Llevábamos un año largo escuchando hablar del eclipse y de que Coruña era el mejor lugar del planeta para contemplar el evento astronómico de nuestras vidas. A media mañana, la ciudad ya estaba reventada de nativos y visitantes. Se contaban cinco trasatlánticos amarrados en los muelles, con 12.000 cruceristas y 5.000 tripulantes a bordo (el avispado exsenador podemita Ramón Espinar auguraba en las redes la llegada de 400.000 turistas en estos paquebotes, que habrían batido así la plusmarca de 150.000 soldados del desembarco de Normandía). Atascos gloriosos en Alfonso Molina, en la autopista y hasta en las terrazas de la Marina.

Nos habíamos comprado las gafas homologadas, habíamos memorizado los consejos de los sabios oftalmólogos y habíamos elegido el rincón ideal para asistir al espectáculo de la Luna interponiéndose entre el Sol y la Tierra. Pero llegó el momento y Coruña coruñeó. Nuestro clima nunca falla y plantó hacia el Oeste un telón de nubes como panzas de ballena que nos dejó sin disco solar, ni aureolas, ni coronas, ni farrapos de gaita.

Eclipse en La Coruña

Los que íbamos al Teresa Herrera andábamos dando vueltas alrededor del estadio en busca del sol. Se había quedado en casa, como Mbappé. Como el deportivismo es un ejercicio permanente de supervivencia y se adapta a cualquier reto a la velocidad de la luz, el personal, resignado bajo el tupido gris del cielo, dejó de preocuparse por la astronomía y se centró en la hostelería. Cambió el evento del siglo por la cola multitudinaria para pillar una cerveza en los bares de Manuel Murguía.

Lo que no pudieron birlarnos ni los nubarrones ni un Mourinho que lo protestaba todo fue esa noche de un minuto y pico que nos cayó encima a las ocho y media. La ciudad se apagó y las únicas luces prendidas eran las de Riazor, que ya empezaba a llenarse para el Dépor-Madrid. Lo habían anunciado, explicado y desmenuzado hasta el último detalle, pero ni toda la tabarra que nos habían dado durante meses con el eclipse consiguió estropear el sobrecogimiento primigenio con el que recibimos ese apagón del universo. Desde las cimas de nuestro siglo XXI, creemos que lo sabemos y lo entendemos todo, pero basta que se pulse el botón de pausa durante 76 segundos para que sintamos los terrores atávicos de la especie.

Así que nos quedamos sin eclipse y sin Teresa Herrera, y eso que Bil Nsongo y Mario Soriano tutearon a los madridistas sin complejos. Vinicius y compañía se llevaron la Torre de Hércules de plata para la Castellana, pero todavía nos queda la original y toda una Liga por delante para demostrar que estamos de vuelta entre los grandes porque nunca hemos dejado de ser grandes.

Sin trofeo y sin soles históricos en la galería del móvil, al volver a casa después del partido, nos acordamos de Bienvenido, míster Marshall. Los coruñeses nos sentíamos un poco como los vecinos de Villar del Río al ver cómo la caravana de autoridades estadounidenses desfilaba rauda por la plaza del pueblo sin detenerse. También el omnipresente eclipse pasó de largo. Pero lo que nos enseña en realidad la película de Berlanga es que, aunque no fuesen del todo conscientes, en Villar del Río vivían maravillosamente bien sin americanos. Algo de eso quiso demostrar el cineasta cuando visitó Cannes para proyectar la cinta en el festival. Mientras el actor Edward G. Robinson armaba la marimorena por una escena de la versión original en la que se veía la bandera norteamericana flotando en una acequia, Berlanga se plantó en el casino dispuesto a jugar con dólares falsos con las efigies de Pepe Isbert, Lolita Sevilla y Manolo Morán.

Por eso, con nubes o sin nubes, en nuestro particular Bienvenido, míster Eclipse a la coruñesa, lo mejor fue la celebración colectiva. Ver a miles de personas en la calle participando en algo común y sin pantallas de por medio nos hizo recordar que no hay nada como compartir con los demás la obsoleta felicidad analógica.