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Francisco Ferrer, delegado de Misiones: «Valencia tiene una gran historia misionera»

Este domingo, la Jornada Mundial de las Misiones, DOMUND, celebra su Centenario

Este domingo 18 de octubre se celebra la Jornada Mundial de las Misiones, el Domund, dedicada a los misioneros, hombres y mujeres que, como señala el papa León XIV, «han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos». Además, este año esta jornada es especial ya que se conmemoran los cien años del nacimiento de esta iniciativa.

En la archidiócesis de Valencia, siempre se ha tenido muy presente a sus misioneros y a lo largo de estos cien años la jornada del Domund ha ganado mucha presencia tanto en parroquias como en colegios.

Como señala el delegado diocesano de Misiones, Francisco Ferrer- que tuvo una experiencia misionera en Perú durante siete años- «Valencia tiene una gran historia misionera», ya que han salido muchos misioneros por todo el mundo”. También ha habido siempre una gran colaboración económica, "necesaria para poder crecer y subsistir”.

Se trata de una jornada «para concienciarnos de que la esencia de nuestra fe es la misión. Jesús en los Evangelios lo dice de mil formas, de mil maneras, continuamente. Esto es para todos, no es solo para el grupo de 12, no solo para el grupo de los 72 que envió. Es para todos».

Imagen del cartel

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En cuanto al lema de este año, ‘Uno en Cristo, unidos en la misión’, el delegado diocesano señala que la idea de unidad ya es una presente por el Papa Pío XI hace años al instaurar en toda la Iglesia el Domund, «cuando quiere unificar la ayuda a las misiones a través de Obras Misionales Pontificias y, al mismo tiempo, quiere unirla para que no sea unos cuantos los que puedan ayudar, sino que sea toda la Iglesia quien ayuda a la misión».

Al mismo tiempo, "cien años después el Papa León nos regala este lema que tiene que ver también con su propio lema como Papa. Habla de la unidad, la importancia de la unidad en la misión, porque no podemos ir cada cual a la suya. Así lo rezó Jesús antes de morir en la cruz, rezó a Dios Padre pidiendo la unidad de sus discípulos. Padre, que sean uno como tú y yo somos uno, y eso es algo fundamental en nuestra fe y que tiene que ir enraizándose cada vez más también en nuestra forma de hacer y de anunciar el Evangelio”, explica.

En este sentido, añade que para el Papa es «muy importante» que la misión nazca de la unidad de todos: «Vamos a anunciar al mismo Jesús, a Jesús que es uno, al Cristo que es uno. Vamos juntos, vamos en misión, no vamos por separado, no vamos como francotiradores en la misión. Siempre es la Iglesia que nos envía».

Es cierto, como reconoce Ferrer, que cada vez son menos las vocaciones tanto a sacerdotes como a misioneros, pero «no es motivo de desesperanza porque el anuncio del Evangelio se sigue dando y sigue creciendo la fe, una fe en Jesucristo que nos lleva siempre al amor y al compromiso por los demás». «Dios sigue llamando a todas partes. Algunos nos llama aquí, a otros nos llama en otros países del mundo. Por tanto, tenemos que seguir trabajando y evidentemente apoyando a esos países más pobres que sufren miles de carencias», puntualiza.

Desde la delegación diocesana han facilitado materiales para que se pueda difundir esta jornada y trabajar también en las catequesis de niños y jóvenes. También organizan a lo largo de todo el año oraciones por las misiones en conventos de religiosas contemplativas y este mes de octubre arranca la formación de jóvenes.

Además se ha creado la web domund100.es, donde, entre otros muchos recursos, se pueden ver numerosos carteles y fotografías de estos cien años. También se ha compuesto una canción para la ocasión escrita por el productor Pablo Cebrián y los cantantes Jaime Salmoreno, Chechu Reguart y Estefanía Benedicto, todos ellos cocreadores del himno de la visita del Papa «Alza la mirada».

Fue en 1926 cuando Pío XI instituye esta Jornada. Pero la sensibilidad por las misiones ya venía de antes. En 1822 la joven francesa Paulina Jaricot tenía el deseo de colaborar con los misioneros que estaban evangelizando China y crear la Asociación de la Propagación de la Fe, germen de las actuales Obras Misionales Pontificias. Una iniciativa de oración y de colaboración con los misioneros que se va expandiendo. En 1922 el papa Pío XI hace suya esta iniciativa declarándola pontificia, por lo que se convierte en el instrumento de la Santa Sede para promover la oración por la actividad misionera y recoger las limosnas de los fieles y repartirlas equitativamente entre todas las misiones.

Cuatro años más tarde, este mismo Papa establece el Domingo Mundial de las Misiones, que se celebrará cada año en la Iglesia universal el penúltimo domingo de octubre. León XIV en el mensaje de este año reconoce que Obras Misionales Pontificias, junto al resto de obras que trabajan con los misioneros, «en su conjunto y cada una en su especificidad, siguen desempeñando un papel valioso para toda la Iglesia. Son un signo vivo de la unidad y la comunión misionera eclesial».

Con los años el DOMUND en diócesis como la de Valencia va cogiendo fuerza tanto en la Iglesia como en la sociedad española y, actualmente, España es el segundo país que colabora con Obras Misionales Pontificias detrás de Estados Unidos.

Una de las formas de conocer de primera mano la realidad de los misioneros son las experiencias que desde la delegación organizan cada verano para los jóvenes. Una experiencia que preparan durante todo el curso a través de la formación misionera. «Les ayuda a entender que no se van a una ONG, aunque hayan tareas a veces parecidas a las de la zona y que hacen mucho bien, pero que puedan entender que van a compartir tiempo con misioneros y misioneras que están dando su vida por Jesucristo en distintos lugares de misión. Y, evidentemente, ese dar la vida implica también amar y concretar en obras de misericordia», explica.

Cien años de Domund son también cien años de hombres y mujeres que han dejado por un tiempo su casa, su trabajo o su comunidad para compartir la vida y la fe en otros lugares del mundo. Una historia que sigue escribiéndose hoy. Este verano, el sacerdote valenciano José Gómez viajó hasta Perú, mientras Lucía Arbona y Judit Martínez pusieron rumbo a El Alto, en Bolivia. Tres experiencias distintas que comparten algo más que miles de kilómetros recorridos: el encuentro con comunidades que les han permitido descubrir de cerca qué significa la misión y regresar a Valencia con una mirada distinta.

José Gómez llevaba tiempo con una «espinita». Había conocido la misión años atrás, cuando siendo seminarista viajó a Togo, pero le quedaba pendiente vivirla ya como sacerdote. Esta vez, sin embargo, marcharse suponía dejar durante cinco semanas su responsabilidad pastoral y la decisión no estuvo exenta de dudas. «¿Será responsable irme? ¿Será irresponsable?», llegó a preguntarse antes de partir.

La misión que encontró José en Perú tiene mucho que ver con las distancias. Durante su estancia pasó por Moyobamba, Naranjos y Juanjuí y conoció comunidades a las que el sacerdote no puede acudir cada domingo. Algunas capillas se encuentran a varias horas de viaje; en otras, llegar puede implicar prácticamente una jornada de camino.

Y, sin embargo, la comunidad continúa. «Eso me impresionó mucho», recuerda al hablar de los animadores laicos que mantienen viva la Iglesia en ausencia del sacerdote. Son ellos quienes acompañan a la comunidad hasta la siguiente visita y quienes periódicamente se reúnen en la parroquia de referencia para recibir formación y participar en retiros espirituales.

Lucía Arbona y Judit Martínez llegaron a Bolivia por caminos diferentes. Lucía, estudiante de quinto de Odontología, lo hizo vinculada a una iniciativa surgida desde el ámbito universitario; para Judith, profesora de Formación Profesional, era una inquietud que llevaba años creciendo después de escuchar testimonios misioneros en su parroquia. Se conocieron prácticamente al llegar a El Alto, una ciudad situada a más de 4.000 metros de altitud, donde durante unos veinte días compartieron vida y trabajo con la comunidad que las acogió.

Su estancia estuvo vinculada a diferentes proyectos de la Fundación Sembrando Esperanza: centros de salud, atención odontológica, apoyo educativo y espacios dedicados a niños y jóvenes con discapacidad.

Después de unas semanas sobre el terreno, la pregunta ya no es únicamente qué pudieron hacer ellas allí, sino qué pueden seguir haciendo ahora desde aquí.

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