Todos los caminos llevan a Cuatro Caminos
Mañana regresaremos a la fuente donde, de tiempo en tiempo, remojamos nuestros títulos y nuestras resurrecciones
Este domingo volveremos a Cuatro Caminos a festejar el ascenso del Dépor a Primera. Coruña vibrará de nuevo con sus jugadores, que llevan toda la semana de gira de celebración —como el Never Ending Tour de Bob Dylan, pero con más hidratación y sesenta y pico años menos—, con un David Mella desatado y con un Zaka, el Percebeiro, enarbolando el banderín blanquiazul entre la foto de Iwo Jima y La libertad guiando al pueblo de Delacroix.
Hace una semana, cuando los muy cafeteros estábamos al pie de las aguas sagradas del deportivismo —solo que sin agua, porque el Ayuntamiento había cerrado el grifo—, los futbolistas no pudieron sumarse a la vuelta al ruedo porque el equipo llegó a las tantas de la madrugada desde Valladolid y ya no pasaron de Riazor, donde estaban la chavalada y la jarana (como debe ser). Pero mañana toca ceremonia oficial en la fuente donde, de tiempo en tiempo, remojamos nuestros títulos y nuestras resurrecciones.
Lo de festejar los triunfos en una fuente es una manía que importamos de los equipos de secano. El Madrid, por ejemplo, se sube a la Cibeles y el Atlético a Neptuno porque la capital no tiene mar y casi no tiene ni río. El Manzanares es un cauce entre afónico y agónico, por mucho que se empeñen los alcaldes en ponerle puentes y patos encima. Lo del Barça ya es más difícil de comprender, porque teniendo el Mediterráneo a tiro de zapatilla no se entiende muy bien qué pintan los blaugranas montando sus jolgorios en Canaletas.
Una de las cosas que más me sorprendió de Barcelona fue descubrir que Canaletas era una fuente para beber. No hay manera de encaramarse a ella, salvo que trepes a la farola que tiene adherida. Supongo que a los culés les dio por organizar ahí sus parrandas porque, al fin y al cabo, Canaletas queda a mano, justo en lo alto de las Ramblas, que antes de ser invadidas por las hordas de cruceristas con sombreros mexicanos eran un paseo entrañable. Ahora todo aquello parece una perpetua despedida de soltero.
Celebración de a afición del Dépor
Del Celta no sabemos muy bien dónde celebra sus cosas, porque hasta ahora no ha habido ocasión y, como mucho, se largan unos aplausos y un karaoke de discursos en Balaídos cuando mantienen la categoría o se clasifican para la UEFA (o como se llame ahora).
Pero dejemos a los abstemios de títulos con sus eternos ayunos y abstinencias, y volvamos al kilómetro cero de nuestras farras. Hemos regresado de entre los muertos. Venimos de unos años que son una peli de zombis de Amando de Ossorio. Hemos salido de una historia de ultratumba que hace que The Walking Dead parezca la hora del recreo en la guardería. Hubo un instante, cuando la pelotita estaba botando sobre la red y lo mismo podíamos volver a la vida que irnos de cabeza a Segunda Federación y al fin de los tiempos, en que el Dépor era algo así como Charlton Heston luchando él solo contra todos en El último hombre vivo.
Por eso digo que lo de mañana es, en gran medida, un Domingo de Resurrección. Hemos dejado atrás a los mutantes y a los zombis. Y hay que poner la ciudad patas arriba. Como cuando, ya muy avanzada la noche, cierra el Delicias y los camareros van colocando las sillas boca abajo sobre las mesas para fregar el suelo y luego ya las dejan así, dormidas del revés sobre los mármoles del café, hasta el día siguiente.
Cuando plantaron la Torre de Hércules en esta esquina del mapa, los muchachos de Trajano presumían de que todos los caminos llevaban a Roma. En Coruña —donde seguimos siendo más romanos que otra cosa y, en el fondo, hablamos un latín mal hablado— sabemos que, por mucho que se demore el viaje, todos los caminos llevan a Cuatro Caminos.