Hay una frase que resume mejor que cualquier programa electoral la forma de entender la política de Pedro Sánchez: haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago. Ocho años después de llegar al poder, la contradicción entre sus palabras y sus actos se ha convertido en una constante. Prometió no pactar con determinados partidos y acabó necesitando sus votos; rechazó medidas que después aprobó y anunció líneas rojas que terminó cruzando. Y todo ello mientras se erigía en paladín de la ejemplaridad, con su entorno político salpicado por escándalos de corrupción y un hedor a cloacas que ni toda la maquinaria de Ferraz es capaz de disimular.

El problema no es que un político rectifique. Faltaría más. Todos pueden cambiar de opinión y reconocer que se han equivocado. El problema es que Sánchez nos venda sus principios como innegociables y, cuando dejan de convenirle, los mande al cajón para seguir aferrado al poder. Y peor incluso; que pretenda que nos traguemos cada volantazo como una muestra de responsabilidad. No, señor Sánchez: cambiar de opinión es legítimo; decir una cosa, hacer la contraria y buscar después una excusa es otra historia. Y cuando eso se repite una y otra vez, la credibilidad queda hecha trizas.

La hemeroteca es su juez más severo. En abril de 2015, Sánchez se mostró desafiante: «Con Bildu no vamos a pactar. Si quiere se lo repito cinco o veinte veces». En septiembre de 2019 aseguró que no dormiría tranquilo con determinadas competencias de Podemos. También defendió que la sentencia del procés debía cumplirse íntegramente y calificó la amnistía de incompatible con la Constitución. Después llegaron los acuerdos con Bildu, el Gobierno de coalición con Podemos, los indultos de 2021 y la amnistía. Las líneas rojas saltando por los aires una tras otra, incluyendo las que afectan a la ejemplaridad y ese discurso moral con el que el socialismo pretende dar lecciones a todo el mundo.

Todos sus dogmas ideológicos hechos trizas: el feminismo, la vivienda, la corrupción… Sánchez llegó a Moncloa convirtiendo la regeneración democrática en bandera propia. La agitó con solemnidad y la utilizó para marcar distancias con sus adversarios. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. Las condenas de José Luis Ábalos y Koldo García en el caso de las mascarillas, junto a las investigaciones sobre Santos Cerdán, y las pesquisas en torno a José Luis Rodríguez Zapatero y el rescate de Plus Ultra han colocado al socialismo ante una crisis que ya no puede despachar con sus habituales proclamas.

Conviene hacer memoria. En mayo de 2018, Sánchez justificó la moción de censura contra Mariano Rajoy con una frase que aún resuena: «No hay mayor inestabilidad que la que emana de la corrupción». Entonces no admitía medias tintas: era incompatible con seguir al frente del Gobierno. Ocho años después, sus propias palabras se vuelven contra él. Cuando el problema estaba en el rival, había que ir a por todas. Cuando las controversias alcanzan a los suyos, la urgencia se modera y la contundencia se diluye. La tolerancia cero parece tener excepciones según el carné político que se tenga.

Y luego está su proclamado feminismo. Ese que José Luis Ábalos resumió con una frase que hoy suena a sarcasmo: «Soy feminista porque soy socialista». El caso Ábalos-Koldo, con las mujeres elegidas por catálogo y la contratación de Jésica Rodríguez en empresas públicas donde, según declaró, no trabajó, choca frontalmente con ese discurso. Y el caso Paco Salazar remata la contradicción: varias trabajadoras socialistas denunciaron presuntos comportamientos de acoso sexual y actitudes machistas, pero la gestión de sus denuncias acumuló demoras y cuestionamientos que salpicaron a responsables del partido como Rebeca Torró y Pilar Bernabé. ¿De qué sirve proclamar «hermana, yo sí te creo» si, cuando las mujeres denuncian, se las deja tiradas?

Y, de remate, por si fuera poco, la vivienda. Mucho alentar movilizaciones y acampadas contra los grandes tenedores, mucho señalar a los fondos buitre y demonizar a los propietarios. Pero, cuando el negocio inmobiliario está en casa, el discurso cambia. El caso de Montse Mínguez y la actividad inmobiliaria de su pareja han puesto al propio PSOE frente a sus contradicciones. Porque resulta que los grandes tenedores son el enemigo público —aunque tengan una o dos viviendas—, salvo, claro está, que sean de izquierdas y de los suyos. Entonces, donde antes había consignas, aparecen de repente los matices. Mucha promesa de vivienda pública, pero poca construcción; mucha propaganda contra los desahucios, mientras gobiernan la comunidad autónoma que más los registra. Al final, el problema no es que el PSOE carezca de principios, sino que los aplique a conveniencia, según quién tenga delante. El cinismo político consiste precisamente en exigir a los demás lo que uno no está dispuesto a cumplir.

Nando Pastor es portavoz del Grupo Parlamentario Popular en las Cortes Valencianas