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Las escaleras coruñesas de la ONU

Habrá que traer a Donald Trump de Erasmus a Coruña para que se entrene en Maestro Clavé y San Agustín y no le pillen de sorpresa las averías de Naciones Unidas

Ya habrán visto el vídeo. El otro día, Donald Trump se puso hecho una furia porque la escalera mecánica de Naciones Unidas lo dejó tirado a mitad de trayecto y tuvo que subir a pie los escalones que lo separaban de su discurso ante la asamblea general. El presidente de Estados Unidos puso cara de pocos amigos al verse allí parado en medio de los peldaños, sin saber muy bien si subir a propinarle su alocución a la parroquia internacional o si bajar al rellano para echarle la bronca al jefe de mantenimiento de la ONU. Si el comandante en jefe tenía cara de pocos amigos, su señora, o sea, la primera dama, echaba rayos y centellas por los ojos. Su mirada parecía uno de esos bocadillos de los tebeos de Tintín cuando el capitán Haddock entra en combustión y le salen todo tipo de improperios por la boca.

Yo, sin que sirva de precedente, comprendo a Donald y Melania. Están acostumbrados a que las cosas funcionen. Pero si Trump fuese coruñés no se habría enojado tanto al verse clavado en las escaleras congeladas de la ONU. Me imagino que en Nueva York las escaleras automáticas suben y bajan con toda normalidad, porque allí debió de ser el primer lugar del mundo donde a alguien se le ocurrió poner un motor a los escalones para ahorrarnos el trabajo de viajar a pulso peldaños arriba y peldaños abajo. A Julio Camba le hacía mucha gracia toda aquella mecanización de Estados Unidos y bautizó a la Gran Manzana como la ciudad automática. Nueva York ha sido la ciudad automática al menos desde Camba, que llegó allí de corresponsal para contarnos todo con sus ojos asombrados y su talento desbordado, pero el otro día apareció Trump en Manhattan y las máquinas se rebelaron. En sólo unos minutos, fallaron las escaleras mecánicas y el teleprompter. Lo nunca visto.

Digo que si Trump fuese coruñés se hubiese tomado el incidente con mucha calma y algo de humor porque en Coruña las escaleras mecánicas son puro mobiliario urbano -como las farolas o las papeleras- y lo habitual es que se estén muy quietas, como reivindicando lo manual en un mundo demasiado echado al monte de la automatización. Pongamos que Trump, en lugar de viajar a la ONU desde la avenida Pensilvania de Washington, hubiese llegado desde la coruñesa cuesta de San Agustín. El líder del mundo libre tendría claro entonces que, para subir la compra desde el Gadis hasta la plaza de España, hay que ascender a golpe de músculo, porque la rampa automatizada del lateral del mercado falla más que el bueno de Julio Salinas a puerta vacía. Era un gran tipo, pero no daba ni una.

Las escaleras mecánicas de Maestro Clavé

Para entrenar a Donald Trump y que estos estropicios no le pillen de sorpresa la próxima vez que se acerque a la ONU a soltar su perorata, yo propongo que se venga unos meses a Coruña de Erasmus. Puede traerse a Melania y al señor del maletín nuclear. Aquí nadie es forastero, ni siquiera un señor con un maletín lleno de bombas atómicas. Les buscaremos un apartamento coqueto por Juan Flórez y los llevaremos mañana y tarde a la escalinata de Maestro Clavé, donde tenemos una de las grandes atracciones turísticas de la ciudad: las escaleras mecánicas que suben -es un decir- de Juan Flórez a Doctor Fleming. Lo divertido de estas escaleras es que se averían periódicamente con gran profesionalidad y puntualidad. Para mayor emoción, los fallos son rotatorios y aleatorios y, desde Juan Flórez, uno nunca sabe cuántos de los cinco tramos en los que se divide el ascenso estarán en marcha y cuántos se estarán echando la siesta en horario laboral. La única vez que vi funcionar las cinco partes del artilugio estuve a punto de llamar a un amigo astrónomo para que me explicase qué alineación planetaria había obrado el milagro.

Con este entrenamiento intensivo en Maestro Clavé, además de tener a Trump preparado para su próxima visita a las Naciones Unidas, le enseñaríamos al mundo una de las grandes aportaciones coruñesas a la tecnología de vanguardia: las escaleras mecánicas estáticas. No funcionan, pero adornan un montón y nos mantienen en forma.