Atlantic CityLuís Pousa

Las colas soviéticas

Tenemos que esperar en fila para casi todo, pero mis colistas favoritos son
aquellos vocacionales que forman larguísimas hileras sólo para darse un capricho

No recuerdo en qué momento nos acostumbramos a las colas kilométricas. Tal vez fue durante la pandemia, cuando a la puerta del súper había cincuenta personas muy apartadas entre sí, aguardando su turno para entrar. Era una situación insólita y aquella disciplina castrense nos pareció entonces excepcional y lógica. Pero el caso es que, cinco años después y sin rastro de emergencia mundial a la vista, nos encontramos con esas mismas cincuenta personas delante de nosotros en la fila para comprar el pan y lo asumimos como si fuese el orden natural de las cosas.

En los tiempos del comercio online aceptamos sin rechistar la espera eterna. En el ultramarinos de la esquina nos dejan media hora en barbecho en una curva humana que da la vuelta a la manzana simplemente para comprar un kilo de patatas de Coristanco. Hay colas para todo y para todos. Para los viajes del Imserso, para los conciertos del Coliseum, para el taxi, para el bar de moda y hasta para el chiringuito más cutre de la costa atlántica. Hay que sacar número para que te atiendan en el ambulatorio, pero también en la frutería, la carnicería, la pescadería, la charcutería y todas las demás secciones del supermercado que riman con ía. Incluso hay lentas procesiones de matrimonios con carros atiborrados camino de las cajas para pagar.

Yo, que durante los ochenta devoré las novelas de Frederick Forsyth y las películas de espías, llegué a creer que en esto de la Guerra Fría íbamos ganando los buenos. Pensaba que el colapso final de la URSS nos había librado de esas colas soviéticas que definían, mucho mejor que cualquier otra atrocidad, en qué consiste un régimen totalitario. El tiempo era entonces propiedad del Kremlin y podía hacer lo que le diese la gana con las horas de sus ciudadanos. Por ejemplo, obligarlos a malgastar su existencia plantados en una fila. Esa idea de que la línea nos iguala a todos, porque la única regla es que el primero que entra es el primero que sale, no deja de ser la clásica equiparación comunista a la baja que pasa por alto todas las diferencias y matices que nos hacen interesantes.

Colas interminables en el día grande' del Imserso en Galicia - Europa Press

Moscú exportó el modelo de fila soviética a sus aliados y algunos lo acogieron con tanto entusiasmo que superaron la versión original. En Cuba, donde todo se lo toman con mucho humor y mucho arte, hicieron de la hilera algo a medio camino entre un velatorio y una verbena. Mientras aguardan su turno, los habaneros se inventan chistes. En uno de los más celebrados, un difunto llega al cielo y allí San Pedro le pregunta:

—¿Paraíso o Infierno?

—Donde haya menos cola.

En Cuba, a los profesionales de la ringlera les llaman coleros, mientras que aquí llamamos colista al último de la fila. Mis colistas y coleros favoritos son los que se apuntan voluntariamente a las colas innecesarias. Ahí es donde se pone a prueba si su vocación es genuina. La hilera voluntaria, para entendernos, es aquella donde no te juegas la supervivencia. La aglomeración del ambulatorio o del súper es a vida o muerte, pero la espera inacabable frente a las heladerías de la Marina sólo la resiste el que quiere darse un capricho.

En Coruña acabamos de despedir la cola del roscón de Glaccé, una de esas alineaciones de voluntarios que yo nunca acabé de entender. Cuando cada Navidad veía aquella procesión de fans del azúcar dando vueltas y más vueltas por Juan Flórez y la plaza de Vigo, siempre me preguntaba: ¿para esto ganamos la Guerra Fría?

Claro que seguramente yo esté equivocado. Tal vez seamos un país de colistas vocacionales. Al fin y al cabo, nuestra cultura siempre ha estado en algún punto intermedio entre el piano de cola y la bata de cola.