FRANCISCO MILLÁN MON

Caminos de Santiago, caminos de Europa, caminos de Esperanza

Los Caminos de Santiago son un espacio de encuentro, un lugar de diálogo, que han contribuido a la creación de una cultura europea y a la formación de una identidad común

Actualizada 04:30

El próximo día 3 de diciembre arrancan en Santiago de Compostela las XXV Jornadas de Diálogo Intercultural con Iglesias e Instituciones Religiosas, organizadas por el Grupo parlamentario del Partido Popular Europeo.
Se debatirán la influencia de la religión en la sociedad y la importancia del diálogo interreligioso. Es difícil encontrar un lugar más idóneo que Compostela para albergar estas jornadas.
Los Caminos de Santiago –en los que desde hace siglos coinciden peregrinos de diversas partes de Europa y del mundo– son un espacio de encuentro, un lugar de diálogo, que han contribuido a la creación de una cultura europea y a la formación de una identidad común. Estos caminos están viviendo unas décadas de auténtico renacimiento internacional, como testimonian las cifras de peregrinos. Son ya más numerosos los extranjeros que caminan para visitar los restos del Apóstol que los españoles.
La recuperación internacional de los Caminos no se entiende sin cuatro fuerzas motrices. En primer lugar, el papel desempeñado por la Xunta de Galicia –en especial a través de los conocidos programas Xacobeos– que ha sido clave para este florecimiento. Segundo, la acción de la Iglesia Católica. Me limito a citar tres conocidas e históricas visitas a Santiago: las de Juan Pablo II en 1982 (Año Santo) y 1989 (Jornada Mundial de la Juventud) y la de Benedicto XVI en 2010 (Año Santo). En tercer lugar, me parece un hito muy destacado el reconocimiento por el Consejo de Europa en 1987 de los Caminos de Santiago como primera Ruta Cultural Europea.
En cuarto lugar, quiero subrayar la actividad de la sociedad civil, en especial el fenómeno del asociacionismo jacobeo. En efecto, en las últimas décadas han surgido numerosas organizaciones de Amigos del Camino de Santiago. El pasado 20 de octubre en Santiago comprobé –con ocasión del II Encuentro Internacional de Asociaciones del Camino– el número y el vigor de las sociedades jacobeas que han proliferado en todo el mundo, desde Corea del Sur hasta Argentina pasando por Sudáfrica y Estados Unidos.
El contexto europeo de paz, libertad e integración de los últimos tiempos también ha contribuido poderosamente a esta edad de oro de las rutas a Santiago. Así, la Europa sin controles en las fronteras interiores del Espacio Schengen ha facilitado materialmente el peregrinaje a los centenares de miles de personas que caminan a Compostela. La caída del Muro de Berlín y la posterior integración europea de los países del Centro y Este de Europa –que cristalizó inicialmente en el año 2004 con el Tratado de Atenas– permitió que estos países hayan recobrado su libertad y recuperado sus raíces europeas y con ello también sus vínculos jacobeos.
Hace pocos meses tuve ocasión de conocer la fortaleza y el dinamismo de los Caminos de Santiago en un país báltico como Lituania o en un país mediterráneo como Croacia. La peregrinación a Compostela no es sólo un reflejo de nuestra herencia cristiana y medieval, sino también, en cierta medida, un símbolo de los valores que compartimos como europeos.
Valores como el perdón y la reconciliación, la unidad, la solidaridad y la esperanza, esenciales para los peregrinos que se dirigen a Santiago. Pues bien, nuestro proceso de integración también se fundamenta en estos principios y valores. Así, la construcción europea se basa precisamente en el perdón, en la reconciliación entre Francia y Alemania tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Y el principio de cohesión, tan importante en la integración comunitaria, evoca el valor de la solidaridad, muy presente entre los peregrinos. Vivimos tiempos muy difíciles en Europa y en los países vecinos. Inesperadamente somos testigos de una terrible guerra de agresión en suelo europeo, de la que es víctima Ucrania. Por otro lado, los atentados terroristas de Hamas han desembocado en el conflicto en Gaza, que está sufriendo una grave crisis humanitaria.
Pero el mundo tiene ante sí otros grandes retos: desde el cambio climático hasta la amenaza de nuevas pandemias, desde las incertidumbres que plantean el nuevo escenario geopolítico y los desafíos actuales de la globalización, hasta las dudas sobre el crecimiento económico tras el endurecimiento generalizado de la política monetaria. Aumentan además la polarización política y social, así como el populismo radical y las tendencias disgregadoras.
Sin embargo, no debemos caer en el desánimo ni tampoco en el pozo del pesimismo. Tenemos que conservar la esperanza. Ese es el valor, esa es la actitud que acompañan al peregrino que visita los restos del Apóstol Santiago, quién precisamente personifica la virtud de la esperanza en la teología medieval.
Estoy convencido de que los diálogos que tendrán lugar en los próximos días en Santiago serán muy fructíferos y contribuirán a mantener la esperanza en un futuro mejor para Europa y para el mundo.
  • Francisco Millán Mon es eurodiputado del Partido Popular y presidente del intergrupo Patrimonio Cultural Europeo, Caminos de Santiago y Otras Rutas Culturales Europeas
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