Cubierta del libro publicado por el excomisario Luis Alberto

Entrevista a Luis Alberto García, excomisario en Bilbao

«No consigo superar el doloroso recuerdo de niños despedazados por las bombas de ETA»

El antiguo comisario conversa con El Debate sobre sus 43 años de lucha contra la banda terrorista, una cruda vivencia que plasma en su libro Memoria de perros y serpientes

Tras 43 años de servicio en las unidades operativas de la Jefatura Superior de Policía del País Vasco, Luis Alberto García (Bilbao, 1959), ya jubilado, ha decidido romper su silencio para saldar una «deuda moral» con quienes quedaron en el camino y con las familias que aún esperan que se haga justicia. En su libro, Memoria de perros y serpientes, el excomisario rescata del olvido los años de plomo y la barbarie de ETA.

Un trabajo (puede ser comprado por 15 euros de forma online en la editorial Diego Marín de Murcia) que no le resultó nada fácil sacar adelante. El autor tuvo que recurrir a la autoedición para romper un silencio impuesto, en gran medida, por el miedo que aún persiste en nuestros días a la hora de abordar la cruda realidad del terrorismo. Sobre todo ello, charla con El Debate con motivo de la presentación de su libro en La Coruña, organizada por los compañeros veteranos del norte en el Sporting Club Casino.

–El título de su libro, Memoria de perros y serpientes, no es casual, es una analogía...

–La izquierda abertzale, de la que, hasta 2018, ETA era vanguardia terrorista, denominaba txakurras (perros) a policías, guardias civiles, militares.. y txakurrada a Comisarías y Casas Cuartel. El hecho de que gran parte de los moradores de estas fueran mujeres y niños, les era indiferente. Una serpiente enroscada en un hacha, con el bietan jarrai debajo es el anagrama elegido por la banda terrorista. De ahí el título.

–¿Qué le llevó a escribir este libro?

–Con motivo de la emigración familiar, nací en Bilbao hace demasiados años. He servido en diferentes unidades operativas de la Jefatura Superior de la Policía del País Vasco durante 43 años y me jubilé hace aproximadamente un año, como comisario.
Al contemplar el estado actual de las cosas y echar también la vista atrás, asumí con dolor que ya nadie se acordaba de tanta sangre vertida, de tanto héroe anónimo asesinado, de tantos compañeros que quedaron en el camino.
Memoria de perros y serpientes quiere saldar, humildemente, una deuda moral y personal contraída con tanta víctima olvidada, por tanta injusticia por reparar.

–No ha tenido que ser nada fácil recordar aquellos años… ¿Ha servido este libro para cerrar heridas personales o para abrirlas de nuevo?

–Las heridas sufridas por una familia destrozada, por un compañero asesinado, por tantos niños que han crecido sin sus padres... son heridas que se graban en el alma, no cicatrizan jamás. 
Son como un dolor crónico, que se soporta desde el recuerdo emocionado y esperando que Dios les tenga reservado el mejor de los lugares.

–Escribir es un acto de soledad. ¿Hubo algún capítulo que tuvo que borrar o suavizar porque el dolor de recordarlo todavía era muy duro?

–Puede sonar pedante, pero, sinceramente, he escrito dejando lágrimas en el papel, sabedor incluso de que podía hacer revivir a alguna víctima un dolor que no ha cesado.
Pero sería injusto que las nuevas generaciones desconozcan la barbarie ejercida, durante cincuenta años, por una banda de asesinos, cuya marca electoral esta a un paso de convertirse en la más votada de País Vasco.
En honor a los que se han quedado por el camino, lo más justo es intentar contar la verdad, que quizá no hemos estudiado en España como debiéramos, pero que muchos hemos padecido.

He escrito dejando lágrimas en el papel, sabedor incluso de que podía hacer revivir a alguna víctima un dolor que no ha cesado

–¿Cómo recuerda esos años de plomo? ¿Era posible llevar una vida normal fuera de la comisaría?

–Se consideran años del plomo a los inmediatamente posteriores a la amnistía general de 1977.
No quedó un preso de ETA en la cárcel y la banda terrorista lo agradeció matando más que nunca, las víctimas de su terror se acercaban al centenar cada año.
Era un País Vasco en blanco y negro, donde ETA imponía su terror a sangre y fuego.

Pero si era dura la vida de los miembros de los CFSE, militares, empresarios y otros vascos que querían a España, imagínese la de sus familias, las «lapas» en los coches, los paquetes bomba, los artefactos explosivos de todo tipo no tenían ojos y podían llevarse por delante a cualquiera.
Para hacer más insoportable la convivencia, se diseñó un interesado apartheid, cualquier relación con un potencial objetivo de ETA, podía convertirte a ti también en víctima de la banda.
Las pobres víctimas soportaron heroicamente el terror y la soledad.

–¿Cuál es el episodio más duro que recuerda de su carrera en esta lucha?

–Después de todo lo que he visto, me es imposible establecer un ranquin, entre tanto terror, entre tanta barbarie. Pero sí le puedo decir que aún no consigo superar el doloroso recuerdo de niños despedazados por artefactos explosivos, niños de corta edad que vieron asesinar a sus padres o que lloraban desconsoladamente en sus entierros. Quizá porque uno es padre, quizá por la inocencia de los niños, quizá por su indefensión. La violencia sufrida por los más pequeños es algo que nunca olvidaré.

–Vivió un terrorífico momento en el que matar a un policía era 'gratis'. ¿Cómo gestionaban los agentes ese miedo diario?

–Nunca creo que haya salido gratis asesinar a un miembro de los CFSE, la brillante actuación de estos a lo largo del tiempo hizo que la población reclusa etarra se acercara a los 800 presos. Lo triste es que hoy en día se están concediendo beneficios penitenciarios sin las exigencias mínimas de cualquier democracia occidental, ante cualquier grupo criminal organizado. Ni piden perdón. Ni muestran arrepentimiento. Ni colaboran con la justicia. Ni existe el resarcimiento para con las víctimas que figuraba en sus condenas.

Se están concediendo beneficios penitenciarios sin las exigencias mínimas de cualquier democracia occidental

–¿Qué era más duro: la amenaza de la serpiente o el silencio cómplice de una sociedad que miraba hacia otro lado?

–La amenaza de la serpiente y el evidente apartheid sufrido por las potenciales víctimas de ETA es indisoluble. La sociedad vasca paralizada por el miedo, durante tantos años, evitaba cualquier contacto con estas, ante el riesgo de ser tachada de colaboradora o favorecedora de los servidores de España en el País Vasco, por eso se miraba para otro lado y se acuñó el «algo habrá hecho» para justificar asesinatos de la banda.

–¿Qué relatos históricos han sido consolidados y cuáles han sido desplazados por intereses políticos?

–Hay un sinfín de falsedades que, a base de repetidas, se han convertido en dogmas para la juventud vasca y que les dirigen a votar a la marca electoral de ETA. ETA cometió 40 asesinatos durante el franquismo y más de 800 en democracia. En la banda no se podía disentir ni abandonar, estas actitudes se pagaban con la vida. Como le ocurrió a Yoyes o a Pertur. Son antiguos presos de ETA y no víctimas pertenecientes a los CFSE los que dan charlas en Colegios del País Vasco, sobre lo que la Consejería de Educación llama «el conflicto Vasco», no terrorismo puro y duro.

–¿La batalla por la narrativa está perdida? ¿Cree que estamos en una sociedad anestesiada que prefiere no recordar?

–La batalla por el relato se está desarrollando, pero, desgraciadamente, en la actualidad y en el País Vasco, estamos perdiendo por goleada, aunque se puede remontar. Su gremio y los educadores son imprescindibles para ello. Y cada uno, en la medida de sus posibilidades, tiene que aportar sus vivencias, lo que vio, sintió y padeció, en una tierra que aún no ha superado el miedo ni los prejuicios.

La batalla por el relato se está desarrollando, pero, desgraciadamente, en la actualidad y en el País Vasco, estamos perdiendo por goleada

–¿Llegará algún momento en el que se pueda decir que se ha hecho justicia?

–Se podrá decir que se ha hecho justicia cuando se cumplan los presupuestos que describí en una pregunta anterior: solicitud de perdón, arrepentimiento por el terrible daño causado, resarcimiento a las víctimas y colaboración por esclarecer las más de 300 acciones de ETA sin autor conocido.

Habrá justicia también el día que los más de 200.000 vascos que abandonaron el País Vasco, debido al terrorismo y la violencia, puedan regresar a casa sin ningún riesgo para ellos o para sus familias y sin que les hagan la vida imposible.

–Como hombre de ley, ¿qué siente al ver que hoy forman parte del poder y son actores determinantes en la gobernabilidad del Estado que usted juró defender?

–Una tristeza y una melancolía imposible de describir al comprobar que nunca tanto terror se blanqueó en tampoco tiempo.