Agenda Valenciana o el «pensat i fet»
El catón de la ciencia política señala que para lanzarse a la arena y no sucumbir al primer zarpazo opositor, es imprescindible, como mínimo, contar con una figura como líder, que sea lo más conocida posible ante la opinión pública
Espero que no me lo tenga en cuenta José Ramón Chirivella, expresidente de la Associació de Juristes Valencians. Pero, el afecto personal que sabe que le tengo, y mi respaldo a su empeño y reclamación por conseguir la recuperación del Derecho Civil Valenciano, no pueden impedirme que manifieste mi discrepancia a su idea de promover un partido político -Agenda Valenciana- por mucho que comparta su ideario y principal objetivo, como lo es conseguir la reactivación de los atascados mecanismos que hagan posible la recuperación de esos derechos forales. Todo valenciano de bien, que ame nuestra historia, lengua, tradiciones, derecho foral, costumbres, símbolos... se sentirá concernido. Otra cosa es el modo y manera de cómo conseguirlo.
Que no es fácil, nada fácil. Chirivella ha demostrado por activa, pasiva y perifrástica, su compromiso por esa recuperación. Y así lo ha dicho y hecho en numerosas fechas, y en los más diversos foros, auditorios, aulas universitarias y salones de plenos municipales. Sus palabras han caído, por desgracia, igual que en la parábola del sembrador recogida por los evangelistas Mateos, Marcos y Lucas. Hubo semillas que cayeron en caminos y se las comieron las aves; otras fueron a parar a terreno pedregoso, en donde apenas sin tierra acabaron agostadas por el sol; tampoco tuvieron suerte las que cayeron entre plantas y cizañas, que no las dejaron medrar. Los tres casos tienen parecido reflejo en la reclamación foral valenciana, que sighe siendo ninguneada por unos y otros. No hay, de momento, semilla ni palabra que haya caído en suelo fértil.
Como han podido comprobar Chirivella y los juristas, profesores y profesionales de las más diversas materias que les han secundado en el empeño, sus prédicas no han encontrado aún el terreno fértil en el que poder sembrar y dar fruto porque, al ninguneo a su reclamación, se ha visto aderezado con un ingrediente tan perturbador como es el pasotismo «made in Valencia».
El pasado mes de abril se anunció en Ontinyent la presencia de José Ramón Chirivella, como presidente de Juristes Valencians; del abogado Juan Añón y el profesor de Historia del Derecho en la Universitat Jaume I, Ramón Aznar. El título de sus disertaciones: «Dret Foral Valencià, 319 anys de conflicte. ¿S´acabarà en l’Any Jaume l?». La personalidad y currículos de los tres y la materia a desarrollar, hacían prever una notable asistencia de público. Pues no. ¿Éramos más de treinta los que asistimos? Puede que fuésemos treinta y dos, pero ni uno más. Poco terreno como para fecundar la semilla foral.
¿Qué ha llevado a José Ramón Chirivella, a dimitir como presidente de la Asociación de Juristas Valencianos y lanzarse, cuesta abajo y sin frenos, para promover a un partido político de obediencia valenciana? Sin duda, su propio currículo valencianista y la mejor intención y propósito de seguir luchando por la recuperación del Derecho Civil Valenciano. También lograr una justa financiación e inversiones para nuestra tierra. Su error, hacerlo ahora, en plena precampaña, creando un partido político cuando es del todo imposible dar a conocer su proyecto más allá de cuantos le secundan en su empeño, porque por muy entusiasta que sea su empeño, van proa al desastre electoral.
Y no porque su propósito no sea alcanzable a medio plazo. Sí lo es el incumplir con las exigencias mínimas para que un proyecto político consiga eco entre la ciudadanía. El catón de la ciencia política señala que para lanzarse a la arena y no sucumbir al primer zarpazo opositor, es imprescindible, como mínimo, contar con una figura como líder, que sea lo más conocida posible ante la opinión pública. Tú, querido José Ramón, puedes ser ese líder, pero hoy por hoy no te conoce la inmensa mayoría de los votantes valencianos. Hace falta también un programa y tampoco hay tiempo de difundirlo. Y, sobre todo, sin un respaldo económico; presencia en medios de comunicación y redes sociales, no hay nada que hacer.
Al periodista Salvador Enguix, que te entrevistó días atrás, le hablaste de configurar una candidatura al Congreso formada por personas con prestigio social y experiencia contrastada en la defensa de nuestros intereses. Propósitos dignos de la mayor complicidad, pero la decisión de concurrir ha sido extremadamente tardía --sólo 45 días antes del 29-N -- estando necesitados, además, de una recogida firmas --dos mil cien-- para poder presentar la candidatura. Por muy valenciano que sea nuestro, y en este caso vuestro, el «pensat i fet», es del todo imposible que el ideario de Agenda Valenciano llegue ser conocido por pocos más que una inmensa minoría antes del 29-N.
¿Cómo no estar de acuerdo con la idea de sustituir la docilidad por capacidad de negociación; de ser una fuerza con peso específico en Madrid y que se haga escuchar? El problema no es otro que Agenda Valenciana no tiene meses, ni semanas, apenas unos pocos días para lanzar su mensaje y dar a conocer sus candidatos y programa. Con tan estrecho margen el fiasco está garantizado.
Y en estos momentos, cruciales para nuestra Comunidad y España en su conjunto, todo lo que no sea sumar votos a los partidos que han de hacer cuanto esté a su alcance para desalojar el sanchismo del gobierno y de las instituciones que ha colonizado hasta la náusea, será de una peligrosa temeridad, una osadía, pero un error, un inmenso error. No por lo que se pretende, ni mucho menos, sino por la falta de tiempo para que sea conocido por el electorado.
Querido José Ramón y quienes te secundan en este voluntarioso, valenciano y valencianista intento. Lo habéis pensado bien, pero tarde. Y eso condena al fracaso y la frustración. Aparcad hasta después de las Elecciones Generales vuestra idea. Que merece ser dada a conocer con tiempo para que pueda ser aceptada y compartida. Y votada tan pronto como se vuelvan a poner las urnas, que ojalá que sea dentro de cuatro años.