Ahora que se ha puesto de moda otra vez Cuatro Caminos, los que ya estábamos aquí nos saludamos con una sonrisa al vernos en el semáforo del Bingo. Recordamos los tiempos duros, cuando, al anochecer, Alcalde Marchesi se convertía en una parodia cutre de un capítulo perdido de The Walking Dead. Al apagarse las luces de las ventanas, se asomaba a la calle peatonal una hilera de yonquis tambaleantes en busca de un portal donde guarecerse para sus chutes o de un paseante despistado al que dar el palo.

Los que sobrevivimos a eso y todavía insistimos en ir a Alcalde Marchesi a comprar el pan nos reconocemos con solo mirarnos. Somos como esos perritos que se olisquean en la distancia y ya adivinan que se aproxima uno de los suyos. Bienvenidos sean los pisos de lujo reflotados y los bajos remodelados. Siempre habrá un sitio para los nuevos vecinos en la cola del Timón.

Al poco de mudarme, cuando tenía que explicar a un amigo mi nueva dirección, ponía mucho entusiasmo en dar los detalles de la ubicación. Lo mismo hablaba del final de la calle Castiñeiras de Abajo que de su principio. Mencionaba el cruce con Enrique Hervada y la antigua sede de Emalcsa. No faltaban las referencias a la hostelería, que no suelen fallar: que si el Rincón del Reino, que si el Berry. Y, en caso de que todavía hubiese dudas, ampliaba la perspectiva y citaba, en general, los jardines de Cuatro Caminos, la iglesia de San Pedro de Mezonzo o el viaducto de Alfonso Molina, que en ese punto sobrevuela con su apabullante tablero de hormigón un área de juegos —con su pista de patinaje y su cancha de baloncesto— y un socorrido aparcamiento de la zona azul. En ese momento llegaba de pronto una descripción inesperada de mi domicilio:

—¡Ah, vale! Debajo del puente.

De este modo, por ese afán tan humano de volar los matices con dinamita de brocha gorda, empecé a vivir bajo el paso elevado.

Viaducto de Alfonso Molina

La primera vez que lo escuché me acordé de Carpanta, uno de los grandes héroes de mi infancia. Para los que aprendimos a leer con los tebeos de Bruguera, ese personaje siempre hambriento del gran Escobar era uno de nuestros favoritos. Yo tenía un cariño especial por Rompetechos y Carpanta. Hoy se diría que eran disruptivos. O unos inadaptados. Los cursis los llamarían outsiders. A mí eran los que más me hacían reír con sus aventuras y —sobre todo— con sus desventuras.

Carpanta, que era un hijo de la durísima posguerra, sí que vivía debajo de un puente. El cauce habitualmente estaba seco, pero cuando tocaba aguacero y resucitaba el río, se tumbaba en una de esas colchonetas hinchables de la playa hasta que bajaba el caudal. Su casa era un arco con cortinas a modo de puerta. Estaba amueblado y hasta tenía teléfono. Lo único que escaseaba era la comida. El sueño de Carpanta era «mover el bigote» y estaba obsesionado con zamparse un pollo asado.

Las primeras historietas de Escobar iban regateando como podían la censura, porque en aquella España hambrienta no se podía decir que alguien pasaba hambre. Como mucho, tendría apetito. El dibujante salía en algún episodio. Por ejemplo, cuando Carpanta, desesperado, va a visitarlo para decirle que ya no puede más, que necesita engullir algo. Escobar le regala un gallo, pero, como en todas sus aventuras, al final el pobre no puede darse el festín prometido. En estas viñetas, que entonces nadie llamaba cómics, también salían el orondo Protasio y Valeria. Ahí descubrimos lo que era un triángulo amoroso: Valeria estaba enamorada de Carpanta, Protasio amaba a Valeria y a Carpanta solo le preocupaba la pitanza. Eran los amores difíciles del Pulgarcito.

Así que, desde que me acordé de mi querido Carpanta y su eterno sueño del pollo asado, cuando me preguntan dónde vivo, ya no le doy más vueltas al callejero ni a las coordenadas del GPS y lo resumo de un plumazo: debajo del puente.