Atlantic CityLuís Pousa

El oro del azul del cielo

En cuanto hemos visto dos rayos de sol, nos hemos echado a las aceras para confirmar que, nueve temporales después, la bóveda celeste seguía en su sitio

Cuando yo era niño, había en Peruleiro un señor muy enjuto, muy moreno, y que fumaba mucho. Tenía un Seiscientos que usaba a modo de taxi sin ser exactamente un taxi de los de taxímetro y escudo municipal. Aunque entonces no lo sabíamos, aquel diminuto utilitario color crema se había adelantado varias décadas a Uber y Bolt. Su Seat fue un VTC cuando en las casas solo había un teléfono fijo en el pasillo y para llamar desde la calle había que buscar una cabina.

Aquel buen hombre, al que todos conocíamos en el barrio como El Cubanito, añoraba los horizontes diáfanos de La Habana. Se paraba en la esquina de Sanidad, donde todavía había un quiosco, y, entre calada y calada, miraba a lo alto y nos preguntaba muy serio:

—¿Pero ustedes los gallegos dónde han escondido el cielo?

Bajo el humo denso del tabaco negro de El Cubanito, que buscaba en vano un pedazo de azul entre los nubarrones que se desplomaban sobre Riazor, comprendimos cómo sangraba esa morriña de la que nos hablaban nuestros parientes emigrados.

Aquel gris inmenso era nuestro paisaje nativo. No acabábamos de entender que el cielo de verdad quedaba al otro lado de las nubes porque, para nosotros, el cielo era una cosa con nubes.

EL IDEAL GALLEGO

Después de 42 días de aguaceros en Coruña —el diluvio universal apenas duró 40 jornadas—, he vuelto a pensar en El Cubanito y su Seiscientos. Si todavía estuviese entre nosotros, se detendría de nuevo en la esquina de Sanidad —donde ya no está Sanidad, ni tampoco el quiosco—, miraría hacia arriba y, después de pegar una calada profunda a su Ducados, nos preguntaría una vez más:

—¿Pero dónde han puesto el cielo?

En otros tiempos, para aportar algo de poesía a las predicciones meteorológicas, en los periódicos se escribían cosas así: «Las capas de nubes mantendrán el cielo invisible durante todo el día». Ese cielo invisible explica mejor que cualquier foto del Meteosat por qué en Galicia, cuando el médico nos manda al ambulatorio a hacer un análisis de sangre, la vitamina D no es que salga baja: es que quedamos a deber.

El otro día, cuando por fin nos libramos de la última borrasca con nombre de la temporada —empezamos con Goretti y acabamos con Pedro—, me sorprendí a mí mismo mirando a lo alto, como si fuese El Cubanito en el cruce de Peruleiro con Gregorio Hernández. Tuve que entrecerrar los ojos porque había algo extraño allí arriba que amenazaba con cegarme.

Entre las nubes deshilachadas había un trocito de azul. E incluso asomaban unos rayos de sol sobre la acera. En cada rayo se tumbó enseguida un gato. Y entonces me di cuenta de que llevaba casi dos meses sin ver a los mininos callejeros. Habían sido engullidos por los mismos espectros grises que nos habían dejado tantas semanas sin firmamento.

Nos hemos quedado a solo dos días de batir el récord de lluvias ininterrumpidas desde que hay registros. No sé en Coruña, pero cuando estudiaba en Santiago creo recordar que hubo cursos en que agarraba el paraguas en octubre y no lo soltaba hasta mayo. Sospecho que, cuando aquel lío de la capitalidad, en Compostela también decidieron quedarse con la capital de la lluvia. Pero por eso sí que no vamos a discutir.

Como tenemos alma de gatos callejeros, en cuanto hemos visto dos rayos de sol, los coruñeses también nos hemos echado a las aceras para confirmar que, nueve temporales después, la bóveda celeste seguía en su sitio.

Porque el coruñés celebra un firmamento despejado casi con tanto fervor como un gol del Dépor. Su éxtasis consiste en esa felicidad absoluta y felina de poner la panza al sol. Pero yo creo que solo en Peruleiro —porque de niños nos lo enseñó El Cubanito— entendemos por qué el gran Miró tituló uno de sus más bellos cuadros El oro del azul del cielo.