Se nos ha muerto Rafael Amador. Me enteré por mi amigo Rafa, que me envió un mensaje mañanero y sin tapujos. Uno de esos pases directos al pie:

—Nunca olvidaré ese concierto al que no fui.

Fue un espectáculo tan descomunal que lo recuerdan incluso los que no estuvieron allí. Frontón de Riazor, verano de 1988. Actuación estratosférica de unos Pata Negra en estado de levitación.

Mucho antes de todo eso, Rafael se juntó con su hermano Raimundo y Kiko para formar Veneno. El problema es que el mundo no estaba preparado para su genialidad y nadie entendió entonces aquella pócima de rock y flamenco. Habían acertado demasiado pronto con su mestizaje. Tuvieron que entregar los instrumentos y disolverse.

Kiko siguió su andadura y Raimundo y Rafael renacieron en un mano a mano glorioso con Pata Negra, donde reinventaron su fusión con álbumes memorables como Guitarras callejeras y Blues de la frontera.

Eran los hijos descarriados de Camarón y en aquellos ochenta de pop blandengue —Dios tenga en su gloria al Fary, que ya nos advirtió del peligro de los hombres blanditos— dinamitaron nuestros cráneos con su orgía guitarrera y su cante gitano. Los chavales que llevábamos demasiado tiempo soportando la lista amañada y empalagosa de Los 40 Principales recibimos aquellos discos con la misma gratitud que debieron mostrar los partisanos a las tropas aliadas cuando el desembarco de Normandía. Aquellos tipos venían a salvarnos.

Sé que resulta difícil comprenderlo. Ahora muchas grandes giras hacen escala en el Coliseum y la discografía universal está a tiro de teclado en el móvil. Pero en los ochenta, con solo 17 años, las opciones eran algo más limitadas y artesanales: grabar canciones de la radio, ir a casa de un colega a gorronearle los vinilos, pasarte por Portobello para fundirte la paga semanal y —muy de vez en cuando— escuchar música en directo. Por eso el anuncio de la actuación de Pata Negra en Riazor nos sonó a advenimiento. Había que estar allí.

Rafael Amador en la cubierta de 'Pasa la vida', de Pata Negra

Los hermanos Amador seguían embarcados en la gira de presentación de Blues de la frontera. Su idea de interpretar en directo el disco consistía en volar el álbum por los aires para luego reconstruirlo ante los espectadores en una versión que solo se oiría en ese lugar y en ese momento. Más que una improvisación, lo suyo era jugar a la ruleta rusa.

Veo de nuevo aquel recinto tomado por una nube de humo impenetrable —en los ochenta se fumaba de todo y en todas partes— y por un público variopinto, que navegaba entre el pasmo y la veneración. Raimundo y Rafael se pasaron todo el concierto entrando y saliendo del escenario, en una especie de huida permanente a los camerinos de la que regresaban redimidos para volver a incendiar las cuerdas. Lo que pasó aquella noche entre bastidores daría para una peli de Eloy de la Iglesia.

El espectáculo de los Pata Negra era como soltar a Jimi Hendrix en la calle Betis y luego escuchar a escondidas a qué sonaba el experimento. A esas guitarras desbocadas no había quien les colgara una etiqueta. Una vez le pidieron a Raimundo una definición y se inventó sobre la marcha un nuevo género musical:

—Nosotros no tocamos flamenco, ni tocamos blues. Tocamos lo que nos sale de dentro. Si quieres, llámalo blueslería.

Lo que les salía de dentro a Raimundo y Rafael era un puro desgarro. Y a la hora de tocar desde el desgarro da lo mismo criarte en el delta del Misisipi que en Las Tres Mil Viviendas de Sevilla.

Se nos ha ido Rafael Amador. Recuerdo cómo sonaba Blues de la frontera en Riazor. Me hubiese quedado a vivir en uno de aquellos solos de guitarra.