El vendaval de Picasso
Durante su etapa coruñesa, el artista adolescente entendió que en esta esquina del mundo vivimos en el alambre y que resulta milagroso que las tempestades todavía no hayan borrado la ciudad del mapa
Uno de mis lugares favoritos de Coruña es el Museo Picasso de Barcelona. Cuando uno entra, al principio todavía cree que está en la capital catalana, pero al abrir bien los ojos enseguida se da cuenta de que, en el interior de esas salas, hay un paseo con vistas a la Torre de Hércules y al antiguo molino de la Gramela.
Son las obras que el adolescente Pablo Ruiz Picasso pintó entre 1891 y 1895 —los años cruciales que vivió con su familia en esta ciudad— y que siempre conservó en su colección personal. Nunca quiso vender esa parte fundacional de su existencia, de la que lo sabemos casi todo gracias a las indagaciones de mi querido Rubén Ventureira.
Recordé al Picasso coruñés el otro día, en la rotonda del Hotel Palace de Madrid. Durante la sobremesa de la gala del Premio Camba, me senté bajo la famosa cúpula acristalada a charlar con mi amigo Miguel-Anxo Murado. Me contaba que acababan de restaurar a fondo los vidrios de la bóveda y que, durante la guerra civil, los cirujanos operaban donde ahora se encuentra la cafetería porque, en medio de los bombardeos y los apagones, esa era la mejor luz de Madrid. En la conversación apareció de forma natural José Luis Garci —no en persona, sino su nombre—, porque de mozo había sido botones en el hotel, y ambos coincidimos en que el cineasta es un formidable articulista. Sus textos tienen el punto exacto de cultura, levedad, inteligencia y provocación que me gusta paladear.
Dándole vueltas al hecho de que un director de cine sea uno de los mejores columnistas del país, mi cabeza saltó a Dalí, un pintor que también era un extraordinario escritor. Y, de la mano de Dalí, emergió Picasso entre mis neuronas. Se asomó como el niño travieso de ojos asombrados que nunca dejó de ser. Desde luego, la literatura no era lo suyo. Le bastaba con haber cambiado un par de veces la historia del arte. Pero, a pesar de esa falta de voluntad y estilo literario, en ciertas ocasiones clavaba sus frases en el centro de la diana.
Un hombre pasea por La Coruña durante el paso de la borrasca Joseph
Pensé en esos fascinantes cuadernos, titulados Azul y Blanco, que dibujó durante su etapa coruñesa. Convertía en caricatura cualquier escena que veía por la calle y añadía al pie unas líneas. En una de esas estampas urbanas que captaba a vuelapluma, Picasso retrató con precisión cómo sobrevivimos aquí a esa larguísima mitad del año que llamamos otoño-invierno.
En el dibujo, se ve a un hombre tratando de cubrirse con el paraguas de la clásica lluvia coruñesa en diagonal. A su lado, una señora intenta que el viento huracanado no le levante las faldas y, al fondo, los sombreros vuelan por los aires mientras otro paisano se aferra a un paraguas que el vendaval ha puesto del revés.
La escena está fechada en octubre de 1894. En los dibujos coruñeses de Picasso la gente no vestía de Zara, sino como en una novela de Pardo Bazán. Pero el aguacero y el ventarrón son los mismos que llevan azotando esta esquina del mundo desde el Génesis.
Cuando estos días nos pasan por encima, una tras otra, esas dichosas borrascas de nombre exótico —Harry, Ingrid, Joseph y las que seguramente ya aguardan su turno en Terranova para lanzarse a degüello sobre nosotros— recuerdo la frase garabateada por Picasso bajo esos trazos: «También ha empezado el viento, que continuará hasta que no haya Coruña».
Afortunadamente aquellas galernas no lograron borrarnos del mapa y todavía hay Coruña. Pero aquel Picasso que acababa de cumplir 13 años entendió mejor que nadie que lo nuestro es vivir en el alambre y que, cualquier invierno de estos, las tempestades descosen nuestra pequeña península del resto de Europa y Atlantic City se larga mar adentro. Tal vez el cielo tiene por costumbre desplomarse sobre nuestras cabezas —con su lluvia majestuosa y sus soplidos oceánicos— porque la ciudad, de mayor, quiere ser una isla.