Atlantic CityLuís Pousa

Una estación demasiado provisional

Lo bueno es que no hace falta buscar temas debajo de las piedras, porque los temas y las piedras ya vuelan hacia la cabeza del columnista directamente desde el ministerio

Ya sé que me van a decir que soy un pelma. Siempre escribiendo sobre el dichoso ferrocarril. Como atenuante, puedo alegar en mi defensa que la mayoría de estas columnas las tecleo durante el viaje en tren de Coruña a Vigo. Hay artículos que liquido antes de llegar a Santiago. Otros se resisten hasta Pontevedra. Y algunos, los que se ponen remolones, no me salen hasta Arcade. En mi descargo, también diré que en Galicia llevamos desde los tiempos de Hércules lamentándonos de nuestras carencias ferroviarias.

Sé que me pongo pesado con esto de los caminos de hierro. Pero es que, con un ministro como Óscar Puente, uno se levanta por la mañana y ya tiene la columna lista. No hace falta buscar temas debajo de las piedras, porque los temas y las piedras ya vuelan hacia la cabeza del columnista directamente desde el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible. Lo último que nos ha regalado a los coruñeses don Óscar es el cierre de la estación provisional hasta el 10 de julio para acometer no sé qué obras.

Lo que me llama la atención de esta clausura es que yo, en mi ignorancia y mi inocencia, pensaba que la estación temporal se había construido precisamente para que esta terminal B funcionase con total normalidad mientras la terminal A se sometía a sus cirugías mayores y menores. Qué ingenuidad la mía. Cuando en Madrid decidieron llamar provisional al recinto nos estaban mandando un mensaje diáfano que no supimos ver.

La temporalidad se refería justo a esto que nos está pasando ahora: el apeadero es temporal porque unas veces funciona, y otras no. Es intermitente, como los pimientos de Padrón, pero con el aderezo de las imprevisibles Adif y Renfe. Aseguran que son dos empresas distintas, pero para mí que lo suyo es como aquella leyenda de que Coca-Cola y Pepsi eran del mismo dueño, al que la presunta competencia consigo mismo le salía muy rentable. Lo del refresco era pura mitología, pero el caso es que Adif y Renfe tienen el mismo propietario, que es el Estado, y el mismo jefe último, que es el señor Puente.

Fachada de la estación de tren provisional de La Coruña

Si al ministro le parece demasiado tosco que afirme que la estación de tren coruñesa es un poco como los pimientos de Padrón, que unas veces funcionan y otras no, se lo puedo poner más fino y traducirlo al lenguaje de la Física. La terminal provisional de mi ciudad nos ha salido cuántica. No porque tenga muchos entrelazamientos. Qué va. No se entrelaza con casi ningún destino porque es una estación de punto final a la que llegas y se acabó el mundo (o al menos la línea férrea). Es cuántica porque hay días en que está, y otros días se pone en modo provisional, y no está ni se le espera. Y luego hay mañanas en que solo existe a ratos, que es lo que le pasaba al famoso gato de Schrödinger dentro de la caja de cartón.

El problema de fondo es que lo que nos vendieron como una instalación provisional —y que se suponía que iba a operar sin contratiempos mientras su hermana mayor, la de San Cristóbal, estaba en manos de los obreros para convertirla en la futura intermodal— no es más que un apéndice de la estación de toda la vida y, mientras no acaben los trabajos, va a ser un recinto de quita y pon.

Me dirán que, en realidad, todo cuanto abarca nuestra vista es provisional y que, por eso mismo, es una redundancia hablar de estaciones provisionales. Totalmente de acuerdo. Pero si entramos en disquisiciones metafísicas, habrá que recordar al señor Puente que todos —incluso él— somos contingentes. Aunque algunos le susurren al oído que el ministro de Transportes, como el alcalde de Amanece, que no es poco, es el único necesario.