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Lady Stanhope en el jardín de San Carlos

Como la realidad nunca le parecía suficiente, Álvaro Cunqueiro decidió regalarnos a los coruñeses la leyenda de un fantasma que, cada enero, visita la tumba de sir John Moore

Muchos años antes de que los gurús de la tecnología nos vendiesen sus sofisticadas capas y filtros para las imágenes del móvil, Álvaro Cunqueiro ya había descubierto la realidad aumentada. Al escritor de Mondoñedo no le bastaba la realidad real, así que la agarraba por las orejas, la metía en su marmita y luego le iba añadiendo aderezos a su gusto mientras la cocinaba a fuego lento. En las capillas del arte actual llaman a eso pintura expandida, una corriente contemporánea que crea cuadros que se salen del cuadro. Son obras que desbordan el marco y se desparraman por las paredes de las galerías y los museos.

A Cunqueiro le pasaba un poco lo mismo. Se salía de los marcos del universo cotidiano, que le parecía soso y gris. Era como esos personajes de dibujos animados de Tex Avery que, en medio de una persecución, a veces se iban fuera del fotograma y se quedaban durante un instante al otro lado de la película.

Por todo esto, don Álvaro cultivaba un periodismo literario que por momentos también se largaba fuera del fotograma. Los más prosaicos dirían que se inventaba las cosas, pero yo creo que estaba armando su realidad aumentada mucho antes de que la misma genialidad se les ocurriese a los sabios de Silicon Valley. El problema de acertar antes de tiempo es que los de California se hicieron multimillonarios, mientras que Cunqueiro tuvo que seguir tecleando hasta el final para ganarse la vida.

A estos sobremundos expandidos de don Álvaro les debemos, por ejemplo, la leyenda del albariño. Según su relato, la primera cepa de esta variedad había llegado al monasterio de Armenteira en las alforjas de unos monjes que peregrinaban a Santiago. Allí se plantó esa uva de Riesling, originaria de las orillas del Rin. En sus crónicas, los monjes unas veces eran alemanes y otras, franceses. En ocasiones eran cistercienses y, en otras variantes de la historia, de la orden de Cluny. Una patraña. Pero qué patraña más hermosa.

Jardín de San Carlos

Así se las gastaba Cunqueiro, que, puestos a fabular, un día decidió regalarnos a los coruñeses la leyenda del fantasma de Lady Hester Stanhope.

El escritor de Mondoñedo, acompañado en esa misión por el pintor José María Kaydeda, se fue un día al jardín de San Carlos a visitar la tumba del general sir John Moore, fallecido en 1809 en la batalla de Elviña. Y allí soñó que cada 16 de enero, en el aniversario de la muerte de Moore, se aparecía junto a su cripta el espectro de Lady Stanhope, una dama británica enamorada del héroe de Elviña (en esto del amor sí hay una pizca de realidad).

Durante sus estancias en la ciudad, si las cenas y las sobremesas se alargaban lo suficiente, Cunqueiro arrastraba a sus compañeros de tertulia hasta las puertas del jardín de San Carlos, donde los convencía para aguardar emboscados la aparición de Lady Stanhope. Con frecuencia, el entusiasmo etílico y la niebla obraban el milagro y la aguerrida guardia nocturna avistaba entre los olmos el fantasma de una mujer muy alta y muy blanca, reconocible —como todos los miembros de la familia Pitt— por su poderosa nariz.

Ayer, como cada 16 de enero, me acerqué al jardín de San Carlos y esperé entre los setos por su fantasma. Allí recordé cómo contaba Cunqueiro que, en Antioquía, Lady Stanhope acostumbraba a comprar sueños a un ciego iraní. Fabulaba don Álvaro con la idea de que la dama pagase al sabio para poder soñar con este rincón de Coruña. Y entonces descubrí una silueta que se escabullía entre los parterres. Cuando me asomé a la calle Tinajas, Lady Stanhope ya había vuelto al otro lado de las cosas. Pero entre las ramas de los últimos olmos del jardín había quedado prendido el sueño de una mañana de enero en San Carlos.