Atlantic CityLuís Pousa

Samaín versus Halloween

Lo único celta que queda por estos pagos es un equipo de fútbol y el festival de Ortigueira. Ya ni siquiera se fuman Celtas, que eran la versión ibérica de los Gauloises franceses

Cada año por estas fechas se repite el mismo pulso. Del otro lado del Atlántico nos llega, vía Hollywood, la celebración de Halloween con toda su parafernalia de calaveras de plástico, sangre postiza y brujas de AliExpress. Para que la víspera de Todos los Santos se parezca más al festejo yanqui, incluso hay chavales coruñeses que la tarde de autos abandonan la ciudad para ir de puerta en puerta por los adosados de Oleiros, exigiendo caramelos y repitiendo la letanía:

— ¿Truco o trato?

—Niño, circula, que esto no es California.

Disfrazar a Oleiros de California es como cuando, en la noche de marras, en ET le ponen al extraterrestre una sábana encima para llevarlo de paseo por la urbanización en plan fantasma. En el caso de Oleiros, no hay marcianos a la vista, salvo el Che Guevara que el alcalde plantó hace años en una rotonda.

Cada otoño, frente a los adoradores del Halloween Made in USA, en Galicia se levantan en armas los devotos del Samaín. Arguyen que, muchos siglos antes de que Colón plantase un pie en América, en esta esquina del mundo ya se celebraba un jolgorio con vino nuevo, calabazas y collares de castañas. A eso mismo, en mi calle, de toda la vida del Señor, se le llamaba magosto. En cada barrio y en cada aldea había un magosto que montaban los vecinos con mucho cariño, pero un día llegaron los filólogos y levantaron el dedo de reñir para sermonearnos:

—No se dice magosto, sino Samaín.

—¿Samaqué?

— Samaín, del gaélico Samhain.

— Acabáramos.

Al final, lo de llamar Samaín al magosto es la enésima resurrección del espíritu celta que habita en Galicia desde tiempo inmemorial. Tan inmemorial, que nadie lo recuerda. Lo único celta que queda por estos pagos es el equipo de fútbol de Vigo y el festival de Ortigueira. Ya ni siquiera se fuman Celtas, que eran la versión ibérica de los Gauloises franceses. En la Rayuela de Julio Cortázar se pasaban el día fumando Gauloises, pero en la literatura gallega, que yo sepa, a nadie le dio por poner a sus personajes a ventilar Celtas.

Calabazas de Halloween

Pero más allá de estas pequeñeces, de si fue primero el huevo autóctono del Samaín o la gallina yanqui del Halloween, este sábado se celebra Todos los Santos y, el domingo, los fieles Difuntos, que en México bautizan con su delicioso español de las Américas como el Día de los Muertos (o Muertitos).

Cuando escucho a los mexicanos hablar con tanta devoción de sus muertitos, con los que cada 2 de noviembre comparten en el cementerio sus bebidas y comidas favoritas, recuerdo el amor solemne con el que este fin de semana los gallegos visitarán a los suyos en cada pequeño camposanto del país. Y, aunque en principio parezca algo de otro mundo, también me viene a la memoria una serie israelí titulada Shtisel, en la que se cuentan las andanzas de una familia judía que vive aislada del mundo occidental en su barrio de Jerusalén —sin Internet ni móviles—, pero a la que en realidad acucian los mismos problemas y pesares que a un matrimonio del Ventorrillo.

Una de las protagonistas, viuda por duplicado, prepara cada tarde la cena para sus maridos difuntos. Los ausentes se aparecen, sin faltar una sola noche, para hablar y recordar mientras saborean sus platos. Siempre pensé que esas apariciones ambientadas en un Jerusalén casi distópico podrían darse, sin un gran giro del guion, en cualquier cocina de Galicia, donde la presencia de los que ya no están es exactamente igual de poderosa.

Con todo este rodeo quiero decir que me da un poco igual si Halloween es una fiesta de ida y vuelta, que primero mandamos a América y que ellos ahora nos devuelven algo tuneada. Me interesa mucho más que una idea tan gallega como sentarse a comer con los difuntos se dé también en lugares tan dispares como Cuernavaca o Jerusalén. Tampoco se me ocurre una razón mejor para volver al mundo de los vivos —aunque solo sea durante unas horas que la gastronomía. Supongo que es una de las cosas que más se echan de menos del otro lado de la existencia.