Atlantic CityLuís Pousa

Queremos tanto al Fabril

En las épocas duras, cuando los mayores nos mataban a disgustos, solo los chavales del filial nos devolvían la fe en la causa y mantenían vivo nuestro amor incurable al Deportivo

El Madrid cayó el miércoles en la Champions con un once titular en el que no había ni un solo jugador español. Matizo: Brahim nació en Málaga, cierto, pero ha elegido jugar con la selección de Marruecos y Luis de la Fuente no puede convocarlo. A efectos deportivos (no hablamos de pasaportes), es internacional marroquí. Era la primera vez en la historia de la Copa de Europa que los de Chamartín saltaban al césped con una escuadra sin candidatos a la selección nacional.

La noche anterior, el Barcelona había comparecido en el Metropolitano con nueve españoles. La alineación de Hansi Flick me recordó aquel titular grandioso que se publicó hace años en la crónica previa de un Madrid-Athletic: El único equipo con once españoles juega hoy en el Bernabéu. Se refería, claro, a la tradición que tenía entonces el club de Bilbao de alinear solo a futbolistas vascos y, a ser posible, vizcaínos. Una costumbre que, como les afeó esta semana el indómito Javier Clemente, se ha desdibujado con un repertorio de triquiñuelas que podrían hacer pasar a un ayatolá iraní por un alevín de Lezama.

Para algunos, el Madrid encarna el icono eterno de la españolidad —algo así como los Reyes Católicos, pero con quince Champions— y, para otros, el Barcelona es una especie de San Jorge secesionista en pugna con el dragón del Estado opresor. Pero la verdad es que, como símbolos, el Real y el Barça funcionan regular: el más español apenas es español y el más antiespañol es el más español.

Se preguntarán los lectores, con mucha razón, qué pinta esto en una columna coruñesa. Lo pinta todo. En primer lugar, porque si funcionan como Dios manda las velas que de aquí al final de la temporada vamos a ponerle en la Orden Tercera a San Judas Tadeo, pronto volveremos a María Pita a cantarle a Florentino y a Laporta aquello de Barça, Madrid, ya estamos aquí. La primera vez que lo entonamos, en 1991, se rieron mucho de nosotros y luego llegaron la Liga, el Centenariazo y todo lo demás.

FabrilDEPORTIVO

Y, segundo, porque entre esas dos concepciones del fútbol —el nacional o el de importación—, el Deportivo se ha aferrado felizmente al modelo de la cantera. Me dirán que a la fuerza ahorcan y que, tanto en Barcelona como en Coruña, se ha apostado todo al fútbol base porque las estrecheces económicas impiden los fichajes multimillonarios de otros tiempos. Es verosímil. Pero se ha hecho de la necesidad virtud. Y qué virtud.

Ahí tenemos a nuestro querido filial, que acaba de subir a Primera Federación, esa Segunda B en la que no hace tanto chapoteaba el primer equipo. Los muchachos de Manuel Pablo —uno de los héroes humildes de nuestra historia— dibujan un fútbol fabuloso que nos hace soñar con un doble ascenso esta temporada.

Al Fabril no lo consideramos únicamente un pozo de extracción de talento para el Deportivo. Para muchos de nosotros, que nos criamos yendo cada quince días a Riazor, de la mano de nuestro padre, a ver al filial desde la antigua Grada Elevada, el Fabril es el equipo al que más queremos. Incluso a veces, en esas épocas en que los mayores nos mataban a disgustos y a uno le daban ganas de lanzar la bufanda blanquiazul por la ventana para que le pasase por encima toda la Compañía de Tranvías, solo los chavales de Abegondo nos devolvían la fe en la causa y mantenían vivo nuestro amor incurable al Deportivo.

Por eso hay que mimar hasta la extenuación la idea misma de la cantera. Porque del Fabril nos enamora hasta su nombre industrial, que sabe a factoría y a barrio obrero, y que nos recuerda en todo momento quiénes somos y de dónde venimos. A dónde vamos ya lo dirá San Judas Tadeo, patrón de los imposibles y de los ascensos del Dépor.