Próxima estación: Wenceslao
La nueva intermodal coruñesa pide a gritos un padrino con sentido del humor. Y pocos entendieron mejor que Fernández Flórez el carácter incorregible de nuestros trenes
Me fascina la moda de renombrarlo todo. Con las obras eternas de la intermodal en marcha, se ha planteado retirar el cartel de San Cristóbal —el patrón de los viajeros, que circulaba en forma de imán en el Ford Fiesta de mi madre y, en general, en todos los utilitarios de los ochenta— para darle a la estación de ferrocarril un nombre más moderno.
No sé cuándo estrenaremos el nuevo apeadero. Soy uno de los sufridos pasajeros de los trenes del eje atlántico y mucho me temo que los aplazamientos perpetuos del monasterio de El Escorial eran una broma al lado de la burocracia artrítica de Adif y Renfe. Pero cuando llegue ese momento, a falta de un Felipe II que nos ilumine a la hora de bautizar el recinto, tendremos que estar listos para colgar un nombre sobre la entrada.
¿Cómo llamaremos a la intermodal coruñesa? Desde el Ayuntamiento han propuesto a la actriz María Casares. Nadie puede desear más que yo un homenaje a Vitoliña en nuestra ciudad. ¿Pero y si le dedicamos a María Casares el Teatro Colón y buscamos otras opciones para la estación?
Nos sobra banquillo para rebautizar la terminal ferroviaria. Ni siquiera necesitamos que tenga algo que ver con el arte de viajar. En Vigo le han puesto Álvaro Cunqueiro al nuevo hospital. Y, hasta donde yo sé, su única vinculación con la Medicina fueron las tardes ociosas en la botica de Mondoñedo y esa maravilla titulada Escola de Menciñeiros.
¿Qué hacemos entonces con la estación de Renfe? Además de María Casares, para nuestro fin del camino de hierro se me ocurren otras coruñesas ilustres como Juana de Vega, que aportaría su toque londinense a las vías, o Emilia Pardo Bazán, que al fin y al cabo también era una señora muy viajada. Algunos me dirán que doña Emilia le cae gorda a mucha gente, lo cual —además de una grosería— me parece políticamente muy incorrecto, aunque lo digan precisamente los apóstoles de la corrección política. No hay problema. Podemos sacarnos de la chistera a Salvador de Madariaga. Pocos vieron tanto mundo como él. Además, nuestro gran sabio hablaba siete idiomas. Unos cuantos más que los altavoces de Renfe, que a duras penas son trilingües.
Esto resulta más complejo que acertar la alineación del Dépor, aunque a lo mejor nos estamos liando y no deberíamos obsesionarnos con escoger a nuestro coruñés favorito —que puede ir desde Sofía Casanova a Amando de Ossorio—, sino tratar de encontrar el apellido más atinado para una terminal ferroviaria.
Dándole vueltas al manubrio de las meninges, cuando ya barajaba en mi cerebro las opciones monumentales de Hércules, María Pita, Sir John Moore y Djalminha —a ver quién osa poner pegas a nuestros grandes héroes—, me vino a la cabeza El hombre que compró un automóvil, de Wenceslao Fernández Flórez. Así narra WFF un glorioso viaje en ferrocarril desde Madrid a Galicia: «A todo esto, el tren había seguido admitiendo huéspedes. Eran ya tan numerosas las personas y los bultos en los pasillos, que una señora muy correcta, que iba en pie y que intentó dar a luz, no pudo conseguirlo porque verdaderamente no había sitio para un ser más, por pequeño que fuese».
¿Realismo mágico? Nada de eso. Hiperrealismo en vena. Con párrafos como este, uno se da cuenta de que, muy lejos de lo que nos gustaría creer, la realidad no imita al arte, sino al humor. Por eso nuestra estación pide a gritos un padrino que nos arranque una sonrisa nada más ver su nombre en la cartelería. Y si se trata de desvestir un santo —en este caso, literalmente a San Cristóbal— para vestir otro, yo me subo al convoy de nuestro adorado Fernández Flórez. Ya me parece estar oyendo esa voz metálica que, al aparecer el polígono de Pocomaco en la ventanilla, anunciará por megafonía: «Próxima estación, Wenceslao».