Turismo de aventura
Quienes se van hasta Petra o las Maldivas en busca de experiencias únicas deberían probar las emociones que depara el viaje en tren entre Coruña y Vigo
Hay quien cree que el turismo masivo ha acabado con la emoción de viajar. Sostienen estos nostálgicos que el antiguo arte de moverse de un lugar a otro se ha vuelto rutinario y que nada nos asombra. Puede que ya no haya nada extraordinario en plantarse en las Maldivas o en Petra. Pero a estos viajeros empedernidos, que son capaces de bostezar hastiados en las favelas de Río de Janeiro, yo les aseguro que no necesitan irse a Kabul para buscar emociones fuertes. La verdadera conmoción les espera muy cerca.
A aquellos que todavía piensan que la gran peripecia de su vida consiste en cruzar a pie la frontera entre Corea del Sur y Corea del Norte, les propongo un plan mucho más excitante y a un solo paso de casa.
¿De verdad quiere usted sentir el subidón de adrenalina que experimentaban los pioneros cuando llegaban a un paraje del que todavía no había mapas? Póngase en manos de una revolucionaria agencia de viajes de autor. Ofrece travesías personalizadas, itinerarios únicos y trayectos que se improvisan sobre la marcha. Periplos en los que uno no sabe ni a qué hora va a salir, ni a dónde va a llegar, ni cuánto tiempo va a estar en el camino. Emoción a raudales por un módico precio.
Esta empresa disruptiva se llama Renfe. Y para revivir el entusiasmo de los antiguos exploradores ni siquiera hace falta enlazar con un transbordo para el Orient Express. La singladura de la que hablamos es de kilómetro cero, como el pan de Carral. Basta con comprar un billete de Coruña a Vigo. Una mañana cualquiera se planta uno en la estación de San Cristóbal con su pasaje en el bolsillo y empieza la odisea.
Un tren apeado en la estación de La Coruña
Lo primero que puede suceder es que no haya tren. Hay que reconocer que viajar en ferrocarril sin necesidad de pisar un ferrocarril resulta originalísimo. Pero en el tramo entre Coruña y Vigo esto empieza a ser ya una tradición. Uno llega a la terminal ferroviaria y descubre que, en lugar de tren, lo que le espera aparcado en doble fila para llevarlo a la estación de Urzaiz es un autobús. A algunos pasajeros no les parece bien que les den gato por liebre, pero yo creo que eso pasa porque no comprenden que esta es una forma de ir entrenando para cuando se inaugure la estación intermodal y podamos cambiar de medio de transporte con la misma facilidad que se cambia de pareja.
A menudo lo que ocurre es que hay tren, pero no hay maquinista. Puro vanguardismo. Nuestros convoyes ya están instalados en el futuro y no lo queremos reconocer. Si fuésemos gente de mente abierta veríamos con claridad que los directivos de Renfe se están adelantando incluso a esos Tesla que circulan solos por las avenidas de Los Ángeles.
Pero los pioneros siempre han sido unos incomprendidos y el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible tiene que soportar las quejas de algunos pasajeros ingratos, que se lamentan de que, cuando se obra el milagro, y coinciden sobre las vías una máquina y un maquinista, eso tampoco garantiza que el viaje se ajuste a los horarios oficiales. Los tiempos de salida y de llegada son más aleatorios que oficiales. Y por eso mismo el humilde trayecto del Eje Atlántico tiene algo de expedición al fin del mundo.
Deberíamos estar agradecidos. Uno aterriza en el andén con cara de lunes, dispuesto a quedar aplastado por la rutina como si viviésemos en uno de esos aburridos países donde todo funciona y la gente aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. Y en esto llega Óscar Puente y nos devuelve la fascinante incertidumbre de los grandes descubridores y sus andanzas. Ellos tampoco sabían cuándo iban a partir, ni cómo iban a viajar, ni mucho menos cuándo iban a regresar a casa. Así que, si quiere turismo de aventura, olvide la Polinesia y saque un billete de tren de Coruña a Vigo.