Es nuestro auténtico Martes Santo. En Coruña, cuando estrenamos año, lo primero que miramos en el calendario es cuándo cae el Carnaval. Media un abismo entre disfrazarse a mediados de febrero y hacerlo a principios de marzo. Que se lo cuenten a Alvarito —leyenda de los choqueiros coruñeses—, que un Entroido se vistió de Pamela Anderson en Los vigilantes de la playa. Peluca rubia. Bañador rojo ceñido. Las arrobas desbordando la licra. Hasta llevaba su tabla de socorrista. Estaba listo para lanzarse a las aguas bravas del Orzán en auxilio de los bañistas en apuros. Pero nadie lo rescataba a él del viento helado que subía desde Zalaeta. Menos mal que entonces todavía estaba abierto el Romay en la esquina donde luego hubo una sucursal bancaria y ahora ya no sé qué hay. Así que Alvarito se pasó la tarde entrando y saliendo del Romay para reponer combustible y no acabar ultracongelado.

En cuanto localizamos el martes de Entroido en el almanaque, los coruñeses ya empezamos a pensar qué nos vamos a poner ese día. Ya sé que la improvisación del disfraz es la esencia misma del choqueiro. Pero, al contrario de lo que creen algunos, improvisar es algo muy serio que no se puede dejar para el último momento.

Así que, cuando llega nuestro martes sagrado, nos vamos a la Torre a procesionar cuesta abajo entre Santo Tomás y la estatua de Porlier. Algunos viven en Coruña y todavía no saben que no es lo mismo bajar la calle de la Torre que subirla. Subir la puede subir cualquiera, cualquier día del año y de cualquier forma. Pero bajar la calle de la Torre es una liturgia para la que nos vamos entrenando toda la vida.

Varias personas disfrazadas durante la celebración del Domingo de EntroidoEuropa Press

No sé si al final de nuestra existencia llegamos a aprender el arte del descenso, pero cada martes de Carnaval regresamos allí para sumarnos a este ritual heterodoxo y descabellado junto a los Kilomberos, Monte Alto a Cien, Os Maracos y los miles de choqueiros anónimos que son el alma de nuestro pequeño sambódromo.

La bajada se puede emprender allá en La Parra, donde gira el 7 hacia Santo Tomás. Incluso se puede arrancar en el Campo de Marte. Pero la pendiente solo tiene un destino: la esquina de la Torre y San José. Es nuestro memorial de Arlington. Allí hay que detenerse a rezar un responso y leer las placas de los héroes del Entroido coruñés: César San José, Wences, Alvarito, Finita, la Paca y toda la tribu choqueira. Es un humilde recuerdo a los gigantes del barrio. Adivinen quién ganó el pulso entre Monte Alto y el Boletín Oficial del Estado en los tiempos de la prohibición. Exacto. La Torre no se rinde nunca.

Pero antes de alcanzar ese vértice cósmico, uno va recorriendo la cuesta con parsimonia, recitando el nombre de cada rincón —los que están y, sobre todo, los que ya no están—: la fábrica de paraguas Carballo, la parroquia de Santo Tomás, la droguería y Casa Odilo, donde la tele estaba colocada en una especie de altillo y el mando a distancia era un palo con el que se pulsaban los botones del aparato para cambiar de cadena. Cuando la realidad era algo que podías tocar, pasaban cosas así todo el rato.

Cada Entroido, al hacer recuento de los portales perdidos y resucitados de esta vía única, entendemos al fin qué quiso decir Roberto Bolaño cuando escribió aquello de «cada cien metros, cambia el mundo». En la Torre, hay días en que el mundo cambia cien veces en un solo metro.

Donde el universo no cambia nunca es en la esquina de San José. Cada martes de Carnaval, el descenso solo tiene un objetivo: alcanzar ese cruce y ser redimido un año más por esta Coruña empedernida y multitudinaria. Así que, al caer la tarde, desembarco al fin en el núcleo atómico del Carnaval coruñés y me planto frente al bajo del número 10, donde vivió mi abuela Luisa. De ella heredé el nombre, una válvula bicúspide y este amor incorregible por la calle de la Torre.