envidiar a las grandes ventas que llenan los mostradores de las librerías. Sin embargo, muchos de ellos se quedan enterrados en estas ferias de pequeñas poblaciones, con la etiqueta de «local» o de «autopublicado». Y de nuevo, otra pregunta me viene a la mente: ¿qué pueden hacer esos autores para ser leídos por esos jóvenes que están lejos de los libros? Se me ocurren muchas propuestas que ocuparían las columnas de varios días, por lo que no voy a desmenuzarlas. Solo haría una petición a estos jóvenes: que se acerquen a los libros y a sus creadores, sobre todo con curiosidad, aprovechando esa oportunidad de compartir reflexiones con esos autores que están a pie de calle ofreciéndoles una obra que no por ser poco conocida es menor. Precisamente si conversasen con estas personas, los lectores llegarían a darse cuenta de los sacrificios que han tenido que hacer los escritores para sacar adelante su proyecto literario: de la formación y estudio para escribir cada vez mejor, de los rechazos editoriales, de las presentaciones llenas de sillas vacías.

No sé si consumir literatura de proximidad podrá ayudar a mejorar los datos del informe PISA, pero sería una buena manera de engancharse a la lectura, ese deporte solitario que no quema grasas, pero que nos permite viajar sin pasar la incomodidad de la espera en un aeropuerto o la estrechez de un automóvil. Esa actividad que nos relaja después de un día abrumador de trabajo. Esa puerta abierta a tantas cosas.

No sé si los jóvenes huyen de la lectura porque consideran los libros aburridos, tediosos, yo qué sé. Tal vez nadie les haya sabido explicar lo que encierran esas páginas, que suele ir siempre más allá de las tramas que nos cuentan.

Lo que sí sé es que la literatura, toda, trasciende esas etiquetas de dios menor que se les pegan a algunos autores con el adjetivo «local» y del que yo aborrezco, pues la literatura es un arte (sí, ARTE) universal, sin fronteras, que debe volar libre y ser admirada por todos, en cualquier parte del mundo.

No sé si algún joven de 15 años leerá esta columna, pero por si acaso, yo, desde aquí, os animo: ¡leed, jóvenes!¡Leed!