Han pasado unas horas desde el Día del Libro, pero todavía no estamos a salvo. Si uno intenta atravesar Méndez Núñez debe ser cauteloso. Detrás de los bustos y monumentos de los jardines se ocultan docenas de escritores coruñeses dispuestos a dedicarnos su última novela. Esta misma mañana tropecé con un joven autor agazapado detrás de Emilia Pardo Bazán.

—¿No quiere que le firme mi última obra?

—No, es que me estoy quitando, gracias.

—Cuando gane el premio Nobel recordará que rechazó mi autógrafo.

—Tendré que vivir con ello.

Doña Emilia, que observaba la escena con cara de guasa eterna, me regaló su sonrisa de piedra musgosa.

Pensarán que exagero. Pero al escrutar el padrón coruñés descubrimos que ya tenemos censados más escritores que caniches llamados Coco. Yo diría que incluso hay más literatos por metro cuadrado que caniches en general (incluso aquellos contados caniches que no se llaman Coco, si es que existe alguno).

Es cierto que este fenómeno coruñés se propaga últimamente por toda España —España es eso que los cursis llaman el Estado español—, pero en nuestra humilde esquina, que por muy esquinada que esté siempre ha sido una periferia muy leída y literaria, hemos llegado al punto crítico en que ya hay más novelistas que gente dispuesta a tragarse sus novelas.

Monumento de Emilia Pardo Bazán en La Coruña

¿Pero cómo puede haber más escritores que lectores? Se supone que todos los escritores son, en particular, lectores y algún lector habrá que no escriba. En esa premisa hay dos hipótesis y una de ellas es falsa. Es verdad que hay algún lector (bendito sea) que, por ahora, ha renunciado a la ambición de castigarnos con sus textos. Pero es de una ingenuidad pavorosa dar por hecho que todos aquellos que publican se toman la molestia de leer antes algún libro. Puedo nombrar a unos cuantos autores que se han lanzado de cabeza a la literatura, o sea, sin ese trámite imprescindible de haber digerido previamente los grandes clásicos de las letras universales.

Lo grave no es que escriban: el problema es que publican y sus criaturas inundan las librerías, los clubes de lectura y las reseñas infantiloides de ciertos periódicos, donde es más difícil encontrar un varapalo a un autor contemporáneo que tropezar con una columna que no parezca una redacción escolar.

Esta manía de escribir viene de antiguo. Pero ahora el virus se ha convertido en epidemia por culpa de los talleres de escritura, donde profesores y alumnos creen que en seis tardes se puede aprender a armar Guerra y paz; del ChatGPT, que echa una mano artificial al que nunca supo juntar palabras; de la jubilación masiva de los baby boomers, que se ven en la necesidad de contarnos sus cosas sin preguntarnos antes; y, last but not least, de la peste bubónica de la literatura contemporánea: la autoedición, que al prescindir del filtro de los sabios editores de otro tiempo arroja al mercado un aluvión de ejemplares incomestibles.

El personal está ahora mismo muy preocupado por la subida del precio de los huevos y los tomates. Lógico. A todos nos atormenta ir al súper y pasar por caja. Pero a mí más que la inflación causada por la crisis del Estrecho de Ormuz me angustia la inflación de escritores que se acumulan en la Estrecha de San Andrés con sus boinas y sus poses calculadas. Va a llegar un día en que no van a caber en la terraza del Café Universal y tendremos que montar una especie de reserva literaria en las afueras de la ciudad.

Sugiero instalarlos en el castro de Elviña. En esa intemperie prerromana podremos comprobar de qué pasta están hechos nuestros autores. Y hasta se podrían organizar visitas guiadas al poblado. Ya me imagino las colas de autobuses aguardando en la Marina para llevar al campamento a los pasajeros de los trasatlánticos. No hay dinero que pague ese selfi de un pálido crucerista de Minnesota junto al prosista autóctono aferrado a su último manuscrito.