Hay partidos que uno desea ganar y perder a la vez. Nuestro Dépor juega esta tarde en Hamburgo un amistoso contra el St. Pauli. Y los deportivistas andamos un poco con el corazón partido porque el conjunto alemán es uno de esos equipos a los que se quiere y se admira casi casi —nunca igual, claro— como al Real Club. Ya está dicho aquí que, en esto del fútbol, en Coruña siempre hemos sido más bien polígamos o poliamorosos y quien más quien menos ha compartido alguna vez sus desvelos con otros colores, aunque arriba del todo del escalafón siempre haya estado y estará el Deportivo y nadie más.

Para muchos coruñeses, entre los que me incluyo, el F. C. Sankt Pauli de Hamburgo es uno de esos amores clandestinos a los que de vez en cuando hay que sacar a bailar para exhibirlo delante de todo el mundo, en la sesión vermú del domingo.

El St. Pauli lleva el nombre de su barrio y es un club de barrio. Como nuestro Deportivo, que incluso en los días de vino y rosas, cuando lo mismo ganábamos la Liga que llegábamos a semifinales de la Champions, nunca dejó de ser el equipo de Riazor. Jamás hemos olvidado que entre las hortensias de la avenida de La Habana todavía encontramos de vez en cuando algún centro fallido de Mariano. Sabemos de dónde venimos.

En Blue in the Face, el gran Lou Reed explicaba el trauma que le provocó, allá por 1959, que los Brooklyn Dodgers se mudasen a Los Ángeles. Sintió un vacío existencial. Ni se le pasó por la cabeza hacerse de otro equipo de Nueva York. No eran de su barrio. Así que optó por dejar el béisbol para siempre.

Lo mismo sucede con nuestros primos de Hamburgo, que ignoran a la escuadra rica de la ciudad y van a muerte con el once obrero de los muelles de Sankt Pauli, por donde caen los prostíbulos y las casas ocupadas de Hafenstrasse. Tiene casi tantos socios como asientos en su estadio (el Millerntor) y esta temporada volverá a jugar en Segunda, que es por donde deambula casi siempre hasta que, un buen día, da la sorpresa y de pronto se encarama a la Bundesliga.

Ahora que Xoel va a resolver la asignatura pendiente del gran himno que se merece el Dépor, podremos competir de tú a tú con esas aficiones que jalean a sus muchachos al ritmo de Wonderwall de Oasis o de la versión de Rosalía de Me quedo contigo de los Chunguitos. Esta tarde, cuando salten a la cancha las dos plantillas, escucharemos cómo ruge la hinchada del St. Pauli con Hells Bells de AC/DC. Y si nos meten algún gol (Dios no lo quiera, pero estamos en pretemporada y aún se están afinando los engranajes) sonará en el Millerntor Song 2, de Blur. Estos hamburgueses no andan mal de gustos musicales.

Pero lo que nos enamora definitivamente del St. Pauli es su bandera, que bien podría ser la de Coruña si no fuésemos tan remilgados. En la cancha de Hamburgo ondea la enseña negra con una calavera sobre dos tibias cruzadas. Muchos verán ahí la insignia pirata, y tampoco nos puede parecer mal. Pero nosotros, que hemos sufrido unos cuantos ataques corsarios en nuestros lomos, sabemos que es el mismo cráneo de Gerión que luce nuestro escudo. En Coruña, por supuesto, siempre hemos sido más de Hércules que de Gerión. Pero de vez en cuando está bien acordarse del gigante derrotado al que plantaron una torre encima de la coronilla.

Por todas estas cosas, el St. Pauli tal vez sea, después del Dépor, el equipo más bello de la historia del fútbol.