Atlantic CityLuís Pousa

Las seis mil pesetas de Cañita

Hay tardes en las que uno no está para trilogías de Kieslowski y necesita encerrarse en un patio de butacas con cien desconocidos para echarse unas risas

Amo el cine español, aunque sus militantes y sus chapitas en la solapa me aburren soberanamente. Adoro a Buñuel, Azcona, Berlanga, Garci y Erice. A José Luis López Vázquez, Chus Lampreave, Alfredo Landa, Fernando Fernán Gómez, Carmen Maura, Eusebio Poncela, José Sacristán, Saza, Pepe Isbert y Rafaela Aparicio. A María Casares en Los niños del Paraíso y a Fernando Rey en French Connection. Me gustan las pelis quinquis del Vaquilla y las elegantes adaptaciones de Wenceslao Fernández Flórez. Me van La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos de Toñito Blanco y los diálogos fulminantes de Martín Hache. Puedo pasar de Acción Mutante a Concha Velasco y Tony Leblanc sin pestañear.

Por todo eso soy muy fan de nuestro Cañita Brava y de la frase que resuena desde El brazo tonto de la ley:

—Torrente, me debes seis mil pesetas de whisky.

Será que amo el cine de barrio porque soy un niño de barrio. Y no entiendo la furia clasista y elitista que se desata contra Torrente cada vez que se estrena una nueva entrega de la saga del sabueso cañí.

Resulta cuando menos pintoresco escuchar a los guardianes de las esencias cinéfilas proclamando con voz engolada que Santiago Segura no es Orson Welles y que Torrente presidente no es Ciudadano Kane. La obviedad es tan enorme que amenaza con tapar el sol y hacer spoiler al dichoso eclipse de agosto (la turra que nos están dando con eso, santo cielo). Pero hay tardes en las que uno no está para trilogías de Kieslowski y necesita encerrarse en un patio de butacas con cien desconocidos para echarse unas risas. Se llama catarsis. Y la inventaron los sabios griegos hace muchos siglos mientras holgazaneaban en el ágora.

Hay quien viaja muy lejos en el tiempo y el espacio para buscar las explicaciones de esta deriva pija de la cultura española. Algunos la atribuyen a que en su día —en su siglo— se impuso el mester de clerecía sobre el mester de juglaría y a partir de ahí todo se torció. Otros alertan de una conjura woke urdida en las universidades anglosajonas contra las llamadas españoladas. Tal vez. Pero esos argumentos me suenan a matar moscas a cañonazos.

Cañita Brava, en la primera parte de Torrente

Sospecho que los aires de superioridad con los que algunos quieren dictar qué películas nos tienen que gustar —Sirat— y cuáles debemos detestar —Torrente presidente— no son más que una forma nada sutil de mirarnos por encima del hombro. Cuando escucho pontificar en las radios a ciertos críticos de morro fino me los imagino dando vueltas alrededor del micrófono con un botafumeiro para desterrar cualquier

aroma a cultura popular. Se llaman a sí mismos culturetas y no han leído a Umberto Eco (o peor todavía: lo han leído y no han entendido nada).

El problema no estriba en que nos obliguen a elegir entre la complejidad de una sinfonía de Mozart y la sencillez de una melodía de los Beatles. El problema es que no nos dejan repartir nuestro amor entre Mozart y los Beatles. Nos obligan a casarnos con Mozart y a ser monógamos. ¿Y qué habrá de malo en llevar a Mozart al altar y luego acostarse de vez en cuando con los Beatles?

Me niego a tener que escoger entre Víctor Erice y Alfredo Landa (en esta columna entendemos que el denostado landismo es un ismo más de las vanguardias). O a tomar partido entre Fernando Rey y Cañita Brava. Luis Alberto de Cuenca me enseñó hace muchos años que se puede levitar a la vez con las viñetas de Flash Gordon y los hexámetros de La Ilíada. Y más importante todavía: también me mostró que no hay que pedir perdón por dividir nuestros gozos entre Drácula y el Cantar del Mío Cid.

Por eso no veo ninguna contradicción —o sí, pero eso me hace muy feliz, porque la paradoja es la esencia misma que nos hace humanos— entre adorar las sutilezas de El sol del membrillo y desternillarme con las seis mil pesetas de whisky de Cañita Brava.